El cautivo Miguel de Cervantes en Argel y los ataques berberiscos a las islas Canarias desde Argel.


El director de cine Alejandro Amenábar (Santiago de Chile, 1972) ha dedicado su última película 'El Cautivo' (estrenada el 12.09.2025 en los cines), a los cinco años que pasó Miguel de Cervantes prisionero en la ciudad de Argel. Protagonizada por el actor Julio Peña Fernández (San Sebastián, 2000), la película juega con los relatos que contaba el escritor español a otros prisioneros y al poderoso y cruel pachá Hassan

Cervantes estuvo cautivo en Argel entre 1575 y 1580, tras ser capturado por corsarios berberiscos frente a las costas francesas cuando regresaba a España, aunque desde su cautiverio argelino intentó evadirse cuatro veces sin éxito.

En ese mismo contexto, pero en nuestras islas, desde 1569 en que se tuvo lugar la primera invasión de Lanzarote por Calafat de Salé, en ese caso, desde la costa marroquí y hasta 1749 en que se produce el último ataque argelino conocido al pueblo de Femés, también en Lanzarote, las islas Canarias también estuvieron sometidas al acoso de los corsarios magrebíes que cada año, desde abril a septiembre transitaban por sus aguas.

Estas incursiones berberiscas a los largo de los siglos XVI al XVIII surgían básicamente desde dos centros del norte de África donde se concentraban los piratas y de donde zarpaban para hacer sus asaltos e incursiones, eran las ciudades de Argel (actual capital de Argelia) y desde Salé (ciudad costera de Marruecos, actualmente metropolitana con Rabat).

Ciudad de Argel en el siglo XVI. Anónimo.

LA CIUDAD DE ARGEL, EL PRINCIPAL CENTRO DE LA PIRATERÍA BERBERISCA EN EL NORTE DE ÁFRICA.- La ciudad de Argel desde finales del siglo XV comenzó a revitalizarse gracias a la llegada de musulmanes exiliados de origen nazarí (del antiguo reino de Granada) y valenciano, los cuales, juntos a berberiscos (bereberes naturales de Berbería, en el norte de África, desde Marruecos hasta Túnez) y turcos, comienzan a armar navíos para dedicarse el corso, es decir, a ataques piráticos para asaltar poblaciones, robar bienes y apresar a personas para convertirlas en esclavos o por las cuales pedir un rescate. De forma que Argel poco a poco se constituyó en una especie de república de corsarios que aglutinaba en una misma entidad política a berberiscos, moriscos y renegados (antiguos cristianos). 

Esta incipiente república corsaria en el norte de África, comenzó, además, a orbitar alrededor de la influencia de los turcos del potente Imperio Otomano, el cual, con el tiempo acabaría también englobando a esta parte del Magreb como un dominio más de la potencia turca en el Mediterráneo, pero más como una especie de protectorado o ciudad vasalla, con una gran autonomía, que como una de sus provincias.

Entre las décadas de 1520 y 1540, reinando el Emperador Carlos V (Carlos I de España) y Solimán el Magnífico en Turquía, la amenaza otomana era cada vez mayor llegando las galeras y galeotas turcas y berberiscas a asolar con sus correrías y saqueos las costas mediterráneas de la orilla norte, especialmente en Grecia, Italia, y España, incluidas las islas Canarias, de ahí que la ciudad de Argel fuera calificada como ‘la ladronera de la Cristiandad’ por la gran cantidad de corsarios a los que daba refugio. Ante esta situación, y con la finalidad de poner fin a estas incursiones y a la amenaza turca, el emperador Carlos V organizó en 1541 una fallida expedición de castigo que resultó ser un desastre militar con un alto coste en vidas y recursos.

Esta derrota, además, consolidó aún más a la ciudad de Argel como nido de piratas berberiscos y turcos, y ayudó a que la ciudad creciera en todos los aspectos, económico, comercial, político y demográfico y con ello aumentaron también los asaltos a las costas cristianas del Mediterráneo, pese a la red de torres de vigilancia costera, que apenas podían detener estas incursiones relámpago que incluso llegaron hasta tierra adentro como fue el caso de la costa almeriense con los asaltos a Tabernas en 1566 y a Cuevas de Almanzora en 1573.

Hacia el año 1575, que es la fecha en la que comienza nuestra historia, Argel era, en efecto, una cosmopolita ciudad gobernada por el citado pachá Hassan El Veneciano, con un puerto recién construido unos años antes y defendida por fuertes murallas de manufactura musulmana y española.   Como dice Antonio de Sosa  en su obra Topografía e Historia de Argel: “en algún tiempo fué rica y principal ciudad, agora con mucha más razón se puede decir que lo es, y la más célebre y afamada, no sólo de Berbería, pero de cuantas obedecen a los turcos en todo Levante y Poniente”. Según el profesor Lucía Megías vivían 120.000 personas en Argel de las que entre 25.000 y 30.000 eran cautivos cristianos.

En Argel coexistían, pues, turcos, berberiscos (magrebíes diríamos hoy), conversos occidentales al Islam (renegados), moriscos de origen español y una minoría de judíos de origen sefardí y cristianos libres dedicados principalmente al comercio, a la traducción, a la escribanía, al sacerdocio o a hacer de intermediarios de rescates.

Los asaltos en Canarias eran tan frecuentes que obligaron a la población a fortificar las costas y a buscar refugio en el interior de las islas. Estos corsarios atacaban no solo por la obtención de un botín, sino también para capturar esclavos, lo que llevó a la venta de numerosos canarios en los mercados de Argel, Salé o Túnez.

Junto a una población multirreligiosa libre, en Argel convivía una gran cantidad de cautivos cristianos de diversos orígenes (entre 25.000 y 30.000 según el profesor Lucía Megías) que se distinguían entre hombres graves (los cautivos de rescate ricos), y los hombres de almacén (la gente del común o cautivos pobres), los cuales vivían en condiciones de esclavitud, de maltrato e infrahumanas usados en trabajos agrícolas o en obras públicas o dedicados al servicio doméstico. 

Muchos cautivos esperaban en vano un rescate, bien por su familia o bien, por alguna orden religiosa como los Mercedarios o los Trinitarios.  La mayoría de las veces al cabo de años estos cautivos eran liberados, pero otros acababan sus días como esclavos o en el mejor de los casos, convertidos al Islam, bien por presión psicológica, o incluso, a la fuerza.  Muchos de ellos se hacinaban en las prisiones o mazmorras llamadas los Baños de Argel. Y otros muchos, acababan mutilados o muertos bajo el yugo de sus amos turcos o berberiscos.

En efecto, estos famosos ‘baños’ eran las mazmorras, como describe Antonio de Sosa, espacios de gran tamaño (los públicos o reales) o bien, pequeños (los construidos por corsarios ricos). Estaban excavados en la roca o bien hechos como edificios abovedados a modo de corrales donde se hacinaban los cristianos presos que disponían incluso de una iglesia subterránea para los cultos. Desde luego, los cautivos se agrupaban por naciones o lugares de procedencia, desarrollándose así una amistad más allá de las clases sociales.

Entre 1575 y 1580, tiempo de cautiverio de Cervantes, existían en Argel 35 galeotas corsarias, de menos categoría que las galeras. Estaban dotadas de un fuerte espolón a proa para embestir a los barcos enemigos. Armaban estas naves sobre el litoral argelino maestros de rivera y calafates cristianos obligados a trabajar en las atarazanas moras. Las galeras tenían un pasadizo de popa a proa, por donde el cómitre o jefe de remeros los hostigaba para conseguir la máxima velocidad, infligiendo a veces terribles castigos como desnarizarlos o desorejarlos. La fuerza de ataque era el doble o el triple superior al de los remeros para evitar que se sublevaran. Las dotaciones guerreras de dichos barcos las formaban, además, los jenízaros que eran niños cristianos apresados y educados como musulmanes. 

Destacaban en esta tarea en Argel, Aluch Alí que llegó a ser general turco de la mar y Dalí Mamí renegado griego que fue quien capturó a Cervantes. También Yusuf Raez renegado hispano y otros muchos más. Dueños de armadas de 18 a 24 barcos que tras señorear durante un  tiempo  las  aguas  de  Mallorca,  Sicilia  y  Cerdeña  llegaron  hasta  adentrarse  por  la  ruta  de  Canarias en busca de los galeones que cargados de tesoros que volvían de América. 

SALÉ, UN ACUMULADO DE ESPECIAL INQUINA CON LAS ISLAS CANARIAS.- Aparte de la ciudad de Argel, mención especial merece la República Independiente de Salé, en la costa marroquí atlántica, configurada por moriscos con un acumulado de especial inquina con Canarias desde su expulsión de los Reinos de Castilla y Aragón. 

La ciudad de Salé. Georg Braun y Frans Hogenberg en 
‘Civitates Orbis Terrarum’ (1582) / The National Library of Israel.

Actualmente Salé es una ciudad de Marruecos situada en la costa atlántica, en la orilla norte de la desembocadura del río Bu Regreg, que la separa de la ciudad de Rabat, aunque ambas forman hoy un solo conglomerado urbano.

De todos es sabido que más de 300.000 moriscos que vivían en los reinos de Castilla y Aragón fueron expeditivamente enviados al norte de África entre 1609 y 1613 en la época de Felipe III, de lo que cabe deducir que el caldo de cultivo de un cabreo intenso era el aderezo perfecto para retornar a España con malas intenciones y desquitarse por los agravios y expropiaciones sufridas. 

En 1605 recaló en Salé la banda del pirata anglo-otomano Jack Ward, donde ya se asentaban piratas ingleses u holandeses. A partir de 1610 llegan, en efecto, varios miles de refugiados moriscos expulsados de España, lo que supone un considerable aumento de población y de actividad de la ciudad. Estos llegaron en dos oleadas: la primera, procedente de Hornachos (Extremadura), cuyos habitantes eran encomenderos y tenían, por tanto, ciertos privilegios que les permitieron abandonar la península ibérica con parte de sus bienes al hacerlo voluntariamente. 

En efecto, parte de la población de esta villa salió en el siglo XVII con motivo del bando de expulsión de los moriscos dictado por el rey Felipe III. Pero eso fue lo que se decretó en 1609. «Que se saquen todos los moriscos», decía el edicto, «y que se echen en Berbería». Firmado: Felipe III, el Piadoso.

Esta era una sociedad singularmente musulmana como el resto de las localidades de la provincia, aunque una parte de los moriscos consiguió permanecer en el pueblo, quizás la tercera parte, protegidos por algunas familias de cristianos viejos.

Estos moriscos expulsados de España, fundaron en Salé –junto a lo que posteriormente sería Rabat– una singular república pirata (la llamada República de Salé) que trajo en jaque a la Corona española y a la francesa. Tan fue así que los moriscos hablaron con los monarcas españoles para volver a su «patria chica», es decir, Hornachos (en la actual provincia de Badajoz). Todos venían del mismo lugar: la pequeña localidad de Hornachos, en la corona de Castilla que hoy forma parte de la provincia de Badajoz. Eran todos moriscos.

A los hornachegos siguieron otros moriscos expulsados sin bienes y sin honra que buscaron venganza en el bandolerismo marítimo o piratería; por ejemplo, las razias africanas del verano de 1625 en el sur de Inglaterra rindieron 1.000 esclavos ingleses, transportados para su venta en Salé. Mientras que los hornachegos se dedicaron a armar barcos, otros moriscos formaron sus primeras tripulaciones para salir a la mar en busca de personas y bienes. Las costas onubenses, gaditanas y las islas Canarias sufrieron de manera persistente el goteo de razias de esta turba de moriscos rebotados. 

En poco más de diez años, un contingente de desarrapados radicados en Salé se había convertido en el pueblo más próspero de la Berbería de Poniente y en la república corsaria más temida del Atlántico. El crecimiento económico fue tal que, tras la expansión de Rabat y su unión con la ciudad de Salé, en 1627 las dos ciudades de Rabat y de Salé se convierten en una república independiente, llamada República de las Dos Orillas, del Bu Regreg o, más llanamente, República de Salé, dirigida por corsarios moriscos (los «piratas berberiscos») y dedicada fundamentalmente a la piratería. 

En sus buenos tiempos, la flota de Salé llegó a contar con cuarenta naves, casi todas equipadas con tecnología holandesa, que dominaban el área del estrecho de Gribraltar y la costa atlántica del norte de África. A los saletinos no solo se les daba bien la piratería: también la diplomacia. Sus principales socios, eso sí, eran los otomanos, que entonces favorecían indisimuladamente la piratería berberisca. Y sus presas naturales, los barcos portugueses y españoles que iban y venían de las Azores, Madeira, Canarias y el Nuevo Mundo. Había otro sector, lamentablemente, en el que Salé sobresalió: el comercio berberisco de esclavos. Sus razias, bien documentadas, llegaron hasta Lanzarote y Fuerteventura, donde hacían incursiones en tierra y capturaban isleños que nutrían el floreciente mercado de esclavos en el norte de África.

Tras el asedio de Salé de 1660-1664, un combatiente de la tribu de los Beni-Gorfet, de la región de Habt (noroeste de Marruecos), el jefe tribal Khadir Ghaïlan tomó Rabat, acabando con la república de Salé, que quedó bajo soberanía de los alauíes.​

Retrato de Miguel de Cervantes.

Miguel de Cervantes cautivo en Argel.

Aunque ha perdido el uso de su mano izquierda en la batalla de Lepanto, el soldado Miguel (1547, Alcalá de Henares - 1616, Madrid) se reincorpora al servicio militar en Italia y participa en los años siguientes en varias campañas militares de España contra el turcos. Después de la batalla de Lepanto y de cuatro años de ejercicio militar, decide regresar a España. Ascendido a «soldado aventajado» por su valor, obtiene cartas de recomendación de Don Juan de Austria. En septiembre de 1575, se embarca en Nápoles, con su hermano Rodrigo, soldado como él, en la galera Sol que es una de las cuatro naves que zarpa rumbo a Barcelona, bajo el mando de don Sancho de Leiva. A los pocos días, una tempestad dispersa los navíos españoles. El 26 de septiembre de 1575, la galera Sol es atacada por corsarios berberiscos y los sobrevivientes, llevados cautivos a Argel.

En efecto, fue el día 20 de septiembre de 1575, en compañía de su hermano Rodrigo, cuando Miguel de Cervantes se embarcó en la citada galera Sol y zarpó del puerto de Nápoles rumbo a España. Tras cinco días de tranquila navegación, les sorprendió tres ágiles barcos corsarios berberiscos que arremetieron contra la galera.

En su obra La española inglesa, Miguel de Cervantes traza una detallada descripción de lo acontecido:

"Nos embarcamos, navegando tierra a tierra con intención de no engolfarnos; pero llegando a un paraje que llaman 'Las Tres Marías', que es en la costa de Francia, yendo nuestra primera faluga descubriendo, a deshora salieron de una cala dos galeotas turquescas, y tomándonos la una la mar y la otra la tierra, cuando íbamos a embestir en ella nos cortaron el camino y nos cautivaron; en entrando en la galeota nos desnudaron hasta dejarnos en carnes; despojaron las falugas de cuanto llevaban, y dejáronlas embestir en tierra sin echallas a fondo, diciendo que aquellas les servirían otra vez de traer otra galima, que con este nombre llaman ellos a los despojos que de los cristianos toman."

Así, Miguel y Rodrigo, los dos hermanos Cervantes que se hallaban a bordo de la Sol cayó en manos de los piratas berberiscos. A los 29 años de edad, Miguel de Cervantes debió afrontar nada menos que cinco años de cautiverio en Argel.

Las cartas de recomendación de Don Juan de Austria, halladas sobre Cervantes, hacen creer a los corsarios que Miguel se trata de un personaje que merece un alto rescate.

"Cada día ahorcaba el suyo, empalaba a este, desorejaba aquel (...). Sólo libró bien con él [el pachá Hassan] un soldado español llamado un tal de Saavedra", escribió Miguel de Cervantes en el Quijote, donde cuenta la historia de un cautivo a manos de los moros y en la que se incluye a sí mismo.

En Argel, todo tenía un precio, como señala Alberto Spunber, los cautivos más relevanes valían, como mínimo, unos 5 mil ducados. El mecanismo del negocio era sencillo y resultaba eficaz: a través de prisioneros que, previo cobro del rescate, eran liberados y volvían a Europa, se hacía saber a las familias qué había pasado con sus respectivos parientes y cuánto debían de pagar si tenían intención de recuperarlos.

Los frailes de las órdenes de los Trinitarios y de los Mercedarios solían encargarse de la intermediación en el pago y rescate, pero todo el mundo sabía que la pobreza del prisionero resultaba ser un pasaporte al cautiverio permanente, cuando no a la muerte. 

Entretanto, en España, la familia Cervantes, aunque sumida como siempre en la estrechez económica, no dejaba de moverse por Miguel y por Rodrigo. Si reunir el rescate por un prisionero era difícil, hacerlo por dos era prácticamente imposible.

La orden de los Mercedarios tomó en sus manos la tarea de recolectar el dinero y llevar a cabo la intermediación para la liberación de los hermanos Cervantes ante los berberiscos argelinos. La familia vendió todos sus bienes y el dinero obtenido fue cedido a la orden religiosa, así como también 60 ducados que el Consejo de las Cruzadas le concedió a título de préstamo para liberar a sus dos hijos.

El Consejo de las Cruzadas fue un organismo de la administración española existente entre principios del XVI y mediados del XVIII, con atribuciones consultivas, judiciales y de gobierno para gestionar los ingresos procedentes de la Santa Sede a la Corona española para su utilización en la defensa de la fe católica.

El día 24 de agosto de 1577 se logra la liberación de Rodrigo, abandona Argel y pudo regresar a España. Pero quedaba Miguel, para el cual los berberiscos reclamaban 600 ducados.

Entre 1575 y 1580, pues, estuvo cautivo en Argel Miguel de Cervantes aunque protagonizó cuatro infructuosos intentos de huida a pesar de su problema físico (era manco), y que en la última, tras ser atrapado con otros compañeros de fuga, se inculpó como organizador de la misma, lo que pudo haberle costado muy caro. 

Probablemente, la fama de ser considerado "pez gordo" a partir de las cartas recomendatorias de Juan de Austria y del duque de Sessa, salvó la vida de Cervantes. Después de una de sus fugas, fue puesto en prisión, rigurosamente vigilado. Pero el hecho de ser considerado un preso de familia rica o tal vez por su propia conducta, Miguel de Cervantes gozaba de un tratamiento especial. Un cautivo llamado Gonzalo Murenilla deja en una de sus cartas desde Argel el siguiente testimonio:

"Cada día el rey ahorcaba el suyo, empalaba a éste, desorejaba a aquel; y esto por poca ocasión, y tan si ella, que los turcos conocían que lo hacía no más por hacerlo, y por ser natural condición suya ser homicida de todo género humano. Sólo libró bien con él, un soldado español llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar la libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y por la menor cosa de muchas que hizo temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez."

Grabado representando a Cervantes preso.

El 31 de julio de 1579, doña Leonor, la madre de Cervantes, consiguió la suma de 250 ducados y la entrego a dos frailes trinitarios que iban a viajar a Argel para iniciar una nueva negociación con los berberiscos. Mientras, Miguel seguía en la cárcel del palacio del pachá Hassan, pero las circunstancias eran angustiantes ya que el pachá, con quien el fraile trinitario había entablado directamente las negociaciones del rescate de Cervantes, estaba a punto de marcharse a Constantinopla con un lote de esclavos destinados a la venta en Turquía.

Según cuenta Alberto Spunberg, biógrafo de Cervantes, el 19 de septiembre de 1580, cargado de grilletes, Miguel fue subido a bordo de la nave del pachá. Evidentemente iba a ser utilizado como remero hasta Constantinopla y allí, si llegaba con vida, sería vendido. 

Tras realizar frenéticas negociaciones con el pachá Hassan y recolectar dinero entre los comerciantes españoles que en ese momento se hallaban en Argel, cuando la nave ya estaba a punto de levar anclas, el fraile trinitario subió a bordo con 600 ducados y reclamó a Cervantes. Pero Hassan puso una nueva condición: los ducados debían ser en oro y no en moneda corriente. 

Tras unas nuevas negociaciones con los comerciantes de Argel, el fraile trinitario logró su objetivo. Miguel de Cervantes fue bajado de la nave cuando ya se encontraba próxima a partir. En el acta de liberación se describe a un hombre "de mediana estatura, barba cerrada y con la mano y el brazo izquierdo mutilado."

El 24 de octubre de 1580, con otros cinco cautivos cristianos liberados, Cervantes abandonó Argel y partió hacia España. Cinco días después la nave arribaba a Denia, en la costa valenciana. Quedaban atrás cinco años de cautiverio en Argel y diez años de estar fuera de su patria.

LOS PIRATAS BERBERISCOS TAMBIÉN LLEGAN A LAS ISLAS CANARIAS.- Estos piratas berberiscos, también conocidos como corsarios otomanos, como ya hemos dejado comentado, eran bereberes musulmanes que operaban en el norte de África y en el Mediterráneo occidental. Utilizaban rápidas embarcaciones y contaban con el apoyo de potencias como los turcos del Imperio Otomano. Sus incursiones solían ser violentas, saqueando pueblos costeros y capturando a los habitantes para venderlos como esclavos. 

Pues bien, las islas Canarias también sufrieron numerosos ataques berberiscos procedentes de Argel, especialmente entre los siglos XVI y XVIII, por parte de corsarios del norte de África que buscaban botín y esclavos. Estos ataques afectaron a todas las islas, pero principalmente a las islas más orientales como Lanzarote y Fuerteventura, provocando saqueos, incendios y el secuestro de miles de canarios que eran vendidos en los mercados del norte de África. 

La piratería turcoberberisca no demostró al principio ningún interés por las islas. Había empezado en el Mediterráneo con el siglo XV; había tenido en aguas españolas épocas de intensa actividad, por ejemplo en 1528-1534 o en 1549-1550, con lo cual había obligado a la Corona y a las ciudades a una rápida organización de las defensas en las costas de Andalucía y del Levante; pero durante esta época no se había dejado ver en Canarias. Sin embargo las frecuentes incursiones de los canarios en las costas de Africa, como la protagonizada por el pariente del Adelantado de Canarias, Pedro Benítez de Lugo 'El Tuerto', con las armadas o los navíos aislados enviados desde Canarias, que surgían de repente para cargar esclavos bereberes capturados rápidamente dentro de la población, lo que fueron causa de que "estas numerosas naciones se vieron como precisadas a ser también agresoras".

¿Cómo se llegaba al cautiverio? Según Luis Alberto Anaya, básicamente se era apresado por los berberiscos por tres formas: 1) Al ser capturados en el mar por haber sido tomado el navío por el que viajaban; 2) por haberlo apresado en alguna zona (o isla) invadida por ellos; 3) en algún golpe de mano en tierra cuándo mariscaban, pescaban o cogían sal en la costa. Estas tres formas se dan en todas las islas. De la primera podemos citar los veinte barcos apresados en 1673, los de Miguel Afonso y Esteban de Tasara supusieron unos 150 prisioneros. De los capturados de sus incursiones en tierra podemos mencionar a los sufridos por Lanzarote. En 1569 apresaron 200 personas, en 1571 fueron 115, en 1586 cerca de 200 y en 1618 unos 900, aunque en su retorno a Argel 200 fueron liberados por el almirante español Vidazabal.

Entre los ataques de berberiscos a las islas Canarias (por argelinos, marroquíes, tunecinos, turcos...), destacan los siguientes:

Xabán Arraez, que en 1593 saqueó Betancuria en Fuerteventura.

Dogalí, apodado El Turquillo, ocupó Arrecife (Lanzarote) en 1571, saqueando, incendiando y capturando un gran número de isleños.

Morato Arraez que atacó a Lanzarote en 1586, llegó hasta Teguise, capital de la isla, saqueándola y llevándose muchos cautivos.

Tabac Arraez y Solimán saquearon nuevamente Teguise y también atacaron a San Sebastián de La Gomera en 1618.

Mapa de 1686 recogido por don Pedro Agustín del Castillo.

Incursiones de la piratería morisca en Canarias.

Los berberiscos, en efecto, azotaban las islas desde los tiempos siguientes a la colonización de Canarias (desde la segunda mitad del siglo XVI), ya terminada la conquista, en efecto, como réplica a las incursiones punitivas que nobles y militares españoles desde Canarias hacían en sus costas de África. Incluso, los moriscos residentes en estas islas, que vivían como esclavos, facilitaban a sus hermanos piratas el rastreo de los tesoros. Alcanzaron renombre por sus fechorías los apodados en las islas por «El Turquillo» y  «Cachidiablo».

Entre los siglos XVI y hasta mediados del siglo XIX, los corsarios de Berbería podrían haber capturado en estimaciones básicas y muy conservadoras bastante más de un millón y medio de personas –que se dice pronto–, que serían vendidas en el enorme mercado musulmán de esclavos, aparte de los millones de personas que habrían muerto en defensa de los suyos. En general, sólo comerciaban con mujeres, los hombres normalmente eran decapitados sin contemplaciones o llevados de galeotes o para obra civil en condiciones infrahumanas hasta que les asistiera la muerte liberatoria.

Se da una gran actividad de la piratería morisca durante la segunda mitad del siglo XVI, que asolaron prácticamente a la isla de Lanzarote y ocasionaron grandes daños en las demás. A lo largo del siglo siguiente la amenaza se instaló con carácter permanente. Los piratas moriscos entraban casi todos los años en aguas canarias, detenían a los pescadores, atacaban los navíos, ejecutaban rápidos desembarcos e incursiones en las islas. Los cautivos canarios en Africa llegaron a ser numerosos. Como las condiciones de vida no eran muy diferentes, y las perspectivas de libertad eran pocas, muchos se quedaron, y algunos renegaron de su fe. 

Pero también en  el  siglo  XVIII  fueron numerosos  los isleños apresados  y  llevados  a  Marruecos  y  Argel.  Una parte de ellos continuó siendo cristianos pero otra renegó y se hizo musulmán. Dado que conocían las aguas y tierras isleñas, muchos fueron utilizados por sus captores para saquear las islas y llevarse a muchos habitantes presos al norte de África. Algunos consiguieron retornar gracias a que fueron rescatados por sus familiares por las  órdenes  religiosas  de  la  Trinidad  y  la  Merced.  

Respecto a su origen, 207 apresados explican únicamente que eran de Canarias. Otros 284 son de Tenerife, 161 de Gran Canaria, 83 de La Palma, 38 de Lanzarote y los restantes de las demás islas y de España. Como muestran estas cifras, para Luis Alberto Anaya, Tenerife es la que más cautivos aporta debido a su mayor población y riqueza que motivan un mayor tráfico marítimo de ahí, la apreciación de canario de que muchos de Tenerife reniegan, pues había más cautivos de este origen. Algunos, por desgracia, sufren dos veces el cautiverio, como le sucede entre otros a Juan de los Ríos, Melchor el hermano de Alí Arraez Romero, Álvaro Días que murió en Argel, el presbítero Tomás Martín que a sus 32 años había pasado siete esclavizado, Francisco de la Cruz que estuvo nueve o Francisco Sánchez que a la edad de 44 había sufrido tres.

En efecto, uno  de  los  canarios  más  conocidos que se convirtió en pirata berberisco y se hizo musulmán  fue el citado  Alí  Arraez  Romero.  Arraez  Romero,  que era natural  de  Las  Palmas,  fue llevado  a  Argel,  en efecto, renegó del cristianismo y  se  hizo  uno  de  los  más  célebres  corsarios berberiscos, llegando a ser considerado el Gran Almirante de la Armada Argelina; a pesar de lo cual prestaba dinero a los cautivos para que les liberaran.

Los piratas y corsarios del Norte de África fueron una amenaza especialmente notoria para las islas orientales y se produjeron cuatro grandes ataques a Lanzarote, en 1569, 1571, 1586 y 1618, y una ofensiva contra Fuerteventura, en 1593. Estas acometidas fueron las más dañinas de todo el archipiélago.

Los piratas de Berbería –el equivalente geográfico en extensión a lo que hoy ocupa el Magreb–, eran, por tanto, una confederación de colegas que se dedicaban a la rapiña pura y dura desde sus bases en Salé –costa marroquí atlántica–, hasta sus refugios en lo que hoy es Argelia. Desde Orán, Argel, Bujía, etc., abarcaban un abanico de actuación impresionante. Arrasaban en rápidas incursiones con todo lo que podían rapiñar desde Malta hasta las Canarias, pasando por Ibiza, la costa siciliana, Gibraltar o las costas de España por el este con el mar Mediterráneo. Al principio, sus filas estaban integradas por renegados cristianos islamizados a los que más tarde se les solaparían moriscos expulsados de los reinos de Castilla y Aragón. Mediado el siglo XVI, los jenízaros de la Puerta Sublime, a las órdenes de los sultanes anatolios se integrarían en esta peligrosa hueste de profesionales del espanto tomando la jefatura de las operaciones y planificando las actuaciones de manera escrupulosa. Eran un ejército en la sombra, y su sombra era muy alargada.

Es cierto, también, que se realizaban los rescates, expediciones encaminadas a canjear a los cautivos, pero que también tenían como objetivo intercambiar productos canarios por los africanos, pero las relaciones canario-africanas se caracterizaron sobre todo por la violencia. Máxime, cuando en 1569 las cañas se vuelven lanzas, y el corsario Calafat de Salé conquiste Lanzarote. Desde esta fecha hasta 1618, esta isla será ocupada por los corsarios marroquíes y argelinos en cuatro ocasiones, Fuerteventura en 1593 y San Sebastián de La Gomera en 1618. Pero, además, hasta 1749, año en que se produjo la última invasión argelina en Femés, al sur de Lanzarote, miles de isleños serían esclavizados en incursiones en las islas y sobre todo en el mar. 

Entre los años 1587 y 1768, 805 canarios serían liberados por las órdenes redentoras: la Merced (Mercedarios) y la Trinidad (Trinitarios). La cifra sin embargo es equívoca, pues los cautivos fueron muchos más. Tan sólo en las invasiones mencionadas fueron apresados cerca de 2.000 isleños, y en tierra y, sobre todo, en el mar, miles más. Algunos conseguirían rescatarse por sus propios medios, pero otros muchos morirían en Argel o en Salé. Unos en su cultura cristiana, pero otros se convertirían al Islam: fueron los renegados. Y no fueron pocos los canarios que se inclinaron por esta opción. En definitiva, durante siglos, ambos mundos vivieron enfrentados con la excusa ideológica de la cruzada contra el infiel y de la Yihad, aunque en realidad la causa real de este enfrentamiento radicaba en la codicia de coger cautivos, para traficar con ellos y hacerlos esclavos en el mejor de los casos.

Los sistemas de avisos entre las distintas islas.

Debido a estos ataques recurrentes, “entre los dirigentes de las Islas se desarrolló un sistema de avisos que alertaba ante cualquier posible desembarco enemigo”, señala el investigador Sergio Hernández Suárez. “Independientemente de su condición señorial o realenga, las autoridades de los concejos, e incluso los señores de las islas señoriales, enviaban misivas al resto de territorios sobre avistamientos o informaciones de posibles ataques enemigos”. Los ataques a las islas orientales servían de aviso al resto de islas y el sistema de alerta fue tan eficiente que traspasó los límites del Archipiélago canario para llegar hasta los archipiélagos portugueses de Cabo Verde, Azores y Madeira.

Esto lo señala el citado Sergio Hernández en un trabajo de investigación publicado en las Jornadas de estudios de Lanzarote y Fuerteventura. El trabajo se titula Los avisos corsarios a Fuerteventura y Lanzarote en la segunda mitad del siglo XVI: su estudio a partir de las Actas del Concejo de La Palma. Hernández es investigador Postdoctoral de la Agencia Canaria de Investigación, Innovación y Sociedad de la Información y actualmente está en la Universidad de Lisboa. Analiza esos avisos que se enviaron desde las islas orientales al Concejo o Cabildo de La Palma. 

En efecto, la cuestión defensiva de las islas fue uno de los asuntos que más debates generó dentro de las sesiones capitulares en el período 1559-1599 en el Cabildo de La Palma. Tras el ataque del francés Le Clerc a Santa Cruz de La Palma se instaló un “profundo temor” entre la población de la isla. “El miedo ante la indefensión que suponía la inexistencia de una defensa eficaz contra cualquier ataque externo -señala Sergio Hernández- determinó que los habitantes vivieran en continuo temor por las posibles embestidas que podían llegar desde el mar”.

El sistema de avisos consistía en que los gobernadores o capitanes de las islas enviaban misivas para informar acerca del avistamiento de posibles navíos enemigos rondando las costas. Hasta 1629, las competencias de defensa y protección del territorio fueron adscritas de manera autónoma a los propios cabildos o concejos insulares, cuyo gobernador debía organizar las milicias y dirigir a los lombarderos y arcabuceros.

De hecho, el Cabildo de Tenerife en La Laguna había tenido aviso de las dos expediciones ocurridas sobre Lanzarote en 1569 y 1571, con suficiente antelación. En ambos casos, se habían tomado las medidas que se estilaban en caso de rebato: la más significativa de estas disposiciones, fue rogar oficialmente al cuarto Adelantado, don Alonso Luis Fernández de Lugo, para que suspendiese la expedición de rescate que tenía preparada para Berbería. La armada esperó, efectivamente, hasta el verano siguiente. Fue la última expedición autorizada, ya que el mismo año de 1572 se prohibieron las entradas en Berbería, por orden del rey. 

Hubieron varias alarmas de ataques, por haberse recibido aviso de algunos preparativos berberiscos, en 1572, 1573 y 1579. Hubo también más invasiones, todavía más feroces y más asoladoras que las anteriores, y que acabaron prácticamente con la economía, si no con la población de las dos islas orientales, la de Lanzarote en 1586 y 1618, la de Fuerteventura en 1594. 

Durante las primeras décadas del siglo XVII, se produjeron nuevos avisos sobre ataques berberiscos, lo que desembocó en la famosa ofensiva sobre Lanzarote en 1618, compuesta por 36 barcos argelinos, y que culminó con un nuevo saqueo del territorio y el apresamiento de unos 900 nativos. Las informaciones sobre la presencia de corsarios berberiscos en las aguas isleñas no cesaron en todo el siglo XVII.

El investigador de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Luis Alberto Anaya señala que los cautivos que retornaban también traían informaciones, como sucede con el pescador tinerfeño Juan Pérez, que al volver del cautiverio explicó al comisario de Garachico, en 1587, que un portugués le había encomendado que advirtiera que un renegado tinerfeño se había ofrecido al Xerife para guiarle hasta el puerto de Melenara (sureste de Gran Canaria), que podía albergar hasta doce navíos, y desde allí atacar la ciudad de Telde. Otros avisos llegaban a través de la Corona, de los redentores, de mercaderes extranjeros, de prisioneros etc. Los más mínimos detalles podían servir para suscitar las sospechas de los informantes. Don Álvaro de Bazán advirtió al marqués de Lanzarote del posible ataque de ocho galeras argelinas a la isla con 700 turcos a bordo. Uno de los indicios que le hizo sospechar que venían contra las islas, es que habían cargado un gran número de barriles y cueros de vaca para transportar agua, lo que hacía sospechar que planeaban una larga travesía. En ocasiones los avisos no se referían a invasiones, sino a piratería menuda, como cuando en 1616 el Consejo de Estado advierte a las islas que el Virrey de Sicilia le había apercibido que habían salido cuatro bajeles desde Argel para: "haçer todo el daño que puedan". Por último, estaba también la vigilancia de las propias islas mediante los centinelas de las atalayas, que avisaban de la llegada de barcos o flotas sospechosas. Cuando la invasión de Van der Does, el de la Montaña del Vigía, advirtió de su llegada mediante humo (si era de noche con fuego), a lo que respondió la fortaleza de las Isletas con un cañonazo, mientras en la ciudad de Las Palmas repicaban las campanas y se tocaban los tambores para advertir a la población y reunir a las milicias.

LAS INCURSIONES SOBRE LAS ISLAS DE LANZAROTE Y FUERTEVENTURA.- Estos ataques y saqueos sobre Lanzarote y Fuerteventura tenían como principal objetivo la captura de parte de la población para venderla como esclavos en Argel y en Salé, que en ese momento constituían los principales puertos esclavistas del Norte de África. Probablemente los corsarios procedentes de Berbería eligieron las islas orientales porque eran orográficamente las más accesibles que el resto de las Canarias, a la vez que estaban escasamente defendidas por fortalezas. 

Los de los berberiscos eran los ataques más incontrolables, ya que “no existieron acuerdos de paz entre la Monarquía Hispánica y los territorios berberiscos, algo que sí aconteció con coronas enemigas europeas como las de Francia e Inglaterra”. Los ataques berberiscos sobre Lanzarote y Fuerteventura crearon, pues, un precedente fundamental en la defensa del resto de islas frente a estas amenazas. Estos ataques a las dos islas orientales también supusieron la destrucción mayoritaria de sus archivos municipales. Lanzarote conserva sus Actas del Cabildo desde 1618, y lo mismo ocurre con Fuerteventura, donde se conservan desde 1605.

Castillo de Guanapay, en Teguise.

LANZAROTE, UNA DE LAS ISLAS MÁS AZOTADAS POR LOS ATAQUES BERBERISCOS.- La isla de Lanzarote se halla plagada su historia de invasiones, incursiones y ataques que al fin en muchas de las ocasiones han resultado verdaderos genocidios, y como muestra vayan las noticias de dos de las invasiones.

Ataques del corsario morisco Calafat.

La primera expedición morisca, que tiene evidente carácter de represalia, fue la del corsario Calafat: con sus diez galeras descargó sobre la isla de Lanzarote el 22 de septiembre de 1569, asoló la isla durante un mes, y volvió con más de 200 esclavos hechos entre los habitantes de los lugares. La importancia del ataque, el mayor que hasta entonces habían sufrido las islas, unido al efecto de la sorpresa, sacudió a los isleños y fue el origen de una penosa, pero lenta, toma de conciencia. 

En el momento en que se tuvo noticia del desembarco de los moros en Lanzarote, los dos cabildos de Gran Canaria y de Tenerife mandaron socorros, que contribuyeron a precipitar la salida de Calafat. Sin embargo, las incursiones volvieron a producirse en los años siguientes. 

El primer desastre había sido de tal envergadura, que en adelante se acecharían con verdadera ansiedad las noticias de la costa africana: incluso parece que en determinadas circunstancias el temor va más allá de la realidad, que ya de sí era bastante temible. En 1570, el gobernador Gante del Campo ordena que se haga cabildo de guerra cada miércoles, porque se sabe que se están aprestando navíos berberiscos; pero aquel año no aparecieron en las aguas canarias.

En el ataque berberisco de 1569 a Lanzarote participaron 600 hombres liderados por el corsario Calafat. Atacaron la villa de Teguise y tomaron como prisioneros a la esposa y los hijos del gobernador Diego de Cabrera Bethencourt, entre otros. Capturaron a unos doscientos isleños que fueron vendidos como esclavos. Este suceso se menciona en las Actas del Cabildo de Tenerife en La Laguna. Dos meses después de ese ataque llegaban a La Palma tres cartas “en las que se daba cuenta de la presencia y el avistamiento de 24 embarcaciones de berberiscos sobre el territorio lanzaroteño”. “De este modo, una de las principales acciones que debía realizar el Concejo ante la noticia de un posible ataque enemigo era la visita e inspección de las fortalezas, de manera que el teniente y dos regidores acudiesen a observar el correcto estado de las construcciones y la existencia de cañones, munición y pólvora para hacer frente a cualquier intento de desembarco enemigo”, señala Sergio Hernández.

Volvieron en septiembre de 1571, con siete galeras conducidas por el citado pirata Dogalí, apodado El Turquillo; volvieron a ocupar Lanzarote durante tres semanas y se llevaron otra vez un centenar de esclavos, entre los pocos habitantes que quedaban en la isla. 

Un nuevo ataque dirigido hacia Lanzarote ocurrió a finales de julio de 1586, cuando desembarcaba Morato Arráez con mil hombres y atacaba la villa de Teguise. Esta información arribaba a La Palma y así la contaban en la sesión del Cabildo de 6 de agosto de 1586: “Las siete galeras ivan sobre la isla de Lanzarote, la qual nueva a dado una caravela o dos que llegaron a el puerto de Sancta Crus que estavan surtas en el puerto de Lansarote y vieron las dichas galeras de las quales vinieron huyendo a la dicha ysla de Tenerife y dieron la dicha nueva”.

En el siglo siguiente, también en la isla de Lanzarote, hay otra incursión de los moros, relatada por D. José de Viera y Clavijo en sus Noticias de la Historia General de las islas Canarias

"No fue esta isla [de Lanzarote] tan dichosa con los moros, que en 1618 ejecutaron la más violeta irrupción que cuenta en sus anales. Una armadilla de berberiscos y de turcos, compuesta de 60 velas, mandada por Tabán Arráez y Soliman, desembarcaron 5.000 hombres el día primero de mayo y, marchando inmediatamente hacia la Villa de Teguise, la embistieron el día dos y la entraron a saqueo, sin que los habitantes hallasen otra defensa que la fuga. 

Unos se retiraron tierra adentro y otros no pararon hasta transportarse a Fuerteventura. El Marqués y la Marquesa [de Lanzarote] Dña. Mariana, su madre, huyeron al cortijo de Inaguaden después de haber puesto los auspicios del arcediano Brito un baúl lleno de papeles, que era su archivo, y tres talegas de dinero, que era sus tesoro. En fin, la porción más considerable del vecindario se refugió en los escondrijos de las cavernas, señaladamente en la gran Cueva de los Verdes de [H]Aría, que corre bajo la tierra casi tres millas a lo largo.

Entretanto los argelinos robaron todo lo más precioso y ponían fuego a los principales edificios de la Villa, en cuyas llamas perecieron los templos, el convento de San Francisco y la mayor parte de las casas. Reducida a cenizas aquella triste capital, marcharon el día 3 hasta el Valle de [H]Aría, sabiendo que el grueso de los habitantes se habían salvado en sus confines; pero como no osaban atacarlos dentro de la gran gruta [de la Cueva de los Verdes], se contentaron solamente con bloquear la entrada, creyendo que sin remedio se rendirían luego que les faltase de los víveres.

No sabían los infieles que esta precaución era inútil y que los refugiados recibían bastante provisiones por una salida secreta que tenía la cueva hacia otro campo; a no ser la traición de un hombre naturalmente doloso, hubiera quedado burlada la esperanza del enemigo. 

Se asegura que el famoso Francisco Amado, cuyas casas y archivos de la escribanía pública habían sido comprehendidos en el incendio, cayó en manos de cierta partida de moros y que, amenazando con los paisanos de subsistir por tantos días en aquella gruta, tuvo la fragilidad de descubrirlo todo, bajo la condición de que le concediesen a él y a su familia la libertad. Con esta noticia no fue difícil que los argelinos cortasen la aventura secreta y redujesen a servidumbre más su mujer, su hija y su yerno Baltasar González Cabrera. Así recompensaron los bárbaros una traición con otra.

Luego que los enemigos evacuaron enteramente la Villa de Teguise, acudió a ella el Capitán Hernán Peraza de Ayala, Alcalde mayor, con los paisanos que había podido acaudillar, y edificios y a salvar algunos registros y protocolos públicos ya chamuscados. Es constante que, antes que hubiesen dejado los moros la isla, se trató el rescate de algunos presionaros; que sin embargo se llevaron a Argel casi mil cautivos de ambos sexos, con un considerable botín; y que la vigilancia de una escuadra española que cruzaba sobre el estrecho sólo les apresó cuatro galeras.

Este funesto golpe, que dejó atónita y bañada en lágrimas toda la tierra de Lanzarote, sirvió también para empobrecer el país extrayéndole la más pura substancia; porque, sin contar los despojos que el enemigo se llevó, se hallaron los vecinos en la necesidad de vender todo lo más precioso, para sacar a los suyos del cautiverio. 

Es verdad que la Real piedad del Señor Don Felipe III mandó rescatar muchos por medio de las órdenes de la Redención; pero también lo es que los habitantes de Lanzarote convirtieron todos sus efectos y frutos en dinero efectivo para el mismo fin, y que, entre los cautivos que volvieron a la patria, fue el más reconocido Francisco Amado, quien trajo el sonrojo de volver sin Baltasar González, su yerno, que había abrazado el mahometismo."

Fortalezas construidas para defender Lanzarote.

Para protegerse de estos continuos ataques, se levantaron castillos y torres defensivas en puntos estratégicos de la isla. Algunas de estas edificaciones históricas nos han llegado hasta hoy:

🏰 Castillo de Santa Bárbara (Teguise): construido en el siglo XVI sobre el cráter del volcán Guanapay. Sirvió como torre de vigilancia y refugio ante los ataques piratas.

🏰 Castillo de San Gabriel (Arrecife): ubicado sobre un islote unido a la ciudad por un puente de piedra. Se construyó tras un ataque en 1571 para proteger la capital de nuevos asaltos.

🏰 Castillo de San José (Arrecife): más moderno (siglo XVIII), su función era doble: defensa militar y ayuda contra el hambre. Hoy es la sede del Museo Internacional de Arte Contemporáneo.

INTENTOS DE INCURSIÓN EN TENERIFE, LA PALMA Y LA GOMERA.- En todas estas expediciones, nunca llegaron los moros hasta la isla de Tenerife, nos referimos a desembarcar en ella, sin duda por los peligros que representaba para los atacantes la navegación interior, aunque sí se aproximaron a sus costas y atacaron barcos que había zarpado de Santa Cruz. También llegaron a la isla de La Palma, en 1618; pero se retiraron sin atreverse a intentar un desembarco, porque sabían que la isla estaba bien guardada. 

A mediados de 1586, el alcalde de Garachico, Cristóbal Pérez, informaba a las autoridades palmeras sobre el avistamiento de corsarios en el litoral norte de Tenerife. Lo hacía así: “El sábado veynte y ocho deste presente mes estuvieron sobre el puerto del dicho lugar catorce navíos muy gruesos [...] y de como sobre la ciudad y puerto principal de Tenerife estavan el mesmo día estos nueve o diez velas que son de corsarios, y de ello ynbiaron barca con esta carta”. El conocimiento de esta información por parte del teniente Jerónimo de Salazar derivó en el aviso inmediato a todos los capitanes de milicias de La Palma, de manera que el único requisito para formar parte de la defensa era que los hombres tuviesen edad “para pelear, de diez y seis años hasta sesenta”.

Durante la segunda mitad del siglo XVI no se produjo ninguna amenaza berberisca especialmente relevante sobre La Palma, pero en 1618 se produjo un intento berberisco de atacar la Isla. Tras el ataque sobre Lanzarote, el contingente se trasladó en primer lugar hacia la isla de La Gomera, donde obtuvo ingentes beneficios. Posteriormente, se dirigió hacia La Palma, aunque al comprobar que la ciudad estaba mejor defendida que los dos territorios de señorío atacados, y que podía ofrecer una resistencia prolongada, finalmente desistieron de emprender una ofensiva formal.

Sin embargo, no se trató del último aviso de aquel año, ya que, en el mes de noviembre volvieron a surgir alertas, en este caso enviadas por el marqués de Lanzarote a través del capitán Fernando de Osorio, gobernador de Gran Canaria; la información venía determinada por el surgimiento de una armada en Argel que “estaba presta” a atacar el Archipiélago, con especial énfasis en La Palma y Lanzarote.

En la primera mitad del siglo XVII, la presión no había cedido; por el contrario, es frecuente la presencia de navíos enemigos en las aguas de Santa Cruz. En 1634, dos navíos de piratas moros llegan a la vista del puerto de Tenerife. Por orden del capitán general, salió a su encuentro el capitán Juan de Ayala, con una pequeña armada improvisada a base de navíos escogidos entre los que esperaban en el puerto: abordó la almiranta de los moros, que le ocasionó algunos desperfectos, pero pudo obligarles a abandonar su acecho. 

En 1641 hubo otro corsario, todavía más atrevido, que entró calladamente en el puerto de Santa Cruz y robó una barca de pesca. Dos años más tarde, otros moros capturaron a la mujer y a la hija de Juan Abarca, un vecino de San Andrés, mientras venían tranquilamente por mar de este lugar a Santa Cruz. Otros cautivos habían sido apresados en 1647 "junto al puerto de Santa Cruz", sin que sepamos exactamente en qué circunstancias. 

En la segunda mitad del siglo XVII aun no han cesado los ataques y las incursiones moras, que proceden ahora exclusivamente de los piratas argelinos. El 26 de noviembre de 1656, un navío que había salido de Santa Cruz con 96 personas a bordo, había sido apresado por los "turcos" a la vista del puerto. El capitán general Alonso Dávila y Guzmán tocó a rebato, y buscó él mismo en Santa Cruz a los oficiales y gente de guerra, yendo a casa de algunos de ellos, para organizar rápidamente una expedición de rescate; pero sólo logró reunir cinco personas; así, no se pudo hacer nada y los piratas llevaron a sus cautivos a Argel. 

El 16 de agosto de 1672 hubo una especie de batalla en la misma costa de Tenerife, no muy lejos del puerto de Santa Cruz, con ciertos piratas argelinos. 

En 1676, dos bajeles de Argel vinieron a situarse frente a la entrada del puerto Santa Cruz de La Palma, de tal manera que no se podía entrar ni salir sin caer en sus manos: situación tanto o más penosa para los habitantes, que era aquella una época de grandes escaseces y se estaba esperando la llegada del trigo de fuera. Además los piratas burlaban de este modo la vigilancia de los castillos, porque acechaban fuera del alcance de sus cañones y, por otra parte, sabían que la isla era demasiado pobre para ofrecerse los servicios de un guardacostas. 

Al respecto de este intento de desembarcar en La Palma, cuando estuvimos hablando de la vida del Obispo de Canaria Bartolomé García-Ximénez Rabadán, ya pudimos comentar que estando de visita pastoral en aquella isla, tuvo que quedarse en Santa Cruz de La Palma varios meses porque el puerto había sido bloqueado por dos embarcaciones piratas berberiscas que lo andaban buscando para secuestrarle y hacerle cautivo, para luego pedir un rescate. Consiguió el Obispo, no obstante, escapar finalmente de las garras de los berberiscos, como había escapado de otros azares a lo largo de los años de estancia en Canarias.  En marzo de 1676 decidió el Obispo escapar de la isla y pasar a La Gomera y de allí regresar a Tenerife. 

Como señala el historiador rumano Alejandro Cioranescu, se había vuelto a los tiempos del siglo anterior, en que era preciso mandar desde la ciudad las tropas de protección: una compañía de cien hombres baja al puerto todos los días "por allarse despoblado y todo lo más de la vecindad en Argel". En realidad se había vuelto todavía más lejos en el tiempo, a la época anterior a la conquista, en que la mejor mercancía que podían ofrecer las islas eran los esclavos. 

Mercado de esclavos de Argel (Jan Luyken, 1684). 
Museo de Historia de Amsterdam.

LOS ATAQUES A FUERTEVENTURA.- El 1 de julio de 1593, siete galeras y varios bergantines al mando del pirata Xabán Arráez se acercaron a las costas de la isla de Fuerteventura. Los piratas berberiscos, una tropa de 230 hombres, desembarcaron en la Isla con la intención de capturar esclavos para venderlos en Argel. Se dirigieron primero hacia el Valle de Santa Inés, donde saquearon casas y la iglesia, llevándose una imagen de la virgen. Luego asaltaron Betancuria, la capital de la isla. La población huyó y se escondió en cuevas. Como respuesta a la invasión, el capitán general Luis de la Cueva organizó una expedición militar desde Gran Canaria, mientras que en Fuerteventura el capitán Ortiz de Zambrana trataba de hacer frente a los piratas. Los refuerzos, unos 240 soldados, desembarcaron en Jandía, pero sufrieron una derrota y huyeron de vuelta hacia las embarcaciones, abandonando las armas. En esa ocasión, el pirata Arráez se llevó cautivos a unos 60 majoreros.

Mapa de la Berbería (Jan Janssonius, 1650).
Los principales centros de la piratería berberisca se hallaban en la franja costera 
entre Ceuta y la isla de Djerba, junto a Túnez.

Con respecto a este ataque perpetrado contra Fuerteventura en 1593, Viera y Clavijo lo describía en su obra Noticias de la Historia General de las Islas Canarias: “Algún tiempo antes había padecido la isla de Fuerteventura otra furiosa irrupción de los corsarios berberiscos. Estos bárbaros, mandados por Xavan Arráez, se echaron sobre ella en 1593, siendo gobernador don Gonzalo de Saavedra, en la minoridad de doña María de Moxica Arias de Saavedra, su sobrina”.

No existe documentación concejil del Cabildo de La Palma que refleje el suceso, pero sí aparecen noticias acerca del impacto que produjo la situación en otros territorios insulares. Tras recibir la noticia del ataque en Fuerteventura, el gobernador de Gran Canaria organizó la defensa insular para que los guardas se apostillasen en las atalayas, y el sistema de milicias estuviese preparado ante una eventual incursión de similares características.

Como resumen de todo lo expuesto y señala Luis Alberto Anaya, las pérdidas materiales por la acción corsaria berberisca sobre las islas Canarias fueron muy considerables. Pensemos que no sólo las capitales y pueblos de las islas antes citadas fueron destruidas y saqueadas, sino que también las mieses solían ser incendiadas. No obstante, quizás el mayor quebranto provenía del pago de los rescates, pues salía mucho dinero de las islas a este fin. Lanzarote es sin duda el ejemplo más paradigmático. La isla fue ocupada cuatro veces y en la última los argelinos se llevaron a 900 de sus habitantes, es decir a la mitad de su población. El gran historiador canario del XVIII, Viera y Clavijo, escribe que los lanzaroteños perdieron más dinero con los rescates de sus seres queridos que con el saqueo y las destrucciones. Pero además, hay que sumarle los constantes ataques a los navíos que salían de su puerto con cereales y los frecuentes golpes de mano en tierra.

También debemos tener en cuenta las graves pérdidas demográficas registradas que se producían por la captura de muchos hombres jóvenes en edad de procrear. Un alto porcentaje eran pescadores, 289 se declaran marineros entre los 805 canarios rescatados que figuran en los libros de redenciones (liberados), lo que implica la pérdida de especialistas en una actividad que proporcionaba la principal base alimenticia de las clases populares del archipiélago en los siglos XVI y XVII. El citado obispo García Ximénez y Rabadán afirmaba en una carta en 1686, que todos los barcos grandes (de pesca) de Santa Cruz de Tenerife habían sido apresados por los berberiscos. Tan grande pérdida y falta de sosiego supuso para las islas este periodo histórico durante tres siglos.

Pedro R. Castro Simancas, 18.10.2025.
Festividad de San Asclepíades de Antioquía.

Fuentes:

ANAYA HERNÁNDEZ, Luis Alberto (2009): "La defensa de las Islas Canarias frente al corso berberisco" en El mar en los siglos modernos. O mar nos séculos modernos (Tomo II), pp. 77-86, Consellería de Innovación e Industria, Xunta de Galicia, La Coruña, 2009.

ANAYA HERNÁNDEZ, Luis Alberto (2023): "Personas apresadas en Canarias por corsarios berberiscos" en XXV Coloquio de Historia Canario-Americana (2022), nº XXV-099, pp. 1-3, Casa de Colón, Las Palmas  de Gran Canaria, 2023.

GARCÉS, María Antonia (1998): "'Yo he estado en Argel cinco años esclavo': cautiverio y creación en Cervantes", en Actas del XIII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas (Tomo I), Instituto Cervantes, Madrid 1998.

SORIANO BLASCO, Gonzalo (2020): La piratería berberisca y España: siglos XV – XVIII en Archivos de la Historia, 20 de mayo de 2020.

SPUNBERG, Alberto (2001): Grandes biografías. Miguel de Cervantes, Ediciones Rueda J. M. S.A., Madrid, 2001.

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