Tenerife: La mitología guanche de los "Guacanchas" o perros demoníacos.

Los Guacanchas en la mitología guanche de la isla de Tenerife, según cuentan las leyendas de los aborígenes canarios, eran demonios en forma de perros oscuros, siniestros y lanudos con ojos rojos brillantes que aparecieron hace ya mucho tiempo en las islas sin que nadie haya podido averiguar, hasta el momento, su procedencia. Para los aborígenes guanches de la isla de Tenerife estos perros demoníacos eran los hijos del demonio o diablo que llamaban Guayota, el dios maligno oscuro que residía en el interior del pico Teide. 

Consultado el Diccionario histórico-etimológico del amaziq insularGuacancha, era una entidad o divinidad tenida por maligna o demoniaca que, según la tradición, tomaba la apariencia de un perro grande y de pelo espeso, y que documentalmente aparece escrito con otras variantes, como Jucancha, Gucancha o Hucancha.

§ «[…] en sus sacrificios se les aparecia el Demonio en varias apariencias, y lo ordinario en la de perro grande, y lleno todo de lana, llamaban cancha, y Gucancha» [Marín 1694, II, 20: 82r].

§ «Jucancha, T[enerife]. “Dios universal”. Marín y Cubas / Divinidad infernal de los perros, según tradición tinerfeña» [Bethencourt Alfonso (1880) 1991: 233].

§ «Guañajé, deidad protectora del ganado cabrío; Ca­najá, la del ovejuno; Jucancha, del perro» [Bethencourt Alfonso (1911) 1994b: 268].

§ «Hucancha, fantôme sous la forme d’un chien. [La] P[alma]. Viera.» [Berthelot 1842, I: 188].

§ «guacancha «perro» MIL[LARES] X/240» [Wölfel 1965: 445].

Según las creencias guanches, un día el demonio Guayota raptó  a Magec, el dios sol, y lo llevó consigo al interior del volcán del Teide (llamado Echeyde), y sumió al mundo en las tinieblas hasta que Achamán (dios del cielo) lo rescató. Durante aquella larga noche nacieron los guacanchas, parecieron huyendo del dañino sol, por lo que hicieron de las cuevas y los fondos de los profundos barrancos su hogar, escarbando en lo profundo de las montañas durante el día, en su afán de huir de la luz.

Por ello, según la leyenda tinerfeña, los guacanchas merodean en la noche, sus aullidos llenan el aire y en los barrancos aguarda el daño y la muerte, y el fuego rojo de sus ojos incendian lo oscuro. Se creía que descendían de las montañas para devorar el ganado y haciendo estragos entre la población. 

En la isla de Gran Canaria, un mito similar, los Tibicenas, eran espíritus demoníacos con formas de perros lanudos que a veces los antiguos canarios relatan que salían del mar. Los aborígenes también creían en seres maléficos y en fuerzas negativas que se manifestaban en este perro lanudo que atacaba a la gente o a sus animales y que solía aparecer de noche o de día, de improviso. Para evitar este temor y como adoración, les ofrecían ofrendas de comida y miel, en las grietas elevadas del suelo, donde vivían estos cánidos altivos. En especial, les llevaban ovejas y cabras llamadas aras (con el tiempo "ara" significó altar de sacrificio en un alto, donde se inmolaban corderos y cabras).

Guacanchas o Tibicenas

Su presencia además no pasó inadvertida por los colonos ni por la sucesión de población del resto de Europa que llegó a las islas Canarias, incluso el cronista historiador Pedro Gómez Escudero recogía en las páginas de una de sus obras: "Muchas i frequentes veses se les aparecía el demonio en forma de perro mui grande i lanudo de noche i de día i en otras varias formas que llamaban Tibisenas" (F. Morales Padrón, 1978).

Según cuenta el cronista Abreu Galindo (1632): (el demonio)... "se les aparecía muchas veces de noche y de día, como grandes perros lanudos, y en otras figuras, a las cuales llamaban tibizenas".

Para Tejera Gaspar y González Antón, este tipo de espíritus son los que influyen más directamente sobre las personas y a los que se les atribuyen todas las desgracias personales importantes: daños, enfermedades, muertes, etc. A estas representaciones animistas se les da el valor de agentes animados y conscientes como el hombre, distinguiéndose de él, solo por la naturaleza de los poderes que se les atribuyen y, particularmente, porque no son perceptibles a los ojos humanos lo que les permite actuar en su contra, ya que en ningún momento desean su bien porque son espíritus hostiles.

En la actualidad, tal vez la memoria de estos perros ancestrales o mitológicos se encuentre también detrás de la celebración conocida como La caza (o suelta) del Perro Maldito, fiesta que se realiza cada mes de septiembre en la localidad grancanaria de Valsequillo, en un intento de exorcizar el halo de maldad que rodeaba a los tibicenas y sus huestes infernales. 

En este evento, el perro maldito se suelta de sus cadenas a partir de las 12 de la noche, mediante el desarrollo de una escenificación de teatro callejero amateur en el que el municipio se queda sumido en las tinieblas del mal durante algo más de los cuarenta y cinco minutos que dura la puesta en escena.

Esta fiesta popular en la isla de Gran Canaria, tiene su origen en la imagen de San Miguel que está ubicada en la parroquia y que esculpió el escultor canario Luján Pérez en 1804. Una imagen que encarna a la figura de San Miguel Arcángel, y a sus pies hay un perro, en lugar de un dragón. A raíz de ello, la población afirmaba que la noche de San Miguel, el mismo diablo se transformaba en perro y se soltaba de las cadenas, dando inicio a la lucha entre el bien y el mal. Mientras los hombres salían a las calles a la búsqueda y captura de las brujas y demonios en forma de perros, las mujeres y niños se mantenían en las casas rezando, para que finalizara pronto la noche de desgracias.

Por su parte, en el libro de Domingo García Barbuzano, "La brujería en Canarias", hay también un testimonio al parecer sucedido en 1922 en Valle de Guerra, en la isla de Tenerife, donde Seña Ángela, que contaba con 10 años de edad en aquel entonces, se encontró de noche con un extraño guacancha en el lugar denominado La Cruz de Tagoro. La testigo iba en una ocasión, ya de anochecido, con una amiga tras recoger un farol para ayudar en las labores de empaquetado de tomate en Las Toscas de Abajo. Seña Ángela recuerda perfectamente como esa noche, tras buscar el farol, vio en La Cruz de Tagoro un perro inmenso; sus ojos eran rojos y se clavaron fijamente en ella. ¿Se les apareció acaso un guacancha?.

En el puro ámbito de la ficción literaria actual, la mitología de los guacanchas tienen un especial protagonismo en la novela de Santiago Díaz (Madrid, 1971), "Los nueves reinos", publicada por la editorial Alfaguara en 2024, donde se narra un relato extraordinario de la resistencia guanche frente a la Corona de Castilla con la participación de los nueves menceyatos, al tiempo que realiza un retrato de una cultura, la aborigen tinerfeña, repleta de misterios que terminó desapareciendo para siempre a partir del año 1496, con el final de la conquista de la isla de Tenerife.


[...] Los dos primeros guacanchas lo atacaron por la espalda y Bencomo los abrió en canal con su cuchillo de obsidiana. Al igual que sucedió años atrás, el mismo día que salvó a Hañagua en aquel estanque de Güímar, las tripas de los animales se desparramaron frente a él, impregnando el aire con el inconfundible hedor de la muerte. Apretó su banot y apunto al líder.

- ¡Vamos! ¡Atácame!

La bestia aceptó el reto y lo atacó. Bencomo le lanzó su banot antes de que llegase hasta él, pero el animal, en alerta, puedo esquivarlo. Cuando el mencey se disponía a recibirlo clavándole el cuchillo en el cuello, uno de los guacanchas le desgarró el antebrazo de un mordisco y el arma cayó entre la vegetación. Quiso defenderse con la sunta, pero ya tenía a los perros encima, y, a la vez que el más grande le destrozaba sin piedad brazos y piernas, los guacanchas le desgarraban pecho y espalda. Bencomo sabía que había llegado su final y solo tuvo tiempo de sacar la punta de flecha que lo había acompañado toda la vida y herir a varios animales antes de clavársela en el ojo a su líder. Este aulló de dolor, pero no fue suficiente para terminar con su ataque. Ante un gruñido suyo, los demás se retiraron y Bencomo comprendió que aquello era entre los dos, pero no tenía nada que hacer; aparte de las múltiples mordeduras y de la pérdida de sangre, estaba desarmado.

- ¿A qué esperas? Estoy preparado para reunirme con Achamán. [...]

Cap. 26 de la novela "Los nueves reinos", de Santiago Díaz.


Pedro R. Castro Simancas, 24.12.2024.

Fuentes:

FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, Jesús M. (1996): "Ídolos europeos, divinidades aborígenes: una aproximación etnoarqueológica al contacto religioso en Canarias entre los siglos XIV-XVI" en XII Coloquio de Historia Canario-Americana, Vol. I, pp. 311-330, Casa de Colón, Las Palmas de Gran Canaria, 1996.

GONZÁLEZ ANTÓN, Rafael y TEJERA GASPAR, Antonio (1990): Los aborígenes canarios. Gran Canaria y Tenerife, Ed. Colegio Universitario de Ediciones Istmo, Oviedo, 1990.

Comentarios

  1. Una amiga de La Orotava me cuenta que siendo ella todavía una niña, pudo conocer en su casa, a unas viejecitas de los altos de La Orotava, concretamente de la zona de Aguamansa, que se llamaban Josefa y Gregoria y que le hablaban del 'perrete' que se les había aparecido "y ahora constato la similitud de ese relato con la figura del guacancha", lo que denota la supervivencia de esa creencia en nuestra sociedad hasta hace pocos años.

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