Arqueología: Las peripecias de unas pintaderas canarias hasta Argentina y su vuelta a las islas Canarias.

A finales del siglo XIX, unas pintaderas canarias que se hallaban expuestas en el Museo Casilda de Tacoronte, son vendidas, entre otros objetos existentes en dicho museo y se van a Argentina, con el destino final de engrosar el patrimonio del Museo de La Plata, pero que nunca llegan a exponerse, porque de manera oculta vuelven a las islas Canarias, para ir a parar a los fondos del Museo Canario en Las Palmas de Gran Canaria. En el Museo Canario hay actualmente una colección de pintaderas compuesta por 214 piezas, recopiladas desde aproximadamente 1880. 

CARACTERÍSTICAS DE LAS PINTADERAS CANARIAS.- Las llamdas pintaderas canarias, según se cree, eran sellos elaborados por los aborígenes de Gran Canaria, preferentemente en barro cocido, aunque existen algunos ejemplares realizados en madera. Tienen formas geométricas, tales como, triángulos, rectángulos, cuadrados, círculos etc., decorados a su vez con motivos geométricos impresos. No se conoce a ciencia cierta el uso que se le daba a estos sellos, pero se cree que servían tanto como decoración corporal como de identificación de una persona o familia en distintos soportes. Existen pintaderas cuadradas, rectangulares, circulares, romboidales, trapezoidales y de otros formas geométricas.

Pintadera es, pues, el nombre dado en Canarias a los sellos elaborados por los aborígenes, preferentemente en barro cocido, existiendo algunos ejemplares realizados en madera. Muchas proceden de yacimientos arqueológicos de la isla de Gran Canaria. Sólo figura una pieza suelta en Lanzarote, otra en Fuerteventura y otra en La Palma, así como una que se encontró en Güímar (Tenerife). Esta pieza de Tenerife fue documentada en el siglo XIX, pero su procedencia ha generado controversia académica; algunos expertos, como Sabin Berthelot, señalaron que en realidad podría provenir de Gran Canaria debido a la falta de otros hallazgos similares en tierras tinerfeñas.

De tamaño variable, sus dimensiones oscilan entre los 2 y los 12 cm. En su parte posterior suelen llevar una prolongación o apéndice a modo de mango de sujeción que puede estar perforado por un agujero de suspensión. 

Las pintaderas canarias constituyen, por tanto, uno de los objetos arqueológicos más llamativos de las antiguas culturas amazighes de Canarias. De manera que la antigua población amazigh de la isla de Gran Canaria, elaboró y usó una especie de sellos de cerámica, y en algunos casos, de madera, que representaban diversas simbologías geométricas, similar a la que también pintaban en la loza y algunas cuevas. 

Tipología de pintaderas.

Sin embargo, el misterio sigue envolviendo estas piezas puesto que, a pesar de las investigaciones, aún no se sabe con nitidez para qué fueron usadas y qué significado guardaban para los antiguos canarios. Lo que sí parece seguro, es que expresan un lenguaje simbólico del mismo modo que pudieron hacerlo los motivos geométricos de los recipientes cerámicos y las pinturas en las cuevas. Para algunos investigadores, la aplicación de variaciones en los elementos básicos y en los tipos de simetría en estas composiciones podían ser una forma de identificación de la pertenencia a un grupo (según expone José Molina González, en su tesis doctoral: Las pintaderas de terracota de Gran Canaria: estudio morfotecnológico y funcional, 2015). 

Las pintaderas, como objeto arqueológico, despertaron interés prácticamente desde el nacimiento de la arqueología canaria como disciplina científica, a finales del siglo XIX. Desde entonces, numerosos investigadores han tratado de responder a una pregunta que continúa abierta: pero, ¿qué eran exactamente las pintaderas y cuál era su función en la sociedad prehispánica?

A lo largo de los años, las teorías sobre estos objetos han sido diversas. Algunos estudios las relacionan con sistemas de identificación, decoración corporal o marcaje de bienes, mientras que otros enfoques las interpretan desde perspectivas simbólicas o rituales. Sin embargo, todavía no existe una explicación definitiva y universalmente aceptada.

Antes, según fueron encontrándose, se pensaba que cada pintadera canaria era única. Pero según se han ido encontrando más, se ha podido comprobar que los dibujos se repiten. Esto ha dado lugar a pensar que podrían haber sido una manera visible de comunicarse, ya que incluso se han encontrado el mismo diseño en puntos diferentes y lejanos de la isla de Gran Canaria.

Fue el francés René Verneau el primero y  principal defensor de la teoría que define la finalidad de las "pintaderas", centrándola en su uso para pintarse el  cuerpo con dibujos. El mismo Verneau resume así las opiniones de otros autores antiguos: "no eran amuletos, ni sellos; no tienen por objeto adornar las vasijas ni imprimir las telas, sino que, como a los negros de Abisinia y como los ladrillos de Yucatán, servían  a los antiguos habitantes de la Gran Canaria para teñirse, según sus costumbres,  pues ellos llevaban las caras labradas con diferentes dibujos (Boutier y Le Verrier); conservaban la costumbre de pintarse el cuerpo con el jugo de hierbas de diversos colores, verde, rojo y amarillo (Ca' da Mosto); ofrecían el cutis adornado de diferentes dibujos y figuras impresas (Viera y Clavijo) y adornaban su piel con dibujos y la teñían de diversos colores (Millares)". El canario Chil y Naranjo, por otra parte, tampoco  niega que las "pintaderas" hayan podido servir "para hacer dibujos en el rostro, el cuello y el cuerpo".

Otra curiosidad es que, al contrario de lo que se creía, resulta que las hicieron maestros artesanos que estaban especializados en ella. Siempre se había pensado que las hacían personas particulares, creando así sus propios símbolos, pero parece que no. Esto también nos lleva a pensar que la pintadera tenía un papel mucho más importante en el día a día. Además, parece que su uso fue variando según pasaban los años. Por lo que pudo haber sido un simple sello o un adorno al principio, es posible que llegara a representar incluso cifras o cálculos. Como ha señalado José Molina González, el significado simbólico de las pintaderas se ve reforzado por el silencio sobre ellas de los antiguos canarios, o de los cronistas, reflejado en las fuentes etnohistóricas. Entendiendo que la función de estos objetos debía permanecer oculta.

Respecto de las pintaderas canarias existentes en la Colección Casilda de Tacoronte, entre los primeros investigadores que abordan el estudio de estos sellos se encuentra el cónsul francés en Canarias, Sabino Berthelot, quien en su obra de 1879 Antiquités canariennes, definió las matrices como “sellos o moldes para estampar”, especulando con la posibilidad de que estuvieran “destinados para impresiones en color, para tatuajes”. Por las mismas fechas, en 1880, Carlos Pizarroso y Belmonte se refiere a las matrices que formaban parte del “antiguo Gabinete de Casilda” como “sellos de los Guanartemes de Gáldar”, a manera de “signos representativos de la autoridad que se ejerce”, simbolizando sus armas o blasones.

Por otra parte, la forma de entender las pintaderas ha ido evolucionando con el tiempo. Las primeras investigaciones estaban centradas sobre todo en describir las piezas y clasificarlas, mientras que las corrientes más recientes tratan de contextualizarlas dentro de la vida social y cultural de las antiguas poblaciones indígenas de Gran Canaria.

Las tres pintaderas del Museo Casilda 
que se conservan en El Museo Canario de Las Palmas.

La colección del Museo Canario.

Aparte de las que se conservan en el museo de la Cueva Pintada de Gáldar, el principal catálogo de pintaderas se expone en el Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria, pues, como hemos comentado, prácticamente, es la única isla donde se han encontrado estas piezas. 

Esta colección de pintaderas conservada en El Museo Canario, como hemos comentado, se halla integrada por 214 piezas procedentes de distintos puntos de la isla, como Agaete, Agüimes, Artenara, Arucas, Gáldar, Santa Lucía de Tirajana y Telde, entre otros municipios. Estas piezas forman parte del Fondo de Arqueología de la institución, creado tras la fundación del museo en el año 1879. La colección fue creciendo gracias a donaciones, adquisiciones, hallazgos arqueológicos y materiales obtenidos durante distintas campañas de investigación desarrolladas en Gran Canaria.

Aspecto actual de la fachada de la Casa
donde estuvo instalado el Museo Casilda en Tacoronte.

LA COLECCIÓN DEL MUSEO CASILDA DE TACORONTE.- El Museo Casilda fue un célebre gabinete de curiosidades y colecciones privadas fundado en la década de 1840 por el rico hacendado Sebastián Casilda Pérez Yanes (pero más conocido como "Casilda") en Tacoronte, en el norte de Tenerife. Famoso por su extensa colección de arte, cerámicas, momias y restos aborígenes de las islas Canarias.

Dibujo de varios modelos 
de pintaderas originarias de Gran Canaria.

El origen de esta colección se remonta a 1837, cuando el citado hacendado de Tacoronte (Tenerife) Sebastián Pérez Hernández Ca- silda, conocido como Sebastián Casilda, adquirió en aquel año y en subasta, una colección de objetos entre los que se encontraban numerosos bienes del militar y anticuario Juan de Meglioriny y Spínola, y otros que iría recopilando a lo largo del tiempo. 

Esta colección, conocida por sus coetáneos como Museo Casilda, fue inaugurada en Tenerife en 1840, ubicándola en la vivienda de su propietario con un gran número de bienes canarios de procedencia y categoría diversa: historia natural, antropología y arqueología prehistórica.

D. Sebastián era hijo del capitán Sebastián Yanes y Dª Josefa Hernández que, vecinos de Santa Cruz, pasaban largas temporadas en Tacoronte, en cuya casa solariega (calle Real del Calvario), su hijo Sebastián logró gestar dicho gabinete con piezas de historia natural y variados objetos etnográficos, dada su actitud autodidacta y un gran fervor patrio por las antigüedades canarias, a pesar que D. Sebastián carecía de estudios especializados.

En vida, este filántropo, anticuario y coleccionista de objetos, conocido en su época como Sebastián Casilda, fue consolidando lo que más tarde sería su colección, el Gabinete o Museo de Tacoronte, merced a otras incorporaciones de materiales arqueológicos depositados por orden del Gobernador Civil de la época, como fue el caso de cuatro momias descubiertas en Araya (Candelaria, Tenerife) y de otros elementos procedentes de Tenerife, Gran Canaria, La Palma y Fuerteventura. De todos ellos destacaban, por su exotismo e importancia, los restos humanos momificados y las pintaderas.

Varios modelos de pintaderas.

Los materiales de la Colección estaban formados por cerámica prehispánica de Gran Canaria, La Palma, Tenerife y Fuerteventura; armas de los antiguos habitantes de Lanzarote, Fuerteventura y Tenerife; una interesante colección de anzuelos; grabados de La Palma, recipientes de piel; añepas o bastones de mando de Tenerife; piedras de molino, ungüentos, etc., pero lo que más destacaba de los fondos de Casilda eran los restos humanos momificados de los antiguos pobladores de Canarias, así como las pintaderas o sellos de barro cocido de Gran Canaria. En efecto, en el inventario de 1884 que realiza Juan Bethencourt Alfonso de los fondos de este gabinete (citado por M.A. Fariña, 1994), se registra la existencia de cuatro pintaderas, las cuales fueron regaladas a Sebastián Casilda por un amigo. 

Aunque se conocen tres pintaderas de la Colección Casilda, en efecto, el inventario que Juan Bethencourt realizara de los materiales expuestos en el Gabinete Casilda en 1884 –por tanto con anterioridad al traslado de los mismos a Argentina– recoge el dibujo de cuatro pintaderas que describe como “pintaderas del Guanarteme de Gáldar” (citado por M.A. Fariña, 1994).

Respecto a estas tres o cuatro pintaderas, el tinerfeño Álvarez Rixo hace, en un manuscrito indica que se trataba de “cierta especie de señales o caracteres que aseguraba Casilda ser el sello o tésera con que el Guanarteme de Gran Canaria autoriza sus órdenes o decretos, según la tradición conservada y llegada hasta persona que donó a Casilda dicha reliquia” (citado por M.A. Fariña, 1994).

Lo cierto es que este notable hacendado de la localidad tinerfeña de Tacoronte, en efecto, formó en su casa de aquella localidad una rica colección de arte, arqueología y otras antigüedades. Expuesto en seis salones de su residencia del siglo XVIII (en la calle Calvario, 53 de Tacoronte), el famoso museo de Casilda cobró fama en todo el archipiélago canario y era visitado por numerosos viajeros y paisanos, visitantes curiosos por las antigüedades canarias. De gran importancia fue la sección arqueológica, basada fundamentalmente en restos de los aborígenes canarios, tanto de Tenerife como de Gran Canaria, Fuerteventura y La Palma, la cual legó, por testamento, al no tener herederos naturales, al comerciante Diego Ledrún de Santa Cruz de Tenerife. 

Vista de las colecciones del Museo Casilda.

El Museo Casilda obtuvo, en su día, fama y consideración, habiendo sido visitado por numerosos personajes entre los que cabe señalar: Alvarez Rixo, Bethencourt Alfonso, Chil y Naranjo, Leoncio Rodríguez, Juan López Soler, Sabino Berthelot, René Verneau, Jules Leclercq o  Pablo Mantegarzza, entre otros muchos interesados nacionales o extranjeros, todos de reconocido prestigio.

En 1868 fallecía Sebastián Pérez Yanes –Casilda– habiendo dejado desde 1865 como heredero universal y albacea testamentario, en efecto, al mencionado don Diego Lebrún y sus descendientes masculinos. Casilda dispuso que a su muerte pasara la colección a la ciudad de La Laguna, pero nunca el extranjero; aun así, la voluntad del causante no fue respetada porque algunos de los préstamos de ciertas piezas hechos por Ledrún no habían sido devueltos y éste, para resarcirse, se adjudicó, quizá con otras cosas, los fondos de la Colección y luego, como no le interesaba conservarlos, los puso en venta.

Por este motivo y tras el óbito de Casilda, la familia Lebrún recibió ofertas de compra de los materiales y objetos del Museo de Tacoronte, tanto de instituciones de Tenerife como del Museo Canario de Las Palmas, que –a tenor de su ventajosa propuesta– acabaron siendo vendidos en 1899 al emigrante Fernando Cerdeña, natural de Gran Canaria, un hombre de negocios canario residente en Argentina, concretamente en la ciudad de La Plata. 

Una de las pintaderas que conservaba el Museo Casilda.

En efecto, en 1887 la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Santa Cruz ya había intentado que el Ayuntamiento de la capital de Canarias comprara el gabinete para evitar su dispersión y desaparición final, pero la falta de presupuesto impidió que se llevara a cabo la compra por el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife. Por ello, los intentos para hacerse con dicha colección por diferentes instituciones culturales de Tenerife, incluso de Gran Canaria como el citado Museo Canario, resultaron inútiles, pues finalmente la colección fue vendida y transportada a la Argentina, yendo a parar, por posterior reventa del citado Fernando Cerdeña, finalmente al Museo de Ciencias Naturales de La Plata, donde hoy se conserva, en parte.

Por tanto, a pesar de aquellas propuestas de compra de toda la Colección, tanto de instituciones de Tenerife como de Gran Canaria, la colección Casilda salió del Puerto de Santa Cruz en dirección al puerto de Buenos Aires el 20 de julio de 1889 y, desde allí, a la residencia de su comprador: el grancanario, residente en Argentina, Fernando Cerdeña, que tenía la intención de revenderla al gobierno, tal y como informó Grau-Bassas a Juan Padilla, un directivo del Museo Canario: «merece la pena de que le apreten a los de Tenerife que han preferido vender al extranjero antes que a Canarias... Vea como pueden recojer algo del Museo Casilda cuando lo empaqueten el encargado es sobrino de Miranda».

La ciudad de La Plata es hoy la capital de la provincia argentina de Buenos Aires y está ubicada cerca de la ciudad de Buenos Aires. Es fruto de la planificación urbanística y cuenta con características avenidas diagonales. En esta ciudad, el Museo de Ciencias Naturales de La Plata cuenta con una amplia colección de exposiciones sobre historia natural y antropología. 

Fachada del Museo de Ciencias Naturales de La Plata.

Pues bien, numerosos fueron los intentos canarios por adquirir la colección Casilda, nombre con el que cariñosamente se conoce dicho legado, caso de varias personas e instituciones como D. Benjamín Renshaw y D. Manuel de Ossuna en nombre del Instituto de Canarias (hoy IES Cabrera Pinto), entidad que llegó a ofertar una cuantía de 18.000 reales a pagar en dos anualidades; el Dr. Chil y Naranjo, en calidad de presidente del Museo Canario de Las Palmas, que indicó podría abonarla en plazos durante seis años y hasta el propio Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife que, a la vista del informe negativo de la entonces llamada Comisión de Hacienda, no autorizó hacer efectivo el negocio, unos 18.000 reales, quedando todo en nada. El desasosiego fue general, tal y como quedó reflejado en un anónimo comunicante del Boletín, fechado en 1899, de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de La Laguna, donde podía leerse “…Cuando vemos que nadie se cuida de explotar los tesoros acumulados en los museos, a costa de tantas privaciones y generosos; cuando observamos, como es el caso presente, que la indiferencia y el abandono, efecto de la estupidez y la ceguera de la ignorancia…no sabemos qué es lo que harían y dirían, si como caso inaudito, volvieran a levantar su cabeza…”

Pomo de una de las pintaderas que se conservaban en el 
Museo Casilda de Tacoronte, hoy en el Museo Canario.

Al respecto, el citado Manuel de Ossuna en 1889 escribía lastimoso "Las Islas Canarias [...] han permanecido en un doloroso estacionamiento o retroceso que se ha manifestado en el orden intelectual ya al quedar suprimida la antigua Universidad literaria de San Agustín primero, y la de San Fernando después, [...] y al pasar al extranjero por unas cuantas pesetas los restos de la antigua civilización indígena conservados en el Museo 'Tacoronte' formado a costa de trabajo y del saber de otras generaciones, [...] y no haber existido protección alguna oficial para la constitución en estas islas de centros arqueológicos...".

Por su parte, el periódico El Liberal que se editaba en Las Palmas de Gran Canaria, el 24 de diciembre de 1889, publicaba una carta "De un colega de Tenerife [...] De Tenerife ha salido [un museo] bastante completo para América, porque el Ayuntamiento de la Capital, indiferente a todo esto, se negó a adquirirlo por la mezquina suma en que se daba. Pero después de tratarse en corporación del asunto, vino un patriota, que tal vez fuera concejal [un tal Miranda, que actuó de intermediario entre la familia Lebrún y Cerdeña, canario residente en Argentina], compró la rica colección llamada Gabinete Casilda, y al día siguiente la vendió con ganancia de un cincuenta por ciento a quien le constaba había de sacarla del país. ¡Oh patria mía! [...] como dice un poeta que tenemos aquí,..."

En efecto, el día 20 de julio de 1889 los bienes patrimoniales del otrora Museo Casilda de Tacoronte, convenientemente embalados, partían rumbo a Buenos Aires en las bodegas del navío-correo Antonio López de la Compañía Trasatlántica. Los veintinueve cajones que contenían dichos objetos fueron desembarcados y, luego, trasladados al domicilio del Sr. Cerdeña en la ciudad de La Plata, donde pudo verlos un sujeto llamado Eduardo Perdomo. Entre los materiales arqueológicos se encontraban cinco momias guanches y unas pintaderas canarias, entre otros muchos objetos, citados por el canario Víctor Grau-Bassas, residente en Argentina, quien, con ayuda de Gabriel Garachico, otro canario allí residente, procedió a desembalar los materiales y adecuarlos para su exposición pública en el citado Museo de Ciencias Naturales de La Plata, en la Argentina.

Retrato de Víctor Grau-Bassas.

La relevante figura de Víctor Grau-Bassas en Gran Canaria.

Don Víctor Grau-Bassas y Más (Barcelona, 1847-Argentina, 1918) era médico de profesión, pero su actividad fue mucho más allá del ejercicio de la medicina, y así, participó en el desarrollo cultural de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria y en el progreso de la isla promoviendo varias iniciativas. Formó parte del grupo de intelectuales que, el 2 de septiembre de 1879, fundaron El Museo Canario, pasando a ocupar el cargo de conservador de la institución, actividad que ejerció hasta 1889.

Víctor Grau-Bassas llegó siendo un niño a Gran Canaria, donde su padre farmacéutico se instaló primero en Telde y luego en Las Palmas, en el número 13 de la calle de la Pelota. En este edificio quedó establecida, además, la residencia familiar. En Las Palmas fue alumno del colegio de San Agustín. Tras finalizar la segunda enseñanza cursó la carrera de medicina en Barcelona (1870), si bien es posible que, como muchos otros médicos de su época, estudiara en París, llevando a cabo la convalidación del título en su ciudad natal. De regreso en la isla abrió su despacho en la casa familiar, integrándose en la vida social y cultural de la ciudad.

Portada del libro de José Miguel Alzola 
dedicado a Grau-Bassas.

En El Museo Canario el primer conservador Víctor Grau-Bassas desarrolló una intensa labor. Tras la fundación de la institución en 1879, fue encargado, junto con Diego Ripoche y Torrens, de la instalación de las salas expositivas cedidas por el ayuntamiento en las casas consistoriales para su apertura al público. La inauguración tuvo lugar el 29 de mayo de 1880. Los primeros años de El Museo Canario se caracterizaron por ser una etapa de intensa actividad para organizar e incrementar las colecciones. Grau-Bassas contribuyó a esta tarea donando algunos materiales y asumiendo el trabajo de taxidermista. Llevó a cabo la preparación de ejemplares de ciencias naturales para la sección de zoología. Entre los muchos méritos reconocidos a Grau-Bassas hay que destacar especialmente las aportaciones que realizó a la arqueología y al conocimiento del pasado de la isla. 

En Teror contrajo matrimonio con Amalia Bethencourt y pasó unas de las etapas más difíciles de su vida, cuando siendo director médico de Sanidad Marítima se vio alejado de toda actividad profesional y pública al ser acusado de robo. Este triste episodio de la vida de Grau-Bassas comienza el 11 de octubre de 1884 con el siniestro del vapor francés Ville de Pará en la costa de Gando (sureste de Gran Canaria), y concluye el 30 de enero de 1889 cuando Grau-Bassas abandona la isla con destino a Argentina, huyendo de la Justicia.

En Argentina, Víctor Grau-Bassas continuó con su carrera profesional, así como desarrollando sus inquietudes intelectuales en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. 

Consiguió revalidar el título de medicina en Argentina y se dedicó al atendimiento de sus pacientes particulares y al puesto de preparador médico de la Escuela de Veterinaria de La Plata. Reunió a su familia en diciembre de 1890, y luego pasaron a residir en la ciudad de Tres Arroyos.

Falleció en la ciudad de Tres Arroyos en 1918. Una placa con el nombre de calle Doctor Grau Bassas mantiene su recuerdo en el trazado urbano de Las Palmas de Gran Canaria.

Una de las pintaderas del Museo Casilda de Tacoronte, 
en la actualidad en El Museo Canario de Las Palmas.

EL RETORNO DESDE ARGENTINA DE LAS PINTADERAS A LAS ISLAS CANARIAS Y LA DECISIVA INTERVENCIÓN DEL DR. VÍCTOR GRAU-BASSAS EN FAVOR DEL MUSEO CANARIO.- En efecto, el primer conservador de El Museo Canario, don Víctor Grau-Bassas como medio de evitar un juicio y castigo penal que tenía con la Justicia en Gran Canaria había marchado a La Plata, en la República Argentina, obteniendo, quizás (a juicio de Fariña González-Tejera Gaspar) por la mediación de El Museo Canario, el puesto de conservador en el Museo de La Plata. Uno de los primeros temas por lo que se interesó mientras desempeñaba su labor profesional de médico en La Plata, fue averiguar cualquier tipo de información referida a la llegada y posterior destino de las colecciones del Museo Casilda. En una carta de 18 de septiembre de 1889 fechada en La Plata y dirigida a un directivo de El Museo Canario, hizo una interesante descripción de los materiales que había visto, posiblemente en casa de don Fernando Cerdeña, el canario adquirente de las colecciones y residente en aquella ciudad argentina, especificando que: "He visto el Museo Casilda y es muy bueno [...] Hay cinco ricas momias, magníficas en su conservación, curiosísimas al extremo pues el sistema de momificación [de los guanches de Tenerife] es completamente diferente del Canario y por cuyo motivo publicaré un artículo comparando los sistemas. Hay una figura pequeña, en madera o hueso, que representa un majorero con su vestido y que ha sido encontrada en una cueva de Fuerteventura [...] Hay bastantes jarros guanches, dos de suela; muchos buenos cuadros al óleo, muchas curiosidades; en fin, solo de los cuadros se podía haber sacado en Canarias los dos mil pesos que costó. Ahora bien, deseo que, puesto de acuerdo con Chil [el director de El Museo Canario] u otros, me secunden en el plan que tengo proyectado: voy a trabajar porque Cerdeña regale los valioso del Museo [Casilda] al de Canaria [...] Tiene el M. Casilda una buena colección de anzuelos y otra de inmejorable de adornos canarios; le diré lo más que hay a medida se vaya encontrando".

Contando con la presencia en La Plata de Grau-Bassas, el Museo Canario no renunció a seguirle la pista a las colecciones de Casilda, especialmente a los cinco momias y a las tres pintaderas (al parecer, pertenecientes al último Guanarteme de Agáldar). En efecto, Grau Bassas en octubre de 1889, consigue hacerse (por extraños conductos, según califican Fariña-Tejera) con las citadas pintaderas que serían reenviadas a Las Palmas de Gran Canaria. Al respecto nos dice Grau-Bassas: "En mi poder se hallan las tres pintaderas consabidas, las remitiré por correo en una cajita de madera y aseguradas; creo que llegarán a su poder y entonces podremos decir que tenemos completa la colección [de pintaderas del Museo Canario]. A V. es inútil recomendarle la reserva sobre este asunto pues me he valido de un amigo para obtenerlas;..." (carta de don Víctor Grau-Bassas a don Juan Padilla, directivo del Museo Canario, fechada en La Plata, el 18 de septiembre de 1889).

La única momia guanche que se conserva en la actualidad 
en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.

Cuando las colecciones del Museo Casilda llegaron a La Plata en 1889, fueron primeramente depositadas en casa de su comprador, el citado Fernando Cerdeña, como hemos comentado, importante empresario canario asentado en aquella ciudad. Cuando Víctor Grau-Bassas procedió a desembalar todas las piezas que se hallaban en las cajas venidas desde Tenerife, fue probablemente la ocasión perfecta que aprovechó el médico para de alguna forma hurtar disimuladamente las tres pintaderas que luego reenvió, en octubre de 1889, al Museo Canario y que por ello, no engrosaron las colecciones del Museo de La Plata. En efecto, después de esta operación de desembalaje de todas las piezas, don Fernando Cerdeña vende las mismas al Gobierno argentino, con destino, una gran parte de los materiales arqueológicos canarios, para el museo de La Plata en el año 1889, donde actualmente siguen expuestos al público, aunque de las cinco momias guanches que viajaron a la Argentina, solo una se conserva actualmente en las salas de dicho Museo argentino.

Sala de Mineralogía y Petrografía del Museo de La Plata en 1917.

Pues bien, dicho museo de La Plata creado en 1884 y abierto al público en 1888, forma parte de la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de La Plata y su valor histórico y patrimonial lo constituyen en un referente nacional e internacional. Desde su apertura, el Museo de La Plata estuvo organizado en cinco secciones: Antropología, Geología, Zoología, Paleontología y Botánica, a cargo de estudiosos extranjeros de distintas disciplinas científicas. Su función primordial fue clasificar las colecciones para su exhibición y estudio, realizar expediciones y publicar trabajos científicos, fundamentalmente en revistas propias. En la planta baja se encuentran muestras biológicas, geológicas y paleontológicas; y en las dos plantas superiores se exhiben colecciones históricas y antropológicas. 

Respecto de las restantes momias guanches, dos se hallaban en el Museo de Ciencias Naturales de Necochea (provincia de Buenos Aires) y que tras intensas gestiones del Cabildo Insular de Tenerife, hace unos años (en 2003) fueron devueltas a Canarias, pasando a engrosar los actuales fondos del Museo de la Naturaleza y Arqueología (MUNA) en Santa Cruz de Tenerife. Esa fue, pues, la primera devolución de restos humanos momificados de América a Europa en la historia de la arqueología.

Por tanto, del grupo de cinco momias de la Colección Casilda que salieron para la Argentina, todavía se desconoce el paradero de las dos restantes, que quizás se hallaren expuestas en algún museo pero confundidas, quien sabe, como restos de otras culturas de los distintos pueblos o etnias amerindias que poblaron la América prehispánica. A ver si en un futuro no muy lejano esas dos momias guanches se logran identificar y rescatar para su regreso a las islas Canarias.

Pedro R. Castro Simancas, 06.07.2026.
Festividad de San Goar.

Fuentes:

CRUZ DE MERCADAL, Mª del Carmen y otros (2012): Pintaderas de El Museo Canario, Ed. El Museo Canario, Las Palmas de Gran Canaria, 2012.

FARIÑA GONZÁLEZ, Manuel A. y TEJERA GASPAR, Antonio (1998): La memoria recuperada. La colección ‘CASILDA’ de Tacoronte en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata (Argentina), Servicio de publicaciones de la Caja General de Ahorros de Canarias (CajaCanarias), Santa Cruz de Tenerife, 1998.

MOLINA GONZÁLEZ, José (2015): Tesis Doctoral Las pintaderas de terracota de Gran Canaria. Estudio morfotecnológico y funcional, Departamento de Ciencias Históricas, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, 2015.

NARANJO SANTANA, Mari Carmen (2022): "Patrimonio en movimiento: empleados canarios en el Museo de La Plata" en Cartas Diferentes. Revista canaria de Patrimonio documental, nº 18, pp. 215-238, Breña Alta (La Palma), 2022.

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