Tenerife: Las Fiestas de la Virgen de Candelaria de febrero de 1810 contadas por el Vizconde de Buen Paso.


El que fuera III Vizconde de Buen Paso, don Juan Primo de la Guerra y del Hoyo Solórzano había nacido en La Laguna el 9 de junio de 1775, hijo del coronel don Fernando de la Guerra y del Hoyo y doña Juana del Hoyo Alzola Suárez de Deza, Marqueses de la Villa de San Andrés y Vizcondes de Buen Paso, naturales y vecinos de dicha ciudad, por entonces capital de Tenerife.


Fiestas de Candelaria hacía los años 50 del siglo XX.
Foto: Colección Manolo Ramos.

Además de III Vizconde de Buen Paso, fue XIV Señor de la Casa y Valle de Guerra, VII de los Mayorazgos de Guillén del Castillo y Valle de Ximénez. En 1795 es nombrado gobernador del Castillo de San Pablo del Puerto de la Cruz (Tenerife). Participó en la defensa de Santa Cruz de Tenerife contra el Almirante Nelson.

Retrato de Juan Primo de la Guerra, 
pintado por Luis de la Cruz hacia el año 1800.

Al igual que había hecho su tío y padrino, don Lope Antonio de la Guerra y Peña, don Juan Primo escribió un minucioso Diario, que abarca desde enero de 1800 hasta noviembre de 1810, en que fue interrumpido por su repentina muerte; estaba desglosado en 11 tomos manuscritos, uno por año e incluía noticias políticas y sociales de las islas, así como acontecimientos de su vida. Este Diario fue publicado en dos tomos en el año 1976 por el Aula de Cultura de Tenerife, con edición e introducción de Leopoldo de la Rosa Olivera.

Edición del Diario por el Aula de Cultura de Tenerife en 1976.

Como hemos señalado, estos diarios abarca desde 1800 a 1810; en él recoge, como hace constar, "la narración de aquellas noticias de mera curiosidad que pueden ser útiles de algún modo", acompañadas con notas que amplía la relación de lo ocurrido en cada uno de esos años. Para este artículo seguimos la citada edición al cuidado de Leopoldo de la Rosa Olivera, en dos tomos: Diario I (1800-1807) y Diario II (1808-1810).

En vida fue conocida su enemistad con el marqués don Alonso de Nava y Grimón, a quien amenazó de muerte en cierta ocasión y por si se ponía o no determinada banda o lazo en el pecho. Por este motivo fue contrario a la Junta Suprema de Canarias, presidida por el citado Marqués de Villanueva del Prado, durante el periodo de la invasión de Napoleón a España.

De su Diario, nos interesa en esta ocasión, conocer su visita al pueblo de Candelaria para participar de las fiestas a la Virgen en febrero de 1810. Como señala el cronista Octavio Rodríguez Delgado, la festividad del 2 de febrero era costeada por el Cabildo de La Laguna y mantenía su carácter solemne, aunque había decaído en las últimas décadas, pues como describe nuestro autor, había disminuido el número de personas notables que iban en romería, así como el número de tiendas que formaban la feria y el número de cruces parroquiales asistentes, pues antes acudían las de toda la isla y por entonces solo la de la parroquia lagunera a la que correspondía la fiesta anual de dicha ciudad.

Don Juan Primo de la Guerra llegó, en efecto, a Candelaria el 1 de febrero de 1810, en su propio caballo y acompañado por su criado, y abandonó este pueblo en las primeras horas de la mañana del día 3 de febrero, día de San Blas. En su minuciosa descripción incluye detalles del viaje y del recorrido, los lugares que atraviesa, el paisaje e incluso las plantas. Luego, ya en Candelaria, se detiene en detalles sobre la familia que lo alojó en su casa durante los dos días.

Casa del Cabildo, actualmente Ayuntamiento Viejo de Candelaria.

Incluye detalles de la vivienda en que se alojó en el pueblo de Candelaria y de las comidas efectuadas en ella, así como del ambiente que se respiraba en la Casa del Cabildo (que es el actual Ayuntamiento Viejo de Candelaria), los refrescos allí servidos, los juegos de naipes, las personas asistentes de las principales familias de la isla (del Hoyo, Soler, Anchieta, Saviñón, Chirino, Saavedra, Delgado-Trinidad de Güímar, Echevarría de La Gomera), y sus entrevistas con el diputado invitado ese año a la fiesta, vocal de la Junta de Gobierno del Reino, don Manuel María Avalle, con don Esteban Saavedra y con el sacerdote y antiguo compañero de estudios don José Quintero.

En efecto, el Vizconde sale del pueblo de Santa Cruz de Tenerife el día 1 de febrero y regresa del pueblo de Candelaria el 3 de febrero siguiente, que es cuando escribe el relato de la visita en su Diario.

Veamos, pues, el interesante y curioso relato que de la Fiesta de la Candelaria nos hace el Vizconde de Buen Paso en su citado Diario, cuyo original manuscrito se halla en el Archivo Municipal de La Laguna (Fondo de la Casa de Ossuna), y que extraemos de su tomo II (1808-1810), editado por el Aula de Cultura de Tenerife en el año 1976, que se contiene en las pp. 173-182.

RELATO DE LA VISITA QUE HIZO AL PUEBLO DE  CANDELARIA EN FEBRERO DEL AÑO 1810 PARA LAS FIESTAS DE LA VIRGEN.- Deseoso de hallarme a la función de Nuestra Señora en el lugar de Candelaria y ver de cerca aquella Santa Imagen, hallándome en este año [de 1810] con salud, sin embarazos y con caballo propio, me determiné a poner en práctica esta romería y salí de esta plaza [de Santa Cruz, donde residía] con mi criado a las diez y media de la mañana del jueves 1 del presente mes [de febrero]

Estaba el tiempo fresco, pero no llovía, y el sol descubriéndose con toda claridad de rato en rato daba hermosura al camino. Este es pedregoso hasta la distancia de un cuarto de legua, y allí se halla la montaña de Taco, en cuyas inmediaciones tiene una casa el teniente coronel don Francisco Tolosa. Las faldas de esta montaña tienen tierra más amena y laborable y sementeras. Atraviésase después la costa de Geneto; a ésta la zanjean muchos barrancos, que como ha llovido tanto en estos días corrían y formaban largas pocetas llenas de agua. Por los contornos discurrían apacentándose varios rebaños de ovejas y sus pastores las gobernaban con silbos y estaban tan tranquilos y gustosos que daban materia para escribir predios rústicos o églogas. 

Antiguo molino en El Chorrillo.

Será a la mitad del camino donde se hallan tres cruces, y allí es donde se dividen los caminos. Este paraje se llama «El Chorrillo». No lejos de allí se ven las ermitas del Rosario, el Pilar y San Isidro, y luego se empiezan a bajar las cuestas que conducen a Candelaria. Las plantas que se ven por este camino son las tabaibas, los verodes y cardonales, los balos, la alhuaga abrojosa y la leña blanca. Hay algunas viñas y sementeras.

Llegada al pueblo de Candelaria.

Yo llegué al lugar de Candelaria a las tres de la tarde [del 1 de febrero, víspera de la fiesta]; no tenía allí gente conocida donde alojarme, ni llevaba carta de recomendación. Así contaba con las buenas voluntades, y para conocerlas, al estilo de aquellos dependientes de los patriarcas que en los bebederos y manantiales se paraban a distinguir la posición de las mozas que venían por agua, y yo reparé en cuatro personas que salían del pocito santo con sus tallas.

El Vizconde sin duda se refiere a El Pozo que era un pozo de agua situado en el interior de una cueva cerca de la orilla del mar, que era una referencia geográfica importante, zona aún hoy popularmente conocida como "El Pozo"

En el pasado, en efecto, la procesión de la Virgen discurría desde su templo por la playa, hasta llegar a la ermita de Santiago y al Pozo Santo, que se hallaba en el límite poblado del pueblo. Dicho pozo, era de agua dulce en la baja mar y salobre en la pleamar, siendo usado por los habitantes del lugar para abastecerse de agua dulce, en un lugar donde los recursos hídricos escaseaban. Con el pasar de los siglos, sus aguas fueron ganando fama de milagrosas, ya que la Virgen de Candelaria llegaba en sus procesiones hasta este pozo, reflejándose la imagen de la misma en sus aguas. Hecho que seguía aconteciendo, milagrosamente, el resto del año, según la tradición de los creyentes que se acercaban al mismo. Además, el pozo se encontraba cercano al Camino Viejo de Candelaria, por lo que era usado como parada por parte de los peregrinos que acudían al santuario, para refrescarse y recuperar fuerzas antes de terminar su peregrinación.

Aspecto actual de El Pozo, en Candelaria.

Sus aguas eran, pues, consideradas milagrosas, teniendo cualidades sanadoras en virtud de la intervención de la Virgen de Candelaria, conseguida mediante la oración e intercesión ante la imagen de la Virgen situada en el propio pozo. Por todos estos motivos, con el paso de los siglos pasó a denominarse el “Pozo de la Virgen” o también “Pocito Santo”, como así lo llama Juan Primo de la Guerra en su Diario, quedando indisolublemente unido a la peregrinación y culto a la Virgen de Candelaria.

El Convento dominico frente a la playa de Candelaria.

Don Juan encuentra alojamiento.

Adelanté mi caballo y les propuse si habría quien recibiese a un forastero en su casa. Una de las cuatro me ofreció llevarme en casa de una hermana suya, y cumplió su palabra de suerte que a pocos minutos yo estaba en una casita cerca de la parroquia. Tenía en la sala una alacena con piezas de cristal y alguna con ramos dorados, cortinas de muselina y sus sillas y mesas. Allí vive Josefa Delgado, mujer de Antonio Herrera, el cual navega; ha estado de contramaestre en Cádiz y en la América y actualmente está en Lanzarote. 

Tiene en la casa tres hijos pequeños: el varón llamado José Rafael, y de las hembras la mayor María Antonia y Agueda la segunda. De las hermanas, una se llama María Clementa, que fue la que me condujo, otra Manuela y otra Isabel. 

Castillo de San Pedro en la playa de Candelaria.

Visita a las autoridades locales.

Visita en primer lugar a Don José de Baute Santos (1739-1820), nacido en Arafo y residente en Candelaria, quien fuera una figura militar y civil relevante en la zona del Valle de Güímar en Tenerife a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Fue castellano de la Batería de Santiago, guarda-almacén de Artillería, teniente coronel de Milicias, síndico personero y alcalde de Candelaria.

A las cuatro y media fui a presentarme al gobernador de las armas don Josef [de Baute] Santos, cuya casa, con azotea, tiene barandas en contorno. El capitán estaba fuera y le dejé recado. Venía de allí a ver al maestro fray Andrés Carrillo, palmero, quien fue maestro de alumnos en la Sociedad cuando yo fui alumno, y quien me trataba con agrado. Pregunté a un religioso y dióme la noticia de que había muerto pocos días antes. Sucedió su muerte a fines de diciembre, y el padre Carrillo está sepultado en el presbiterio, delante de la puerta de la sacristía. Yo dije que me parece bien una inscripción, pues a su constancia y a su celo infatigable se debe la reedificación de aquel monasterio, en el cual, consultando las obras de don Benito Bails y trazando y disponiendo el mismo padre, puso en práctica planos y diseños aprobados por la Academia de San Fernando.

Ermita de San Blas, en Candelaria.

Visita la Cueva de San Blas.

De allí fui a ver la cueva de San Blas, donde no había entrado. Esta fue por muchos años la residencia de la Santa Imagen de la Virgen, mientras recibía las atenciones de los guanches. En lo más escondido se ve actualmente un altar, con varias pinturas y el considerar que la Santa Imagen ocupaba entre salvajes los parajes más abyectos y olvidados, como lo hicieron mientras vivieron entre los hombres la Virgen y su Divino Hijo, causa en el alma un sentimiento tierno. En la misma capilla estaba ayer la imagen de San Blas, y se ve en un ángulo una pila de mármol.

Visita al templo del Convento dominico donde se custodiaba la imagen de La Candelaria.

Se llegaron las horas del Nombre. En la capilla mayor de la iglesia de Santo Domingo hay un crucifijo grande. La imagen de Candelaria estaba en su trono debajo de un dosel de terciopelo carmesí galoneado de oro por todas las costuras; la iglesia iluminada con lámparas y las piedras preciosas que adornaban la Santa Imagen brillaban sumamente. Los padres cantaron con solemnidad las horas del coro; después hubo una canción española en alabanza de la Virgen, cantada con acentos extraordinarios, pero melodiosos y que repite a cada estrofa ¡Oh Virgen de Candelaria, lucida estrella del mar!

Esta fue entonada por doce o quince hombres, vestidos de guanches, entre los cuales dos llevaban insignias de reyes los otros, medio desnudos, llevaban pieles y gorras de pelo, barba larga y unas lanzas de tres varas de alto. 

Aunque la concurrencia de estos guanches es propia de la función del 15 de agosto y no de la de ayer [2 de febrero], que es costeada por el Cabildo, parece que en este año [de 1810] se dio lugar a esta variedad en obsequio del diputado vocal de la Junta de Gobierno don Manuel María Avalle, quien fue a Candelaria convidado por el Cabildo. Los padres cantaron el Nombre, y por último otro coro de mujeres de La Esperanza cantaron a la Virgen una salve compuesta en versos españoles.

Actividades durante la noche del día 2 de febrero.

Yo volví al patio a las nueve de la noche con mi traje de camino y aforrado en el capote. Dos porteros, dependientes del Cabildo, vinieron entonces a convidarme de parte de los señores para el refresco. Les dije que me dispensaran pero que no estaba vestido con decencia para presentarme. 

A las diez [de la noche] me volví a casa, después de haber visto los bailes en las casitas llamadas de la Virgen, las cuales son destinadas para alojar las gentes de los lugares que van en romería. Mi patrona había aprontado la cena; tendió una estera por la sala y sobre la estera me hizo una cama, limpia y decente. 

Visita a la Iglesia parroquial de Santa Ana.

Ayer por la mañana [del 2 de febrero] fui cerca de las ocho a ver la iglesia parroquial, la cual es de una sola nave y su advocación de Santa Ana. En el retablo mayor tiene pintada una Trinidad; tiene altar con cuadro de Animas y en un nicho vi descubrir un Santo Cristo y la Virgen de Dolores. 

Visita a la Casa del Cabildo.

Creí acompañar al diputado cuando saliese para la función y con este designio fui a la casa del Cabildo después de las nueve. El secretario, que creo se llama Sotelo, le dio aviso y el diputado salió a hablarme a la sala. En su viaje a Canaria ha sido obsequiado dignamente, y el conde de la Vega Grande de Guadalupe, don Fernando del Castillo, le dio un célebre convite. De resultas de estas finezas el diputado, a su vuelta a La Laguna, regaló a mi madre un trozo de una tortada, de la cual mi madre me envió un bocado, y así yo pude contestar al diputado en orden a su viaje a Canaria. Preguntóme noticias de Santa Cruz: le dije que había entrado el correo y que se dice que la Francia toda está declarada contra Buonaparte. Tanto como toda la Francia me parece difícil que lo esté todavía, me contestó, y ya será buena noticia que algunas provincias se hayan declarado. Viendo yo que el diputado no salía tan pronto, me despedí; fui a Santo Domingo y allí esperé hasta cerca de las once en que entró con el Cabildo. Al diputado se le puso una silla de brazos y delante un sitial cubierto de damasco carmesí, con precedencia al Ayuntamiento. Llevó a la función su grande uniforme, bordado de oro, con dos bordados en la bota de la casaca, la cual era de paño azul turquí y tenía un escudo de oro bordado en el pecho. Las gentes del pueblo lo llamaron el capitán general, y el diputado se portó con generosidad, así con los guanches como con la guardia de soldados, a quienes dio una onza.

Antes de la misa anduvo por el claustro una procesión del Sacramento, en la cual el corregidor llevó el guión. Al tiempo de la misa predicó un padre, llamado Acosta, dominico, quien tomó su texto del salmo 25, en el que David exhortaba al pueblo para que se purificase y que en la dedicación del templo que erigió en Jerusalén diese a Dios gloria y honor. «Afferte Domino gloriam et honorem». El predicador propuso por puntos que la provincia de Canarias ha recibido singulares beneficios por la intercesión de la Virgen de Candelaria, y que debe corresponderle con su agradecimiento. Dirigió sus elogios al Ayuntamiento y dijo que se debía pedir a la Virgen por el soberano, por la Junta [Suprema] que rige el reino y por su diputado don Manuel María Avalle, y añadió que se debía pedir igualmente por el marqués de Villanueva del Prado, quien tiene en España los poderes de esta provincia. (No tenía yo noticia de que la Junta Suprema de Gobierno lo hubiese admitido por miembro suyo.) 

Para conocer mejor este aspecto de la mencionada Junta Suprema y los roces y diferencias que mantuvieron el Vizconde con el Marqués de Villanueva del Prado, presidente de dicha Junta durante el periodo de la guerra contra Napoleón en España, puede consultarse nuestro artículo en este Blog sobre la Junta Suprema de Canarias.

Iconografía de la Virgen de la Candelaria entre guanches 
que se conserva en la Ermita de las Angustias, Icod de los Vinos.

Procesión de mediodía de la Virgen el 2 de febrero.

La procesión fue a la cueva de San Blas después de mediodía, cuidando el diputado don Manuel María Avalle de la conducción de las andas. Después de restituida [la imagen de la Virgen de Candelaria] al templo, acompañada de la imagen de San Blas, se entonaron las letanías y se dio principio a una procesión deprecatoria. Esta la formaban la manga de cruz y el clero de La Laguna; la del convento de Candelaria y su comunidad y el diputado con el Ayuntamiento. Llegó esta procesión sobre la arena hasta el frente de las casas capitulares, y allí se verificó el despedimiento, volviéndose al convento la Virgen y la comunidad.

Yo volví a las dos de la tarde a la casa de mi asistencia, y después de comer llegó un portero a convidarme para que fuese al Cabildo. Le dije que yo agradecía el favor de los señores, pero que había comido ya. Convidóme entonces para el refresco de por la noche.

Las actividades del Vizconde en esa tarde y noche.

Por la tarde [del día 2 de febrero] yo estuve en el convento y entré en la sacristía, donde fray Josef Romero, lego ejercitado en varias atenciones del servicio del convento y de la Santa Imagen, hizo que un paisano de aquel lugar me refiriese los versos que tenían los cuadros de los milagros, antes que el padre Carrillo los hubiese hecho recortar, a causa de estar traspasadas del salitre las extremidades de los lienzos. Son ocho o diez los dichos cuadros y están distribuidos entre la iglesia y la sacristía, y todavía continúa el estilo de enviar a la iglesia el que ha recibido el beneficio alguna memoria suya, en cera o en pintura, pues hasta la mitad del año próximo ha recibido aquel convento algunos de estos anatemas enviados de la América.

A las seis de la tarde fui al Cabildo, pero entonces se habían levantado de la mesa y se tomaba el café. A las siete me hallé en el convento a la conducción de la Santa Imagen de la Virgen de la iglesia, donde la dejaba el trono, a San Blas, a su camarín, en el cual estaba la imagen de Santo Domingo penitente y tenía las paredes colgadas de damasco carmesí. Las paisanas de la Esperanza cantaron allí la salve y ya se había repetido en la iglesia la canción que dice: ¡Oh Virgen de Candelaria, lucida estrella del mar!

A las ocho volví al Cabildo. En el patio había faroles y dos bujías de plata y algunas cornucopias iluminaban la sala, en la cual estaba el diputado y un largo número de eclesiásticos, damas y convidados de La Laguna y otros pueblos. A poco rato llegó a sentarse a mi lado un joven vestido de negro, con aire de emprendedor y de ardiente en sus proyectos. La huerta que Vm. tiene en El Carrizal –me dijo– queda al lado de unas tierras que yo poseo; o arrendada o por otro ajuste puede Vm. cedérmela para unirla a la mía. Yo no tengo el gusto de saber quién es Vm., le respondí. Esteban Saavedra, marido de doña Justa Soler, me respondió. Pues esa huerta, volví a decirle, la tiene arrendada un pobre llamado Bartolomé Dorta, el cual me paga con puntualidad y cultiva la tierra, y no me parece bien el quitársela para que Vm. la tenga. Estaría más bien cultivada, me dijo. Yo lo supongo, le respondí, pero nunca me determino a proceder por el interés. A poco rato Saavedra se volvió a donde estaba.

El diputado se puso a jugar al naipe, un juego llamado la rentilla, en el cual estaban doña Elvira del Hoyo y doña Justa Soler, doña Angela Anchieta, doña María Teresa Saviñón, don Alonso Chirino, hijo del marqués de Las Palmas, Saavedra y algunos otros. Me instaron algunas damas para que jugase, pero yo me excusé porque no conozco aquel juego y me pareció inoportuno que los otros se empleasen en darme lecciones. 

Había en la sala otras damas, a saber, dos de la familia [Delgado]-Trinidad, de Güímar, la una joven, llamada Pilar, y una tía suya; dos hijas de doña María Teresa Saviñón y de su primer marido don Francisco O’Shea y una de Echevarría, natural de La Gomera, la cual vive actualmente en Candelaria con su madre. Algunos ratos me daban conversación estas damas y en otros me entretuve con don Josef Quintero, quien fue mi condiscípulo en el estudio de gramática y después ha sido cura en Buenavista, en El Hierro y en El Realejo, donde actualmente tiene su casa. 

Cerca de las diez [de la noche] se sirvió el refresco, de dos heladas, panal, bizcochos y chocolate, y con suficiente cabalidad (el mayordomo del Cabildo es don Pedro Montoya), y después de las once se despidieron los concurrentes y yo volví a la casa de mi asistencia.

Esta función de Candelaria, que en este año ha tenido las señaladas circunstancias de haber asistido a su celebración un diputado vocal de la Suprema Junta de Gobierno del reino, tuvo antiguamente otras ostentaciones, que en el día no están en práctica. El Cabildo recibía libremente en sus casas y daba alojamiento a un largo número de personas visibles que iban en romería; ocurrían muchas tiendas que formaban la feria; la imagen era conducida entonces frecuentemente de Candelaria a la ciudad de La Laguna, en donde el Ayuntamiento costeaba una serie continuada de funciones. 

A la [fiesta] del 2 de febrero [con anterioridad] concurrían a Candelaria las cruces parroquiales de toda la isla, cuando en el día [de hoy] sólo va la de aquella parroquia donde están las fiestas en La Laguna; bien que concurren llevados por el Cabildo los beneficiados de ambas parroquias de la ciudad. 

Procesión de la Virgen de Candelaria, 
hacía finales de los años 20 del siglo XX.

Celebraban los antiguos los milagros de la imagen de Nuestra Señora de Candelaria, hasta suponerla algunos poco reflexivos un ser viviente y animado; se escribían libros para sostener estas maravillas y la opinión del público era llevada sin examen de una doctrina tan inaccesible a la explicación. Ya veo que para cierta clase de gentes basta un eco que no distinguen para llevarlas envueltas en la muchedumbre; pero un racional debe tener ideas claras y distintas de las causas por que procede y ser por consecuencia estable en lo seguro. [...]

El Niño de la santa imagen de Candelaria no carece de cierta expresión favorable, y en el rostro de Nuestra Señora yo creo descubrir el agrado, acompañado de la seriedad, de la dignidad y de la atención.

El espíritu de adulación, y en muchos ejemplares el interés y otras pasiones, han dado lugar a mentidas apariciones de imágenes sagradas y a falsedades, con las cuales los interventores perjudican más a los fieles que no les hacen favor. Pero nada de esto mancha el hallazgo de esta respetable imagen: ya fuese algún suceso no intencional el que la condujo a nuestras playas, ya fuese el designio de algún cristiano que quisiese erigir este monumento a su creencia en el desierto de una tierra inculta, que es a lo que yo me inclino más (así como veo que antes de la venida de los españoles se construía un edificio de expugnación y se hacían observaciones en las islas por los que no eran guanches), lo cierto es que la tropa española halló en poder de aquellos naturales la escultura sagrada y que esto era un signo o argumento de que la conquista era obra del agrado de Dios.

Impresiones sobre el pueblo de Candelaria en el año de 1810.

El lugar de Candelaria parece de quinientos vecinos, de los cuales el cura se llama don Agustín de Torres y es natural de la isla de Canaria. Está en Candelaria desde su juventud; ha comprado terrenos y una casa, que era del mayorazgo de Tacoronte, don Andrés de Torres, la cual queda cerca de las del Cabildo. Hay allí otro clérigo, llamado don Josef Rafael Botazo, y el actual prior del convento se llama fray Antonio Fernández. 

El Barrio de Santa Ana, en Candelaria, a finales del siglo XIX.

El gobernador de las armas está nombrado y el alcalde es Francisco Ramos, vecino de Igueste. Era éste el alcalde en el año próximo pasado, pero la elección que debió hacerse de otro alcalde en el presente año ha sido contestada y mayores disturbios han ocurrido en el lugar de Güímar a donde el corregidor pasó para aplacar el vecindario y el efecto fue contrario, pues a la media noche cercaron la casa donde estaba el corregidor y lo obligaron a salir del pueblo a aquella hora. Estas libertades son consecuentes a las que el corregidor se tomó indebidamente de suscitarse contra el comandante general que mandaba en estas islas, y ninguno debe extrañar que si contribuye a quitar una piedra fundamental del edificio, la pared se derribe y le caiga encima. 

Entre los vecinos de Candelaria se distinguen por sus conveniencias don Juan Botazo y don Francisco Marrero. Botazo es casado con una española, de la familia de Ramos, la cual hace pocos años que vino de España y reside en Candelaria. 

Las principales rentas de aquel pueblo son el trigo y frutas, y algunos aguardientes y vinos. Algunos vecinos subsisten de la pesca; vienen frecuentemente a Santa Cruz y la juventud es inclinada a navegar. Las mujeres se ocupan en la loza, para la que llevan el barro o mazapé de la cumbre o de Arafo y el almagre de mayor distancia. Para barniz o lustre de la loza mezclan con el almagre el aceite de kelme, de ramosa y de otros peces. La hacen sin torno y tienen cada una en su casa hornos apropiados para cocerla.

El convento de padres dominicos es muy regalado, así por los cuantiosos donativos que entran de la América como por los productos de la data que le concedió allí el Cabildo, desde la cumbre hasta el mar, en cuyos terrenos tienen, entre otras haciendas, dos muy fértiles, llamadas la Hermosa y la Granja.

El pueblo está situado en el declive de una montaña; así las vistas son agradables, aunque el terreno es desigual. A las orillas del mar tiene un castillo y un reducto con alguna distancia. El conde de la Gomera tiene allí casa cerca del convento, y sobre la puerta un escudo de armas labrado en piedra. El marqués de Casahermosa, don Bartolomé González, la familia de Soler y don Lorenzo de Montemayor tienen casa en el lugar."

Salida de Candelaria y regreso a Santa Cruz.

Yo salí de allí cerca de las siete de la mañana de hoy [3 de febrero de 1810]. Mi patrona me ofreció su casa para cuando quiera volver a Candelaria. Mi criado se puso malo ayer. Esto me detuvo y alquilé un mulo para traerlo, pero ya se había mejorado antes de venir y me convino esta determinación, porque mi caballo, que al ver correr los barrancos retrocedía y me daba que hacer, viendo pasar el mulo delante se acostumbró y atravesaba los barrancos sin reparo. Después de las once [de la mañana] llegué a este pueblo [de Santa Cruz]. 

Don Juan Primo de la Guerra, Vizconde de Buen Paso, falleció en Santa Cruz de Tenerife en este mismo año de su visita a Candelaria, concretamente el 10 de noviembre de 1810, a los 35 años de edad, víctima de la epidemia de fiebre amarilla que azotó dicha ciudad, interrumpiendo inesperadamente el relato de su Diario. Precisamente su última anotación es del domingo 4 de noviembre de ese año, cuando escribe: Ha llegado ayer a esta plaza la viuda de don Pedro Quiroga de retorno de Güímar, en donde su marido ha muerto hace pocos días. Es bien sensible para mí que aquellas personas a quienes conocía y trataba con más frecuencia sean los que experimenten acontecimientos tan extremados, cuando en el pueblo el número de los enfermos no es considerable y a los más les acomete una indisposición ligera.

Pero por desgracia, pese a esa infravaloración o poca relevancia de los efectos de dicha epidemia plasmada por el Vizconde en su Diario, sin embargo, esta epidemia de fiebre amarilla acontecida de 1810-1812 en Tenerife, aunque centrada en Santa Cruz, fue una de las mayores catástrofes sanitarias de aquella localidad, iniciada por el contagio de dos barcos llegados procedentes de Cádiz. La enfermedad asoló, en efecto, la isla desde octubre de 1810 hasta febrero de 1812, causando una alta mortalidad, provocando la huida de habitantes y el abandono de la ciudad por las autoridades. Tubo su origen, el 11 de septiembre de 1810, cuando los buques San Luis Gonzaga y Fénix llegaron de Cádiz (que sufría la epidemia) a Santa Cruz de Tenerife, introduciendo el virus en la población a pesar de las medidas de cuarentena decretadas.

Se le ha considerado una de las peores crisis demográficas en la historia de Santa Cruz, pues la enfermedad causó el aislamiento de la población en lazaretos como el que se habilitó en la ermita de El Socorro en Güímar. Otros dos puntos especialmente castigados por este brote fueron La Orotava y su Puerto (actual Puerto de la Cruz), perdiendo entre los dos casi 700 personas. 

Aunque la mortalidad exacta varía según las fuentes, sin duda, fue devastadora y se extendió hasta principios de 1812. El miedo al contagio provocó que autoridades y ciudadanos adinerados abandonaran Santa Cruz, lo que generó un levantamiento armado de los sectores más desfavorecidos de la sociedad. Esta huida masiva de vecinos hacia otros lugares de la isla e incluso hacia otras islas, supuso que más de la mitad de los habitantes de Santa Cruz huyeran de la localidad, especialmente hacia San Cristóbal de La Laguna. Para cuando se decretó el aislamiento total de Santa Cruz, con controles a la altura de La Cuesta, ya era demasiado tarde y, lógicamente, la dispersión de la enfermedad por el resto de la isla fue casi inmediata. 

Por tanto, de gran valor es este Diario de Juan Primo de la Guerra, que abarca desde el 2 de enero de 1800 hasta el 4 de noviembre de 1810, seis días antes de su muerte. Tanto Juan Primo de la Guerra, así como sus hermanas murieron sin dejar descendencia y con ellos terminó en Canarias la familia de los Guerra, herederos del Mayorazgo que había sido el extenso Valle que lleva su nombre, en el antiguo reino aborigen de Tacoronte y donde en la actualidad, el Valle de Guerra, constituye un importante núcleo de población del municipio de San Cristóbal de La Laguna.

Pedro R. Castro Simancas, 11.02.2026.
Festividad de los Santos mártires de Numidia 
durante la persecución de Diocleciano.

Fuentes:

PRIMO DE LA GUERRA, Juan (1976): Diario II 1808-1810, (edición e introducción por Leopoldo de la Rosa Olivera), Ed. Aula de Cultura de Tenerife, Santa Cruz de Tenerife, 1976.

RODRÍGUEZ DELGADO, Octavio (2014): "Las Fiestas de la Virgen de Candelaria en febrero de 1810 por Juan Primo de la Guerra (III Vizconde de Buen Paso)", (edición, transcripción y reseña biográfica), en blog.octaviordelgado.es (en línea), 2014.

Comentarios

TEMA