Historia religiosa: La Virgen de Candelaria y el Obispo de Canaria Bartolomé García-Ximénez y Rabadán.
Entre los Obispos que tuvo la Diócesis única de las islas Canarias, sabemos de dos obispos que fallecieron en la isla de Tenerife. De uno de ellos ya hemos hablado, cuando contamos La extraña muerte del Obispo Vicuña en La Orotava, y ahora nos vamos a referir al recordado Obispo Rabadán, fallecido en Santa Cruz de Tenerife, y que vivió en el último tercio del siglo XVII.
Entre los años de 1665 hasta 1690 ocupó la mitra del Obispado de Canaria, el obispo don Bartolomé García-Ximénez y Rabadán (1622, Zalamea la Real, Huelva - 1690, Santa Cruz de Tenerife).
Era la época en que, fallecido Felipe IV, rey de España, su viuda doña Mariana de Austria, como Reina Regente, rige la monarquía en nombre de su hijo futuro Carlos II (también conocido por El Hechizado), niño de poca edad a la sazón. Época bien caracterizada en la Historia de España pues con ella termina la era de la dinastía de los Austrias.
DON BARTOLOMÉ ES NOMBRADO OBISPO DE CANARIA.- Esta historia de la azarosa vida del Obispo Rabadán, en efecto, empieza en la localidad de Zalamea la Real, en el antiguo reino de Sevilla, en el año de Dios de 1622, cuando nace Bartolomé, hijo de don Lázaro Martín Rabadán y de doña Leonor Domínguez. El pequeño se crió en la localidad onubense hasta que fue enviado a estudiar al colegio de Santa Cruz de Cañizares, en Salamanca, en cuya Universidad terminó siendo catedrático hasta su regreso a Andalucía como Canónigo Lectoral y Magistral de la Catedral de Sevilla. No tardó mucho en destacar por sus virtudes personales y conocimiento académico, pues con solo 42 años fue propuesto por el rey Carlos II para dirigir la diócesis de las islas Canarias, con sede en Las Palmas, siendo nombrado por el Papa Alejandro VII el 14 marzo de 1665 como Obispo de Canaria.
Nombramiento como Obispo de Canaria.
A propuesta del Rey de España, el 14 de mayo de 1665, en efecto, el Papa Alejandro VII le extiende la Bula de nombramiento. Por su parte, el Rey le nombraba también para dos cargos civiles, el de Presidente de la Real Audiencia de Canaria y como Capitán General de estas Islas, cargos que, sin embargo, no llegaría a desempeñar por las incidencias del viaje desde Cádiz a Canarias, cosas decía el Obispo, "que permitió Dios para librarle de muchos desaciertos y yerros que podía haber cometido".
El obispo que tardó 178 días en llegar desde Cádiz a Tenerife.
Protagonizó uno de los viajes más extraños de la historia para alcanzar las islas Canarias: iba de camino a su Obispado, pero llegó hasta la isla de Puerto Rico, en las Antillas, por un despiste del piloto. Iniciado el viaje a su sede episcopal en Cádiz, debido a los vientos contrarios, llegó hasta el Caribe, pasando luego a la isla de la Española en las Antillas. Llegado por fin a Tenerife, después de miles de peripecias a su diócesis, muy a pesar de su flaca salud, que sin embargo, pudo pontificarla durante veinticinco años.
En efecto, el 5 de julio de 1665 ya salía del puerto de Cádiz en una travesía que le ocuparía 178 días, un viaje que rozó lo absurdo, por lo largo y accidentado, y que empezó con un despiste monumental. A los pocos días de zarpar, el capitán de la nave en la que viajaba el Obispo con su familia dio por hecho que la flota se había equivocado de rumbo y que iba camino de las Azores, en lugar de las Canarias, así que decidió separarse de los demás barcos que iban en convoy y continuar el viaje por su cuenta pese a las reticencias de la tripulación y el propio pasaje, entre ellos el mismo Obispo.
No tardó el tiempo en darles la razón: pasados unos días, el piloto confesó que se habían pasado de largo las islas sin saber muy bien dónde estaban ni a dónde se dirigían realmente. Los vientos alisios, que soplaban con inusitada violencia, y la fuerza de las corrientes les impidieron virarlo todo y volver sobre sus pasos, así que tuvieron que seguir navegando y poner rumbo a la única tierra segura que conocían, aunque no estuviera precisamente cerca: las Indias (es decir, la América hispana).
Ni el barco ni la carga estaban preparados para una ruta tan prolongada, así que la primera decisión tuvo que ser la de racionar la comida y la bebida para alimentar a más de cincuenta personas durante un periodo tan incierto de tiempo. La segunda, localizar nuevas cartas de navegación para poder llegar al nuevo destino procurando no perderse otra vez. Les salvó el gusto por el conocimiento del propio Obispo Rabadán, que llevaba entre sus libros un ejemplar del Teatro del Mundo de Abraham Ortelius, el primer y más completo atlas del momento. Desde luego, no fue una travesía fácil: navegaron durante varias semanas a merced de las olas, el hambre y la amenaza de los ataques piratas.
Mientras, el Cabildo catedralicio de Santa Ana, en Las Palmas, invocaba oraciones, suponiendo que los piratas moros le habían hecho cautivo, pero la realidad era que su viaje errante transcurría a merced de las olas y de la providencia.
El 19 de julio de 1665 avistaron el velamen de un gran barco que se les acercaba desde popa, y aunque al principio su alegría fue prudente, por el temor de que fueran corsarios berberiscos, pronto descubrieron que el buque llevaba bandera española y que se trataba de La Trinidad, la nave capitana de la flota con la que habían salido de Cádiz y que, junto con otros dos barcos, habían terminado separándose también del grupo. Sorprendidos de ver al Obispo, a quien hacían ya sentado tranquilamente en su despacho del palacio episcopal de Canaria, se unieron a ellos en la búsqueda de tierra americana tomando la ruta a Puerto Rico, a cuya orilla llegaron, por fin y sin grandes contratiempos, el 9 de agosto.
Regreso desde el Caribe para llegar a Canarias.
Más de dos meses anduvo el obispo zalameño deambulando por el Nuevo Mundo hasta que pudo encontrar un barco que se dispusiera a llevarlos de regreso a España. Se trataba de una vieja y pequeña carabela, pero con eso bastaría, o eso creyeron. Al poco de partir de Santo Domingo, en La Española, una tempestad de proporciones bíblicas desarboló el barco y rompió la caña del timón. Se vieron obligados a aligerar carga arrojando al mar bebidas, alimentos y algunas de sus más sagradas (y pesadas) reliquias. Con “cecina fría y mal bizcocho” -escribió Juan García Ximénez, que era su primo, secretario particular y biógrafo de Ximénez Rabadán que le acompañaba-, por lo que tuvieron que conformarse para subsistir durante varias semanas hasta que al fin, ya en pleno noviembre, fueron rescatados por una flotilla de mercantes ingleses.
El obispo y su familia se alojaron a bordo de la nave británica mientras reparaban la carabela española y colocaban el nuevo palo mayor, que les habían vendido los propios ingleses con una generosidad inesperada que acabó siendo un trampantojo: aquello no era hospitalidad, sino un secuestro.
Al tercer día del generoso hospedaje, el capitán inglés les pidió mil quinientos pesos como rescate. El Obispo, que no era desde luego un indiano rico como pensaban los británicos, salvó el pellejo dándoles el dinero que tenía, a lo que sumó su cáliz y la patena, su anillo episcopal y las cajas de tabaco que transportaba. Ni a mil pesos llegaba todo, pero bastó para que los dejaran continuar la ruta hacia las islas Canarias.
Arribada al puerto de Santa Cruz de Tenerife.
No hubo más complicaciones hasta que el 27 de diciembre de 1665, divisaron la isla de La Palma, aunque no pudieron tomar tierra en ella, pues el mal tiempo, de nuevo, les hizo cambiar de destino y dos días después arribaron, esta vez sí, al puerto de Santa Cruz de Tenerife, donde fue recibido con gran júbilo por los santacruceros, que ya lo creían muerto.
En efecto, el 29 de diciembre siguiente, que era fiesta de San Juan Evangelista, por fin atracan en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife, alojándose en el Convento de Santo Domingo, inmueble que estaba donde hoy se encuentra el Teatro Guimerá, la Recova vieja y la plaza Isla de la Madera.
Viera y Clavijo nos describe su llegada en estos términos: "El deseado arribo del Ilustre Prelado, sus raras aventuras y la anticipada opinión de su gran virtud, que le hacían una persona interesante para los canarios, todo contribuyó a que fuese recibido con las mayores demostraciones de contento, bien que no dejaban de desconsolarse, creyendo al considerar su delicada complexión, que tendrían Obispo para veinticinco días. Sin embargo, el pontificado de Don. Bartolomé Jiménez fue de veinticinco años"
Después de casi seis meses de accidentado viaje, el Obispo bajó del barco tan delgado y extenuado que los tinerfeños le auguraron no más de 25 días de vida. Por suerte, fueron 25 años, el segundo pontificado más largo de la historia de las islas.
EL OBISPO DECIDE FIJAR SU RESIDENCIA EN SANTA CRUZ DE TENERIFE.- Según cuenta José Manuel Ledesma Alonso, Cronista Oficial de Santa Cruz de Tenerife, una vez recuperado de tan penoso y largo viaje, se quedó a vivir de manera permanente en el pueblo de Santa Cruz (pues no era más que una pedanía dependiente del Cabildo de La Laguna, capital de la isla), y lo hizo, alojándose en el antiguo convento dominico de Nuestra Señora de la Consolación, del que ya hemos hablado en otras ocasiones
Aunque había sido nombrado Obispo de Canaria, con sede en Las Palmas, Bartolomé García-Ximénez Rabadán, prefirió, por tanto, residir en Tenerife durante los 25 años que duró su prelatura de Canarias (1665 a 1690). Desde su sede tinerfeña del citado convento de Santo Domingo, Ximénez Rabadán dispuso sus primeras diligencias como Obispo de Canaria. La primera fue enviar a su primo y secretario particular a Gran Canaria para tomar posesión de la Catedral de Santa Ana, sin embargo, su primera visita pastoral fuera de Tenerife, sería a la isla de La Palma.
Realiza dos visitas a la isla de San Miguel de La Palma.
Ya repuesto del todo de su azaroso viaje hasta llegar a Tenerife, y enterado de que desde hacía décadas ninguno de sus antecesores había visitado la isla de La Palma, se embarcó para conocerla. En su primera vista a la isla, partió en julio de 1666 desde el Puerto de la Cruz de La Orotava a bordo de la carabela que lo había traído de las Indias, pero contra todo pronóstico, porque en un mundo normal una cosa así no debería haber ocurrido dos veces, el piloto del barco se pasó de largo y no entró en el puerto de Santa Cruz y terminó arribando en el puerto de Tazacorte (en el lado oeste de la isla), desde donde tuvieron que marchar a pie por trochas y caminos imposibles hasta la ciudad de Santa Cruz de La Palma.
Instituye las Fiestas Lustrales de la Virgen de las Nieves.
En la segunda visita pastoral que realizó a la isla de La Palma en 1675, año en que hubo una extraordinaria sequía, el Obispo autorizó el traslado de la Virgen de las Nieves desde su santuario, ubicado en las afueras de Santa Cruz de La Palma, hasta la Iglesia Parroquial del Salvador, de dicha ciudad. Al observar en aquel acto la solemnidad y el fervor popular existente, dispuso que la Bajada de la Virgen se celebrara cada cinco años, fijando su primera convocatoria para el año 1680, y ordenando que para su traslado en romería, la Santísima Virgen fuera colocada en “trono decente”. Había nacido la celebración lustral de la Bajada de la Virgen de Las Nieves, patrona de la isla, tradición que ha llegado hasta nuestros días, como ocurrió este año 2025, año de Bajada lustral.
Unos años después, estando de visita en La Laguna, en 1677 da cuenta del volcán de la isla de La Palma que había explotado en el sur de la isla, pues "estamos viendo y oyendo desde esta ciudad y su distrito en el formidable volcán que a 13 del mes pasado [de noviembre] comenzó a reventar en la isla de La Palma y perservera (a lo que creo) hasta el presente tiempo con la aflicción y susto que podemos y debemos considerar en los vecinos de aquella isla, y daño que directa e indirectamente ha ocasionado."
Se trataba del volcán de Fuencaliente o volcán de San Antonio en la isla de La Palma que entró en erupción en 1677, causando daños significativos que incluyeron el sepultamiento del manantial de la Fuente Santa, la muerte de al menos cuatro personas y el desplome de la iglesia y casas en la zona de Fuencaliente, en el sur de la isla de La Palma. La erupción duró 66 días, iniciándose el 17 de noviembre de 1677 y finalizando el 21 de enero de 1678.
La erupción de la que daba cuenta el Obispo Bartolomé fue incluso documentada en la época, incluyendo una detallada relación enviada a la Inquisición en 1678, acompañada de un dibujo en el que se representaba gráficamente la erupción y los daños.
Regreso urgente a Tenerife para atajar el "Motín del vino".
En agosto de 1666 regresaría de nuevo a Tenerife, al ser llamado por el Comandante general de Canarias para que apaciguase a los clérigos del norte de la isla que habían asaltado las bodegas en las que los ingleses almacenaban el vino malvasía, produciéndose el denominado “gran derrame” que inundó las calles del pueblo de Garachico, debido a que una compañía inglesa se había establecido en la isla con el fin de tener el monopolio del vino.
Fue el llamado Motín del vino, una revuelta de los viticultores canarios contra los precios abusivos que habían impuesto los comerciantes ingleses para la exportación monopolística de sus caldos hacia Inglaterra en la que participaron numerosos miembros del clero, ya que también ellos eran productores.
El Obispo le hizo ver a la autoridad militar que algo no encajaba en este conflicto, pues los clérigos manifestantes eran más de 300, y en el norte de la Isla sólo había 50 sacerdotes y frailes, por lo que llegaron a la conclusión de que la mayoría eran enmascarados. En sus escritos, realizados 23 años más tarde, comenta cómo apaciguó y desenmascaró aquella ingeniosa y extraña revuelta; seguramente, por la gran afición de la gente de Tenerife a disfrazarse en los carnavales. La mayoría, si no todos, eran agricultores disfrazados con la idea de que la Iglesia cargara con gran parte de la culpa.
Primera visita a la sede de la Diócesis.
El obispo decidió visitar Gran Canaria, por primera vez, el 20 de noviembre de 1666, once meses después de su llegada a Tenerife. En el trayecto volvió a sufrir otra tormenta, por lo que el barco tuvo que desviarse hasta el puerto de Agaete (noroeste de la isla), cerca de la Aldea de San Nicolás, y luego de manera ardua ir caminando hasta la ciudad de Las Palmas, donde al fin ocuparía la silla catedralicia de Santa Ana, el 5 de diciembre de 1666.
Permaneciendo en ella hasta 1668, aunque desde luego volvió en más ocasiones a la Ciudad, y está acreditado que estuvo en el año 1674, con motivo del litigio del Cabildo de la Catedral con el Provisor y Vicario General de la isla (su delegado episcopal en la isla). El año 1678 vuelve para proseguir la visita al Cabildo y Contaduría de la Diócesis. De nuevo vuelve a Las Palmas en enero de 1679 y permanece en ella hasta mayo de ese año. Por último, está registrada la última visita en el año 1682.
Otras visitas pastorales por las islas.
El Obispo Rabadán fue de los pocos obispos de Canarias que lograron visitar todas las islas, lo que era algo heroico para la época, dadas las condiciones de pobreza y precariedad de las islas y las dificultades de navegación para llegar a todas ellas.
Así, aparte de las dos visitas a la isla de La Palma que hemos comentado, pudo viajar a La Gomera y El Hierro. Terminadas estas dos Visitas pastorales, vuelve otra vez a la isla de La Palma (su segunda visita ya comentada), permaneciendo en ella unos meses hasta regresar a Tenerife.
En efecto, tuvo que quedarse en la isla de La Palma varios meses porque los puertos habían sido bloqueados por dos embarcaciones piratas berberiscas que lo andaban buscando para secuestrarle y hacerle cautivo, para luego pedir un rescate. Consiguió el Obispo, no obstante, escapar finalmente de las garras de los berberiscos, como había escapado de otros azares a lo largo de los años de estancia en Canarias. En marzo de 1676 decidió el Obispo escapar de la isla y pasar a La Gomera y de allí regresar a Tenerife.
Visitas a Fuerteventura y Lanzarote.
De Tenerife pasó a Gran Canaria y el 20 de noviembre de 1678 se embarcó para Fuerteventura y Lanzarote. En esta travesía "padeció otra formidable borrasca que le obligó a tomar tierra, al cabo de tres días, en unos arenales remotos y despoblados". Sin duda, que el narrador se refiere a las dunas de Jandía. Para llegar al interior de la isla majorera tuvo que hacer una jornada a camello...
A Fuerteventura, en efecto, llegó teniendo que hacer una jornada montado en camello hasta llegar a Betancuria, la capital de la isla, pues el barco lo había dejado en la península de Jandía, pues como comentamos una enorme borrasca lo sorprendió antes de atracar en la isla, no pudiendo desembarcar en Puerto Cabras (en la actualidad, Puerto del Rosario), lo que le obligó a tomar tierra a la fuerza en el extremo sur de la isla, sin puerto ni ayuda de nadie, desembarcando en una orilla de aquellos gigantescos arenales de Jandía. De Fuerteventura pasaría a Lanzarote. En todas las Visitas aprovechaba para Confirmar, y reunía a los sacerdotes para adoctrinarles en el dogma y el moral.
Cuando terminó la Visita Pastoral por las dos islas orientales regresó a Gran Canaria y, luego, a Tenerife, donde llegó "con una salud muy endeble".
FRUSTADO INTENTO DE ENVENENAMIENTO.- En una de sus visitas al Cabildo catedralicio, lo que no se imaginaba el prelado, nada más llegar a Las Palmas, es que en su propio palacio episcopal fuera a sufrir la “tormenta” más horrorosa y uno de los sucesos más escalofriantes de la historia de la iglesia de Canaria, pues, el 1 de noviembre de 1667, festividad de Todos los Santos.
En efecto, Ximénez Rabadán en su cena, se disponía a echarse a la boca un huevo pasado por agua, como hacía cada noche, pero percibió un sabor agrio y notó la clara algo dura. Probablemente hubiera seguido comiéndoselo de no ser por su cucharilla de plata, que se ennegreció en contacto con el huevo, disparando el sentido de supervivencia del Obispo, que ya se había demostrado que era a prueba de bomba.
Arrojó la cena al suelo y se obligó a vomitar mientras llamaba al médico, que le preparó varios antídotos que ayudaron a salvarle finalmente la vida. Pudo salvar la vida gracias a ese médico que acudió inmediatamente y le aplicó contravenenos, aunque le quedarían graves secuelas.
Según las pesquisas que se llevaron a cabo, la investigación de lo ocurrido la llevó a cabo el jefe de cocina que destapó una pequeña conspiración, pues los huevos se habían aliñado con un compuesto letal de cloro y mercurio que había conseguido colocar en la cena del Obispo un eclesiástico a quien Rabadán había reprendido tiempo atrás. Afortunadamente el cura homicida no consumó su venganza, pero tuvo su castigo. Se ordenó que se le encarcelara en una celda, aunque no sirvió de nada, ya que logró escaparse sin que volviera a saberse nada de él.
INTENSA ACTIVIDAD PASTORAL.- Siguieron muchos viajes de ida y vuelta a Tenerife desarrollando una intensa actividad pastoral. El ‘San Pablo de Canarias’, como lo llamaron algunos de sus sucesores dada su formidable producción de encíclicas, edictos y mandatos, escritos doctrinales, tratados, tesis y normas sobre todo tipo de temas, ocupaba así el día a día de un mandato que también estuvo bien cargado de reformas que le erigieron en protagonista de un buen número de conflictos con la autoridad civil y con el propio clero, acusado por unos y otros de defender ‘demasiado’ a los pobres y a los trabajadores.
Sin embargo, sufrió de la falsa acusación de no atender a las necesidades de los pobres lo queda descubierta con el siguiente testimonio de su secretario, don Juan García Ximénez, quién nos dice que "en la virtud de la caridad y limosna sobresalió muy en alto grado. Con harta congoja y fatiga volvió a salir de la silla y se entró en mi secretaría lamentándose y explicando la congoja que le ocasionaban las necesidades que se padecían en estas Islas".
Encontrándose el año 1675 en visita pastoral a la isla de La Palma, recibió aviso de que en Tenerife pasaban grandes necesidades por falta de granos y lluvias, agravada por la acechanza de los moros por la costa. Entonces despachó un navío a Cádiz, con 47.200 reales de plata para que se empleasen en la compra de trigo para repartir entre los pobres necesitados de las islas, costándole solo el flete del barco enviado un monto de 18.560 reales de plata.
Por si este testimonio fuera poco, tenemos el de los mismos pobres el día del entierro de D. Bartolomé García Jiménez y Rabadán, al enterarse de su muerte, los encontraban por los caminos de Santa Cruz llorando a gritos, y preguntados por el motivo de su llanto respondía: "por el Padre de los Pobres".
DEVOTO DE LA VIRGEN DE CANDELARIA.- Don Bartolomé era gran devoto de la Virgen de Candelaria, y en 1668 costeó las obras del nuevo santuario de tres naves en el pueblo de Candelaria, además de sufragar el retablo de la capilla mayor y el dorado del mismo. También, durante ocho años ayudaría económicamente a los frailes dominicos de Candelaria que atendían el culto de la Virgen, cuyo convento estaba junto al Templo.
Fue en 1669 cuando el Obispo don Bartolomé García Ximénez decidió levantar en el solar de la primitiva iglesia de la Virgen un nuevo templo de tres naves (en el que luego recibiría sepultura), que constituyó la primera Basílica de Candelaria. Se edificó en menos de tres años y en la festividad del 2 de febrero de 1672 se trasladó a ella la Santa Imagen, en medio del fervor popular.
Como señala el investigador Tomás González Alonso, don Bartolomé fue profundamente devoto y amante de la Virgen de la Candelaria, bajo cuya sombra quiso que reposaran sus restos mortales, y a la que llamaba: "... milagro continuo de nuestras aflicciones y necesidades". "Primera isleña cristiana de todo este Obispado y Precursora en él de las luces del Santo Evangelio".
Fruto de este gran amor a la imagen de la Candelaria, y de su gran erudición y cultura son el estudio de las glosas en latín y castellano que hizo de las 181 letras mayúsculas y minúsculas que estaban pintadas en la primitiva imagen, sin relación alguna entre sí, y separadas algunas entre por puntos y estrellas, que se encontraban en la orla de la túnica, al cuello, en las bocamangas y en todo el borde del manto de la imagen. Hasta el año 1633 nadie había podido aclarar su significado.
Estas letras indescifrables, fueron interpretadas por D. Bartolomé García Ximénez y Rabadán, haciendo once glosas en latín y siete en castellano a las letras del cíngulo, tomando cada letra como inicial de cada palabra completada por él, además de otras interpretaciones en latín al resto de las letras. Estas letras figuraban en la talla original de la Candelaria desaparecida en el aluvión de 1826. Si bien, este prelado nunca pretendió resolver el sentido original de las letras, sino ofrecer un significado devocional a las mismas.
En efecto, el texto de la primera talla de la Virgen de Candelaria poseía 181 letras que siempre han sido un misterio. Quizás sea la inscripción más exhaustivamente analizada desde un punto de vista criptoanalítico.
Al respecto de este curioso tema de la imagen, en la actualidad se han continuado con los estudios de estos enigmáticos signos puestos en la primitiva imagen de la Candelaria. Entre los más recientes, debemos señalar el de Vicente Jara Vera, un doctor Ingeniero de Telecomunicaciones, en su tesis titulada "Contexto, criptoanálisis y propuesta de solución de la inscripción de la talla (original) de la Virgen de Candelaria de Tenerife (Canarias, España)", que fue leída en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Telecomunicación de la Universidad Politécnica de Madrid en 2016, mediante una investigación de carácter humanístico y científico, y que a través de un sistema de fórmulas matemáticas y algoritmos (y también de un profundo estudio comparativo de diversas lenguas), concluye que las letras que decoraban el manto de la antigua imagen de la Virgen de Candelaria, aquella desaparecida a principios del siglo XIX en un temporal, eran una suerte de oraciones "traducidas" fonéticamente a la lengua de los antiguos habitantes de Tenerife.
Es decir, que la conclusión de Vicente Jara es que se trataría de un texto 'protobereber' con una función de evangelización o de catequesis de los naturales guanches. En su opinión, el origen de tales letra estaría en "Los franciscanos que tratan con los guanches, aprenden su lengua y recopilan oraciones cristianas 'traducidas' a conceptos propios de los guanches", expuestas en dicha imagen como un medio de evangelización.
También el filólogo Ignacio Reyes, ha estudiado las inscripciones grabadas en el manto de la talla original de la Virgen de Candelaria que incluía frases compuestas en la lengua aborigen, es decir, serían frases compuestas en lengua amazigh, llegando a una conclusión muy similar.
Ignacio Reyes expone su interpretación de estas letras estampadas en el manto original de la imagen en su obra "La Madre del Cielo: Estudio de filología ínsulo-amazighe", que publica Le Canarien Ediciones en 2007. El filólogo intentó traducir las inscripciones, pero comprobó que no era ni latín ni griego, hasta que encontró las consonantes "n" y "t", equivalente a "candela" en lengua amazigh (bereber), una lengua en la que el significado de las palabras se deposita en la secuencia de consonantes y las vocales tienen solamente un valor morfológico secundario.
Este investigador pudo traducir todas las letras que contenía el manto, que eran sentencias de doctrina cristiana, al parecer, de origen franciscano, pues fueron los Franciscanos los primeros que llegaron a Canarias para evangelizar Tenerife, como ya hemos comentado en este Blog en una ocasión anterior. Según el investigador Ignacio Reyes, esto revela un contacto muy cercano entre estos evangelizadores y la población aborigen, pues las misiones franciscanas llegaron a las islas a mediados del siglo XIV, cien años antes de la Conquista de Tenerife, y aprendieron su lenguaje.
Desde el punto de vista devocional, para el Obispo Rabadán, la Virgen "Nuestra Señora de Candelaria es [la] Patrona Universal de todo este Obispado", y a propósito de una visita en la isla de La Palma en diciembre de 1675, indicaba que "Hacemos saber que habiendo sido Dios Nuestro Señor servido [de] darme fuerzas alentando nuestra poca salud para visitar personalmente las islas de La Palma, Gomera y Hierro" (...) "esperamos en su Divina Majestad que por los ruegos y méritos de su Madre Santísima Patrona y Señora Nuestra y especialmente mía, de Candelaria..."
Unos años más tarde, en 1677, en un escrito de 8 de abril, suscrita por su secretario en el Cabildo catedralicio de Las Palmas y dirigido a todas las parroquias del Obispado, se da cuenta de la ruina en la que se encuentra el Santuario de Candelaria, manifestando que "Por carta que recibí del Obispo, mi señor, me avisa que la nueva iglesia donde se había colocado la Santísima Imagen de Nuestra Señora de Candelaria, Patrona Universal de todo este Obispado, está amenazando ruina y agua salada, para que no se caiga y refiriendo Su Señoría más largamente los singulares beneficios que todos debemos al patrocinio de tan soberana Señora y madre nuestra, me manda ruegue y encargue a todos los párrocos de estas islas (...) cuiden de pedir limosna para ayudar esta obra llevando consigo un cuadernillo donde se escriba lo que cada uno ofreciere, o diere en dinero, granos, ganado o frutos, (...) y que dicho cuadernillo en la forma referida se le remita a Su Señoría (...) que lo estimará y agradecerá mucho y así se lo suplico a Vuestra Merced". Ello da idea de la preocupación del Sr. Obispo en que el Santuario de la Virgen, en el pueblo de Candelaria, se encontrara en las mejores condiciones posibles para el culto cristiano y para su mejor decoro y veneración a la Virgen.
También, como prueba de esta devoción mariana, se sabe que el Obispo mandó a imprimir unas estampas con la imagen de la Candelaria que tuvieron mucha difusión, dentro y fuera de las islas, y también unas medallas con la efigie de la Virgen hacia 1686. Respecto de las medallas, su principal finalidad parece haber sido la de ser portada por las mujeres embarazadas sobre el vientre, de manera que descansase sobre el feto, impetrando de esta forma la protección de la Virgen de Candelaria para el niño y su madre.
CONFLICTOS Y LITIGIOS.- Siguiendo al Doctor en Teología Tomás González Alonso, la acusación más fuerte contra el Obispo Rabadán es la hecha por su Cabildo a la Reina de no residir en la Capital Diocesana, acusación que se dirige más a la forma de gobierno que a la integridad de costumbres del Prelado. Todas estas acusaciones se desmoronan ante el testimonio y pruebas que el Obispo, por medio de su secretario, presentó a la Corte.
En efecto, hasta la Reina, llegan dos cartas, con el seudónimo de fray Antonio de Guzmán, acusándole de que en cinco años que lleva en la Diócesis, sólo se ha dedicado a atesorar dinero y no da limosna a los pobres; no ha ordenado, ni confirmado, no hace visitas de sagrarios ni monjas, por lo que los fieles están escandalizados y se niegan a pagar los diezmos. También se le acusa de que por cualquier causa promulga censuras y condenas. Vive con desdoro de la Dignidad, sin familias y en un puerto, el de Santa Cruz de Tenerife, para vender a buen precio los frutos de su obispado. Y por si esto fuera poco, se le tilda de no estar en su cabal juicio...
La Real Audiencia de Canaria, en carta al Rey el 2 de Mayo de 1690, año de la muerte del Obispo, se hace eco de estas enemistades con el Cabildo de la Catedral de Santa Ana: "...cabildo de quien ha diez y ocho o veinte años está divorciado y con quien ha tenido siempre reñidos pleitos y encuentros que son bien sonados". Junto a esto, otros muchos asuntos de competencias, jurisdicción y gobierno fueron los motivos de este enfrentamiento.
En el año 1668, el Obispo prohíbe a un convento de monjas ciertas devociones con censuras. Las monjas no le obedecen y son excomulgadas. Apelan a la Audiencia de Canaria, pero finalmente la Santa Sede confirma la autoridad del Obispo.
También fueron sonados sus conflictos con los cabildos y regidores de las islas. Los regidores del Cabildo de La Laguna, reclamaban para sí, el saludo de "Muy Ilustres Señores". El Obispo se lo niega y reclaman a la Audiencia de Canaria. Los cabildos de La Laguna y Las Palmas, en réplica, le prohíben al Obispo llevar silla en las procesiones del Corpus, y que sus familiares le acompañen en tropa, y el Obispo en respuesta se niega a asistir a las mismas. Otro motivo de discordias entre los cabildos y el Obispo Rabadán es, el privilegio que éstos tenían para convocar y proveer los beneficios vacantes en las parroquias, pues estos puestos se cubrían con sacerdotes mediante oposición. Sin embargo, el Obispo recurre al Rey que falla a su favor. Entonces, nombra tres examinadores sinodales para cubrir esos beneficios parroquiales, y no consiente que en las cuestiones de la oposición se pregunte a los sacerdotes opositores en materias que no fuesen estrictamente las morales y pastorales.
Por último, en esta serie de conflictos con las autoridades civiles, hay que señalar la intransigente oposición del Obispo a pagar derechos de aduanas por el embarque de sus diezmos, o los "derechos de quinta", que transportaba desde las islas de La Gomera y El Hierro, islas de señorío, cuando salían de las mismas, y eran exigidos, también, a los eclesiásticos. El Fiscal lo denuncia en la Audiencia de Canaria, fallando ésta a favor de la parte eclesiástica. Apelan a la Nunciatura, y también esta falla a su favor.
Pero, tampoco, los Comandantes generales de Canarias se vieron libres en estas contiendas con el Obispo D. Bartolomé García. Con Don Francisco Bernardo Verona, que fue presidente de la Real Audiencia y Capitán General de estas Islas, tuvo el Obispo un conflicto bien reñido, por haber mandado esta autoridad militar que se retuvieran todas las cartas y correos que venían de España, reservándose el Comandante sólo las que venían para el Obispo, y no las de los demás eclesiásticos, para que no se entregaran a sus destinatarios hasta que hubiesen sido vistas y leídas las suyas por dicho Comandante. Hubo diferentes demandas y respuestas bien agrias y fatigosas, hasta que el Obispo logró que el Comandante retirara dicha orden.
LOS ÚLTIMOS AÑOS DE SU VIDA.- El obispo Rabadán, que padeció las secuelas del aquel intento de asesinato el resto de su vida, presentó meses después su renuncia, pero tuvo que retirarla ante la presión de sus fieles, del Cabildo de La Laguna y del Comandante general de Canarias, que mandaron cartas a Madrid y Roma para pedir al Papa Clemente X que no aceptara la dimisión. La idea del Obispo era retirarse al convento de Candelaria con los frailes dominicos, pero el Papa Clemente X, en efecto, no se la aceptó, por lo que siguió ejerciendo de Obispo de Canaria hasta el final de sus días.
En diciembre de 1689 presagió su muerte al ver un cometa y un eclipse de luna. Pero el año siguiente, ya postrado en cama y recibidos los santos sacramentos, el 30 abril de 1690 sufrió su primer accidente de apoplejía con convulsiones, y aunque logró superarlo, se repitieron durante sus últimos días hasta que, finalmente falleció en la tarde del 14 de mayo del mismo año, víspera de Pentecostés, estando en sus aposentos del Convento dominico de la Consolación de Santa Cruz. Un acta del Cabildo de La Laguna del día 15 dice: «Entre ocho y nueve de la noche murió en Santa Cruz, el Obispo Bartolomé García-Ximénez, amortajado y puesto en ataúd a las cinco de la mañana; lo comunicó el Dr. D. Andrés de Guevara Betancourt, Racionero y Hacedor de la de Tenerife».
En efecto, Don Bartolomé muere en olor de santidad en Santa Cruz de Tenerife el 14 de mayo de 1690, y su entierro y funerales se celebraron durante tres días en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Concepción, donde se le dio sepultura, aunque al año siguiente, en septiembre de 1691 sería trasladado al Santuario de la Virgen de Candelaria, en el pueblo de Candelaria, lugar donde había dispuesto que quería reposar para siempre. En un acto solemne al que asistieron vecinos y autoridades de Tenerife, (pues tal era la fama del prelado que hasta se repartieron reliquias como si se tratase de un santo). El epitafio de la lápida de su sepultura que él mismo había escrito, decía:
"Aquí yace D. Bartolomé García-Ximénez, perpetuo esclavo de Nuestra Señora de Candelaria, Obispo que fue de estas Islas de Canaria; rueguen a Dios y a su Santísima Madre por él, para que lo lleve a su eterno descanso."
A partir de aquí, se postulan dos versiones en relación con el posible destino final de la tumba con los restos mortales del mencionado Obispo. Algunos autores sostienen que los restos desaparecieron a raíz del fuerte temporal de lluvia y viento que asoló la isla de Tenerife en la noche del 6 al 7 de noviembre de 1826, en el histórico aluvión que arrastraría al mar el santuario y parte del convento, y por el cual se llevó consigo a la imagen de la Virgen y, al parecer, también los restos mortales del insigne prelado, que irían a parar al fondo del mar en la costa de Candelaria, desapareciendo para siempre.
Sin embargo, otros investigadores afirman que en dicho temporal en efecto, desapareció la imagen de la Virgen de Candelaria, pero no así los restos del Obispo, porque este estaba enterrado en un recinto distinto al de la Virgen dentro del complejo conformado por el convento y la basílica. Al parecer la tumba se encontraba en el santuario que el propio Obispo había promovido, al que antes hemos aludido, y que luego sufrió un incendio a finales del siglo XVIII, exactamente en la noche del 15 de febrero de 1789, y que estaba adosado al risco. En aquel incendio, el fuego se extendió con rapidez a todo el edificio a causa del viento huracanado, reduciéndose a cenizas el apreciable y antiguo archivo, así como la importante biblioteca y la Basílica contigua, que con tanto esmero se había construido por iniciativa del Obispo García Ximénez y donde estaba enterrado, probable razón por la que hoy en día tampoco se conserven ni la tumba con sus restos, ni la lápida con su epitafio. Por su parte, en la llamada "capilla del Convento", sería el lugar donde se encontraba la imagen de la Virgen en el momento en que tuvo lugar la riada de 1826.
A favor de ese planteamiento de que la imagen de la Virgen y los restos del Obispo se hallarían, pues, en estancias diferentes, estaría el testimonio del sacerdote gomero José Trujillo Cabrera (1897-1977), que fue recogido por el cronista Octavio Rodríguez Delgado en su Blog (16.05.2022), cuando en su interesante Guía de la Diócesis de Tenerife (1965), el canónigo que fue de la Catedral de La Laguna, realiza la transcripción de una lápida de mármol que se encontraba en la citada "capilla del Convento", en la que se recogía el episodio del citado incendio acaecido en 1789 y el subsiguiente traslado de la imagen de la Virgen a la Cueva de San Blas, de manera que expresaba esa lápida lo siguiente: “En 1672 fue colocada [la imagen de la Candelaria] en el gran templo que el Iltmo. Sr. Obispo, don Bartolomé Jiménez, le fabricó, hasta que fue incendiado el 15 de Febrero de 1789. [Dicha imagen] Fue restituida a su antigua cueva donde se conservó catorce años y traída a esta capilla [del Convento] en 1º de Febrero del año 1803.”
VALORACIONES Y HOMENAJES QUE HA TENIDO EL OBISPO DESPUÉS DE SU MUERTE.- Sus sucesores en la mitra del Obispado de Canaria nos han dejado testimonio de ello: "Varón apostólico, de quien dijo otro sucesor suyo muy activo que no había dejado nada que hacer ni decir a los obispos de Canarias, pero sí mucho que admirar".
D. Pedro Dávila y Cárdenas, en sus Constituciones Sinodales del Obispado de Canarias, de 1734 nos dice "Varón insigne de infatigable celo, así en la Visita de todas las Islas, como en las instrucciones, mandatos y cartas pastorales, en todo lo cual nos dejó a sus sucesores mucho que admirar y poco que hacer".
D. Lucas Conejero, obispo que fue de las Islas, y después Arzobispo de Burgos decía que no había dejado el Obispo Jiménez nada que hacer ni que adelantar a sus sucesores pues todo lo tenía previsto y dicho, y observando sus Edictos se obraba con mayor seguridad. Su biógrafo y secretario escribe: "Hemos visto el progreso de su vida, su santo celo y, el desvelo que puso en el gobierno de este obispado, y los grandes frutos espirituales y temporales que logró en todo el tiempo que la gobernó..."
La Real Audiencia de Canaria, a pesar de sus grandes y continuos pleitos con el Obispo, escribe al Rey: "Es un prelado que comúnmente es tenido en opinión de docto y virtuoso", "... insignísimo en virtud y ciencia (...) por la ciencia un Santo Tomás de Aquino". "El Iltmo. Sr. D. Bartolomé García Ximénez, de eterna memoria, era canonizable" dice el Iltmo. Sr. D. Juan Francisco Guillén, Dignísimo Obispo de estas Islas de Canarias.
El Obispo Dávila y Cárdenes, en sus Constituciones Sinodales de 1734 dice de D. Bartolomé: "Varón Insigne de infatigable celo, así en la Visita de todas las Islas, como en las Instrucciones, mandatos y cartas pastorales; en todo lo cual nos dejó a sus sucesores mucho que admirar y poco que hacer."
Precisamente, en su memoria, en el año 2020, el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife y la Tertulia Amigos del 25 de Julio lo han honrado y recordado con una placa colocada en un parterre de la plaza de Santo Domingo, en las proximidades del Teatro Guimerá, donde estaba el convento de La Consolación en que fijó su residencia. “Varón esclarecido, de vida heroica y ejemplar, que tuvo especial predilección por esta isla de Tenerife, de cuya Virgen de Candelaria fue profundo devoto, así como por esta Villa y Puerto de Santa Cruz, donde residió hasta su muerte”.
Fuentes:
CABALLERO MUJICA, Francisco (1997): Documentos episcopales canarios (II): Bartolomé García-Jiménez y Rabadán (1665-1690), Real Sociedad Económica de Amigos del País de Las Palmas de Gran Canaria, 1997.
GONZÁLEZ ALONSO, Tomás (1995): "D. Bartolomé García-Jiménez y Rabadán. Gobierno, conflictos y litigios de la Iglesia en Canarias en el siglo XVII" en Revista Almogarén, nº 16, pp. 125-153, Centro Teológico de Las Palmas, Gran Canaria, 1995.
HERNÁNDEZ PERERA, Jesús (1953): "Noticias de la ejemplar vida del Ilustrísimo Sr. Dr. D. Bartholomé García Ximenes Canónigo lectoral de la Sta. Iglesia de Sevilla y digníssimo obispo de estas islas, que fallezió el 14 de mayo del año del señor 1690", en Revista de Historia, nº 101-104, pp. 183-239, Universidad de La Laguna, 1953.
JARA VERA, Vicente y SÁNCHEZ ÁVILA, Carmen (2020): "La inscripción de la talla original de Nuestra Señora de Candelaria de las islas Canarias según las fuentes documentales impresas" en Revista Hispania Sacra nº 145, pp. 191-205, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 2020.
Las increíbles desventuras de Ximénez Rabadán, el obispo onubense de Canarias en el diario Huelva Información, Huelva, 16 de abril 2023.
LEDESMA ALONSO, José Manuel (2020): Bartolomé García-Ximénez Rabadán, el obispo que tardó 178 días en llegar desde Cádiz a Tenerife, en el diario El Día, Santa Cruz de Tenerife, 20 de septiembre de 2020.
La cubertería de plata que evitó el asesinato del obispo de Canarias en el diario ABC, Madrid, 19 de mayo de 2017.
Para la redacción de este artículo, quiero agradecer públicamente los aportes y observaciones que tan gentilmente me ha hecho llegar doña Mercedes Castellano Fariña, natural y residente en la Villa de Candelaria y Técnico de Empresas Turísticas, gran experta en los pormenores históricos del culto a la Virgen de la Candelaria y que, en este caso, me dio cuenta del texto del epitafio de la tumba del Obispo don Bartolomé Ximénez, así como, su opinión sobre el paradero de los restos del citado Obispo que fue de Canaria, durante el siglo XVII.
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