Islario: Los nombres de las islas Canarias a lo largo de su historia.
Canarias o islas Canarias es la denominación que recibe el archipiélago situado en el tramo central y oriental del Océano Atlántico, frente a las costas africanas, estando la isla más oriental (Fuerteventura) a una distancia de a menos de 100 km de la costa africana, a la altura del Sáhara Occidental (antiguo Sáhara Español). Como tal archipiélago canario está compuesto por 11 islas, que podemos nombrar de norte a sur y de este a oeste: Alegranza, Montaña Clara, La Graciosa, Lanzarote, Lobos, Fuerteventura, Gran Canaria, Tenerife, La Gomera, La Palma y El Hierro. De ellas, tres están deshabitadas (Alegranza, Montaña Clara y Lobos) y una (La Graciosa), habitada, posee dos únicos núcleos poblacionales (Caleta del Sebo y Pedro Barba).
A estas islas, habría que añadir algunos roques marinos cercanos a sus costas (peñones o pitones fonolíticos que han quedado aislados en el mar), los principales de los cuales tienen también nombre propio, como los Roques del Este y del Oeste (de Lanzarote), de Gando y Dedo de Dios (Gran Canaria), de Anaga, los Roques de Fasnia y de Garachico (Tenerife) y de Salmor y de la Bonanza (El Hierro).
Ya desde la Antigüedad se usó el nombre de las islas en plural para referirse al conjunto del archipiélago. Así, en el siglo IV d.C. el escritor norteafricano Arnobio de Sicca habla por primera vez acerca de las Canarias insulas. Por tanto, se trata de la primera mención que se hace del término islas Canarias ("Canarias insulas") para hacer referencia al conjunto del archipiélago y que se le debe a este escritor.
Por su parte, en cuanto al origen de los antiguos pobladores de las islas, el investigador Antonio Tejera Gaspar señala que no parece existir ninguna duda del parentesco de los aborígenes canarios con las poblaciones prerromanas norteafricanas, a pesar de la dificultad de asociar las diferentes tribus bereberes con las que poblaron cada una de las siete islas del archipiélago canario.
Acabada la conquista castellana (1496), el término Canarias o islas de Canaria se populariza para representar a todo el territorio insular, en lugar del nombre mitológico de Islas Afortunadas. El Archipiélago toma así su denominación de la isla de Gran Canaria al designar al resto del archipiélago como Islas de Canaria. A partir de la segunda mitad del siglo XIX las "Islas de Canaria" pasan a denominarse como islas Canarias para referirse al conjunto insular.
Para este artículo hemos seguido el hilo expositivo y argumental que nos ha dejado el catedrático de Filología Española y profesor emérito de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, el Dr. Maximiano Trapero, el cual ha centrado sus líneas de investigación en la semántica léxica, en el estudio de la toponimia canaria y de la toponomástica general, en el del léxico guanche, en la literatura de tipo tradicional (romancero y cancionero) y en el tema de la décima y la poesía improvisada en el mundo hispánico, entre otras.
Por otra parte, como complemento a lo expuesto por el profesor Trapero, respecto de las denominaciones o nesónimos que tenían las islas dadas por sus respectivos pobladores aborígenes, hemos seguido las hipótesis dadas por el profesor de la Universidad de La Laguna, Dr. Antonio Tejera Gaspar en relación a las diversas tribus bereberes norteafricanas, aunque a día de hoy resulta un aspecto polémico y arriesgado.
En efecto, desde los primeras historias de Canarias, escritas a fines del siglo XVI, se conocen muchos intentos por explicar los nombres antiguos de las islas y los gentilicios de sus primeros habitantes. Para la propuesta dada por Tejera Gaspar, el criterio utilizado para establecer estas comparaciones se ha fundamentado en el principio de que los nombres de las islas serían una derivación del patronímico (dicho de un nombre propio de una persona) de las gentes que las poblaron, de manera que, como han expuesto algunos autores como G. Marcy, se ha relacionado los etnónimos (esto es, los nombres que se le dan a un grupo étnico o pueblo) de cada una de las islas con los correspondientes de otras tantas tribus del norte de África.
LANZAROTE.- Históricamente puede decirse que Lanzarote fue la primera isla conquistada del archipiélago canario, y la base desde la que se iniciaron todas las tentativas para la conquista de las restantes islas. En efecto, en las costas de Lanzarote se produjo el desembarco de la expedición franco-normanda que al mando de Jean de Bethencourt y de Gadifer de la Salle iniciaron la conquista de Canarias en 1402.
Se instalaron en la parte sur de la isla, a la que denominaron Rubicón, por el color rojizo oscuro de sus tierras volcánicas, y allí levantaron un campamento, un castillo y una pequeña ermita, las primeras construcciones europeas en tierras atlánticas. De aquella primera conquista, los franceses dejaron una crónica titulada Le Canarien, que es una fuente esencial de las maneras de vida que tenían los aborígenes que habitaban las diferentes islas, los antiguos pobladores, y de las impresiones que aquellas tierras inéditas causaron a los conquistadores.
El nombre aborigen de Lanzarote.
Por su parte, los majos de Lanzarote llamaban a su isla Tite-Roy-Gatra o Titerogakaet, que significaría “las coloradas lomas” o "la montaña colorada" por el color rojizo del paisaje de la isla, según se expone en Le Canarien. Pero existe otro nombre que apenas se ha tenido en cuenta, nos referimos al nesónimo Maoh, que figura en la obra del italiano L. Torriani, quien aludiendo al primitivo nombre de la isla dice que "los antiguos isleños la llamaban Maoh..."
Para el profesor A. Tejera Gaspar, a partir de la hipótesis de que los nombres de las islas provendrían de los gentilicios de sus primeros habitantes, propone que el etnónimo majo pudo haber tenido alguna relación con Maoh para denominar a la isla de Lanzarote. Por ello, el gentilicio mahos o maxos con el que fueron conocidos los primitivos habitantes de esta isla, estaría relacionado con la etnia de los Maxies o Mazyes, quien según el historiador griego Heródoto, autor del siglo V a.C. eran unas tribus que vivían en la Numidia, en el actual Túnez. Estas tribus se hallaban asentadas en el golfo de Sirte (Libia) y en la costa tunecina.
Lancelotto Malocello, el italiano que da nombre a Lanzarote.
Sin embargo, el nombre románico o europeo de la isla procede de un antropónimo, de Lancelotto Malocello, un navegante genovés que había llegado a la isla entre 1320 y 1340 con propósitos comerciales (no de conquista). Se cree que permaneció en la isla unos 20 años, que levantó una torre de piedra que aún subsistía en los años de la conquista bethencouriana y que finalmente sería expulsado o muerto por los aborígenes.
Lancelotto Malocello era, efectivamente, un navegante italiano de origen genovés, nacido en la ciudad de Varazze -que actualmente pertenece a la región de Liguria- y que según los historiadores e investigadores “fue el primer europeo que se estableció en la isla de Lanzarote, que dio el nombre a la isla, y que con su llegada marcó el redescubrimiento de la isla y de todo el Archipiélago Canario para la Europa del siglo XIV”.
Según dichas investigaciones y estudios, Malocello partió de la ciudad italiana de Varazze y llegó a la isla de Lanzarote donde se estableció durante unas dos décadas. El nombre de Lanzarote aparece por primera vez en un mapa del mallorquín Angelino Dulcert, con fecha de 1339, donde se puede ver el Archipiélago de las islas Canarias y la ‘Insula de Lanzarotus Marucellus’, nombre que se reprodujo en todos los documentos cartográficos que han quedado desde entonces.
El libro ‘Lanzarotto Malocello, desde Italia a Canarias’, escrito por el historiador y jurista italiano Alfonso Licata y que fue editado en español en 2016, recoge como fecha más probable de la llegada de Malocello a esta isla el año 1312, porque desde entonces -según se recoge en las investigaciones realizadas- Lanzarote aparece en el mapa portulano de Angelino Dulcert bajo bandera genovesa.
Las aventuras de este genovés en Lanzarote serían difundidas entre los navegantes que por aquellos años arribaban a las Canarias, y así empezaron a llamarla «la isla de Lanzeloto». Y así empieza a aparecer en los primitivos mapas en que aparecen dibujadas con trazos reales las islas Canarias, siendo, pues, el citado Planisferio del mallorquín Angelino Dulcert (en 1339) el primer portulano o mapa de navegación que la contiene como el nombre de ínsula de Lanzarotus Marocolus.
Ese es el nombre que los cronistas de Le Canarien le dan también, poniéndolo en relación con el navegante italiano, pero añadiendo, además, que el nombre que la isla tenía en la lengua de sus habitantes indígenas era el de Tyterogaka o Tytheroygaka, topónimo que ninguna otra fuente histórica reseña.
Y sin embargo, a pesar de tan explícita y coherente motivación toponímica, otras varias etimologías se le han asignado al nombre actual de la isla, asociadas a la conquista franco-normanda. La primera de ellas se debe a Antonio de Nebrija, quien se ocupó de no pocas cuestiones relacionadas con las Canarias en su famosa obra Décadas. En un pasaje del cap. II explica que el nombre de Lanzarote procede de Lanzarota por habérsele roto la lanza a Jean de Béthencourt en el momento de saltar a tierra para su conquista. Y así se repite en autores como Leonardo Torriani y Abreu Galindo, hasta incluso Viera y Clavijo.
Y son estos mismos historiadores canarios quienes consideran otra etimología no menos exótica, la de que Lanzarote deriva de la expresión lance l'eau, que significa 'echa el agua', y que sería la gozosa expresión que los franceses dijeron cuando avistaron sus tierras. Abreu Galindo tiene como más cierta la causa de Lanceloto, pero deja constancia también de la etimología apuntada por A. de Nebrija y una variante de la versión normanda, diciendo: «Algunos cuentan que, cuando llegaron a ver tierra, por el contento que tomaron, comenzaron a decir en lengua francesa: Lansrrot, Lansrrot, que quiere decir Echa y bebamos; y los españoles entendían ser aquél su nombre».
FUERTEVENTURA.- Fuerteventura fue, después de la isla de Lanzarote, la más visitada por los hombres de la expedición normanda de 1402 y la que se convirtió en la sede del señorío que se instituyó en Betancuria, su primera capital histórica. Al igual que Lanzarote y Tenerife, es también Fuerteventura una isla para la que los cronistas de Le Canarien utilizan dos denominaciones: uno románico, Fuerteventura, y el otro indígena, Erbania, que hacía referencia a una región particular de Fuerteventura.
Para el profesor Trapero, el topónimo románico es el resultado de una composición del adjetivo fuerte y del sustantivo ventura, nombre posiblemente impuesto por los navegantes catalano-mallorquines que visitaron las Islas a lo largo de todo el siglo XIV, con el sentido de 'la gran afortunada', como dirá casi dos siglos después el cronista Abreu Galindo: «Le quedó el nombre propio que todas las islas tenían de Fortunadas».
Debe decirse, además, que la isla de Fuerteventura, junto con la de Lanzarote y la de Lobos, son las primeras de Canarias que aparecen dibujadas en un mapa con las formas aproximadas a la realidad, a partir del Planisferio del ya citado Angelino Dulcert, allí figura escrita separado: Forte Ventura, fórmula que irá cambiando según avanza el siglo XIV hasta escribirse junto.
Los nombres aborígenes de Fuerteventura.
Sin embargo, los aborígenes de Fuerteventura, compartidos con Lanzarote, eran conocidos como mahos o majos. De aquí proviene el gentilicio actual de “majoreros” y el antiguo nombre de la isla, Maxorata o Mahorata.
En relación con este topónimo ‘Mahorata’, el poeta Antonio de Viana (1604, I) alude a sus pobladores como mahoratas, esto es en lengua amazigh, mahâr-t, ‘tribu o hijos del país natal’. He ahí, cuando menos, la lectura inmediata, porque un posible antecedente fenicio a través del lexema M•H•R (‘occidente’) tampoco debe descartarse por completo.
Otra denominación apuntada para esta isla sería la de Erbania, que el estudioso francés del bereber Georges Marcy derivaría de Arbaniy que traducía literalmente como "el lugar de la muralla". Para el profedor Tejera, sin embargo, la propuesta que hace sobre el origen del nombre Erbania y las distintas variantes (Erbane, Albane, Arbanne, etc.) es que tal denominación podría derivar del gentilicio de la tribu norteafricana de los Abannae o Abanni, habitantes del Atlas sahariano.
El nombre aborigen de Erbania se ha interpretado en relación con la pared de piedra viva levantada por los aborígenes en el istmo que dividía la isla en dos partes, al norte Maxorata y al sur Jandía. Esta pared estaba en pie en el momento en que los franceses llegaron a Fuerteventura en 1402, y a ella hacen referencia expresa los cronistas: «La isla de Fuerteventura, que tanto nosotros como los de Gran Canaria llamamos Erbania [...] en determinado lugar sólo mide una legua de costa a costa, y allí la tierra es arenosa y un gran muro de piedra atraviesa toda la isla de un lado a otro». Hoy la pared ya ha desaparecido pero queda plenamente vivo y actual el topónimo a que dio lugar, y de la manera más llana y rotunda: La Pared, aquella que separaría los dos reinos aborígenes de Maxorata y de Jandía.
El pueblo actual de La Pared (T.M. de Pájara), en efecto, toma su nombre de ese muro de piedra que antiguamente recorría la costa de este a oeste dividiendo la isla de Fuerteventura en dos mitades, Maxorata y Jandía. Las vistas de los barrancos y valles que cubren toda la zona, tienen especial interés, por ser el punto de inicio del Parque Natural de Jandía, que nace en el Istmo de La Pared, y por que dentro de este macizo, se encuentran los más antiguos materiales de la isla, desde sedimentos marinos mesozoicos anteriores a la formación del Archipiélago, a lavas submarinas, intrusiones volcánicas y una inmensidad de dunas.
Los reinos aborígenes de Maxorata y de Jandía eran, en efecto, los dos territorios en los que se dividía la isla de Fuerteventura antes de la llegada de los castellanos. Maxorata ocupaba la zona norte y era gobernada por el rey Guise, mientras que Jandía se encontraba en el sur y estaba liderada por el rey Ayoze. Estos dos reinos estaban separados por una muralla que cruzaba el istmo de La Pared.
También desde el bereber, por otros autores se dice que erbania quiere decir 'la pared o ruina de antigua construcción', y así Marcy (1962) afirma que «el término bani 'la muralla' se encuentra en la toponimia marroquí, donde sirve para designar de manera figurada la gran cordillera rectilínea abrupta que se levanta casi a plomo sobre el curso inferior del valle del Draa».
Sin embargo Vycichl (1952), que fue un filólogo, lingüista y erudito austrohúngaro en bereberología, dice que Erbania significa 'rica en cabras', a partir del bereber arban 'macho cabrío', por lo que el nombre de Erbania (que se consigna en Le Canarien) y el de Capraria (que fue el que le dieron los expedicionarios de Juba, según el relato de Plinio el Viejo), lo que vendrían a significar lo mismo.
GRAN CANARIA.- El primer nombre que tuvo la isla fue simplemente el de Canaria, que aparece en el relato que Plinio el Viejo hace en su Historia Natural del viaje de exploración que mandó hacer a las islas el rey Juba II, que dice: «La más cercana a esta [de Ninguaria] se llama Canaria por la cantidad de canes de enorme tamaño, de los cuales se le trajeron dos a Juba». El adjetivo de Grande se lo pusieron los conquistadores franco-normandos cuando en 1402 quisieron conquistarla y fueron rechazados por sus naturales.
Es en la crónica de esa conquista, llamada Le Canarien, donde por vez primera aparece el nombre de Gran Canaria y con mayor frecuencia que el nombre simple de Canaria. Algunos autores han dicho que el título de Grande se le dio por creer erróneamente que era la mayor en extensión de todo el archipiélago, pero el hecho es que la tradición ha fijado desde antiguo como tal motivo el de la tenaz resistencia que mostraron sus naturales a la conquista, al ser la más poblada y la que mejor organización social tenía.
Así lo explica el relevante cronista Juan Abreu Galindo (posible seudónimo de Gonzalo Argote de Molina), el historiador mejor informado de todas las antigüedades canarias, diciendo que esta isla fue «la que más trabajo y sangre costó a los que la redujeron a la santa fe católica», y por eso le pusieron el nombre «bien conveniente a sus hechos, nobleza y ser, de Grande, que ha tenido y tiene y durará». Y añade: «llamándole grande, no porque sea grande la isla, ni la mayor, ni la mayor en cantidad, sino en cualidad, por la grande resistencia y fortaleza que en ella halló de los naturales en defenderse y ofender con destreza de los que mal y daño les querían hacer».
Mucho más debatido es el motivo del nombre de Canaria que recibió la isla y, por ende, el archipiélago canario en su conjunto. De las muchas etimologías que se han propuesto, las más importantes y repetidas son las siguientes. Para los más, lo fue por el gran número de perros de gran tamaño que en la isla había en los tiempos de la expedición del citado rey Juba II, narrada por Plinio el Viejo.
Para otros, por la existencia de lobos marinos (o focas monje) que tanto abundaban en partes de las islas orientales (de los que una recibió precisamente el nombre de Lobos, islote situado al norte de Fuerteventura) y que se constituyeron en objetivo comercial de los primeros navegantes (Jiménez 2005); para otros autores, por la tribu bereber canarii que habitaba el bajo Atlas y fue llevada a aquellas islas para poblarlas (Jiménez 2005); para Abreu Galindo, por la abundancia de unas matas y hierbas con que se purgaban los perros; para Gonzalo de Correas, el autor del Vocabulario de refranes, por la abundancia de los célebres pájaros canarios, por la voz canere; para el cronista de Indias López de Gómara porque los aborígenes comían «como canes: mucho y crudo»; para otros, porque sus nativos comían perros, es decir, porque eran cinófagos.
Tras una fallida conquista franco-normanda, en la denominación de la isla, se añadió el adjetivo “Grande” a "Canaria". La crónica de Le Canarien fue la primera en utilizar el nombre “Gran Canaria”.
El falso nombre aborigen de 'Tamarán'.
En la lengua aborigen, sin embargo, algunos autores han dicho que los canarios denominaban a su isla como “Tamarán”, pero este es un topónimo que no existe ni nunca ha existido. Según un documentado artículo de Rubén Naranjo Rodríguez (2002), la ocurrencia se debe al tinerfeño Manuel Ossuna y Saviñón, que dice tomarlo de la crónica Le Canarien con el significado de 'país de los valientes'.
Pero el tal término de Tamarán (o Tamerán) no aparece ni en Le Canarien ni en ningún otro registro histórico de las antigüedades canarias, como puede comprobarse recurriendo a los Monumenta del investigador austriaco Wölfel, totalmente fiable en cuanto a la documentación de las voces aborígenes canarias, y más leyendo directamente la crónica de la conquista normanda.
Como señala el Diccionario de Guanchismos de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, el caso es que el nombre de Tamarán, como denominación antigua de Gran Canaria, se ha asentado y se ha asumido generalmente, incluso por autores y algunos investigadores. Y ha servido, incluso, para nombrar científicamente a especies de animales y vegetales endémicos de Gran Canaria, para dar nombre a calles y a colegios, a emisoras de radio y a grupos de opinión, a agencias de viaje y a urbanizaciones turísticas, a autoescuelas y a clubes de todo tipo; lo han tomado para sí también asociaciones culturales y deportivas, o de vecinos, hasta grupos musicales, incluso una fábrica de galletas; hasta al primer guirre criado en cautividad en Gran Canaria se le ha puesto por nombre Tamarán; en fin, que para dicho Diccionario, como "Tamarán" se ha llamado a todo tipo de cosas sobre las que se quiere remarcar "exóticamente" su pertenencia a la isla de Gran Canaria.
¿Los canarii poblaron la isla de Canaria?
Volviendo de nuevo al nesónimo Canaria, todas las posibles hipótesis etimologistas están montadas sobre un étimo latino: o canis o canere, incluso, como hemos señalado, del nombre de la etnia africana de los Canarii.
De manera que tal vez la isla pudo ser poblada por los Canarii que formaban un grupo étnico de ascendencia líbica emplazado en la Mauretania Tingitana. Una facción de esta tribu fue trasladada hasta Gran Canaria en el siglo I d.C., como consecuencia de su participación en el segundo levantamiento de los Maures contra Roma. Esta sería la hipótesis sobre el poblamiento de Canarias, planteada por el doctor en Historia y conservador del Museo Arqueológico de Tenerife José Juan Jiménez González.
Pero tampoco han faltado los autores que han propuesto un étimo bereber, relacionando a los canarios aborígenes con la etnia de los kanuri que habita hoy el NO de Nigeria; otros con los kanurii habitantes del Cabo Gannuri (a la altura de Agadir); otros con la voz ekanar (de Níger y Mali) con el significado de 'frente' o 'vanguardia' o 'valiente'; otros con la voz chelja taknarit que hace referencia a un tipo de cactus del que se extraen los higos tunos (aknari).
Vycichl (1952) dice que Canaria es traducción de una voz bereber con el segmento bicen (del que derivaría el amazigh tebicina) que significa 'chacal', de donde Canaria vendría a traducirse con la idea de 'isla de los chacales' o como 'de los perros'. Sobre los tibicenas, puede verse un artículo anterior sobre la mitología de los perros demoníacos, publicado el 24.12.2024 en este Blog.
TENERIFE.- A la isla se la ha conocido a lo largo de la historia por tres o cuatro nombres diferentes. El primero fue el de Ninguaria con el que aparece nombrada en el texto que Plinio el Viejo dedicó en su Historia Natural a las islas Afortunadas, «que ha recibido este nombre -dice- de sus nieves perpetuas, cubierta de nubes».
El segundo nombre fue el de Nivaria, expresión latina que traduce el motivo de la nieve del texto pliniano. El tercer nombre fue el de isla del Infierno, que aparece en los mapas y portulanos (o cartas marítimas) de todo el siglo XIV. Y finalmente, el cuarto es el de Tenerife, de raíz aborigen, pero dado por los antiguos habitantes de la isla de La Palma, que es el que ha prevalecido.
Los nombres aborígenes de Tenerife.
“Tenerife” parece que proviene, pues, del término utilizado por los antiguos palmeros, que significaba “monte nevado”. Los antiguos habitantes de Tenerife, sin embargo, la llamaban “Achinech” o sus variantes “Chinet” y “Chinec”.
De “Achinech” se deriva el gentilicio de los guanches, formado por la expresión amazigh ‘guan Achineche’ [Wa n Acinic]. Esta se simplificó, por economía lingüística, en "guanche", pero existen diversas variantes documentadas del término, como Chíneche (Abreu Galindo), Chinechi (Torriani y Marín de Cubas), Achinech (Espinosa) y Chinet (Núñez de La Peña).
En efecto, en torno a 1590, el citado cronista Juan de Abreu Galindo recogió ese gentilicio expresado de manera inequívoca en lengua amazigh: «Esta ysla de Tenerife se llama en su comun hablar Chíneche, y alos naturales llamaban Bincheni». Un siglo más tarde, el médico y también historiador teldense Tomás Marín de Cubas (1694) reportó el mismo dato, pero esta vez bajo una forma ligeramente distinta: «[a] los naturales le[s] llaman Guanchini».
Las diferencias obedecen a que un autor apuntó el plural y otro, el singular: singular wanshen, plural winshen. Porque el enunciado guarda relación con el nombre de la isla de Tenerife, Ashenshen (o Ašenšen), rematado por la reduplicación expresiva del tema que se pierde en el gentilicio. De aquí derivan todas las variantes que hoy conocemos, la más famosa de las cuales es la voz ‘guanche’ tal como ha llegado hasta nosotros. Ni ‘guanchinet’ ni –mucho menos– ‘guanchinerfe’ resultan otra cosa que unas deformaciones y elucubraciones sin fundamento, por no hablar de las etimologías que remiten a otras lenguas. Por su parte, el cronista Agustín de Espinosa (1594) relata: «Los naturales desta Isla que llamamos Guanches en su lenguaje antiguo la llamaron Achinech».
Para el profesor Tejera Gaspar, para establecer las comparaciones oportunas del etnónimo norteafricano y su posible correspondencia con el Chinet o Achinech de Tenerife, existirían aparentes semejanzas entre el patronímico Cinithi y Chinet y sus variantes, mediante las que se podría explicar el tan discutido nombre guanche, gentilicio de sus habitantes con un origen númida, que se correspondería con un territorio del actual Túnez, con el de los primitivos habitantes de la isla de Tenerife. Se trata de la tribu que había participado junto con el guerrero amazigh Tacfarinas en las revueltas de las tribus bereberes en tiempos del emperador romano Tiberio, en el norte de África.
El caso del nombre de Tenerife es paralelo al de Lanzarote y Fuerteventura, nombradas de dos maneras diferentes en los primeros textos europeos, en los tres casos con un nombre aborigen y otro procedente de una lengua románica. Pero en el caso de la isla de Tenerife, a diferencia de las otras dos, fue el nombre aborigen dado por los pobladores de La Palma el que triunfó y pervivió: Tenerife, tal como la conocemos.
Como apunta el profesor Trapero, es compleja la etimología de Tenerife, y eso a pesar de ser el nombre que posiblemente más atención ha merecido de todas las palabras aborígenes canarias, y no solo de entre los topónimos. Esa atención se inició pronto, por parte de los primeros historiadores de Canarias.
El primero de ellos, fue el citado dominico Alonso de Espinosa, que dirá que los naturales de la isla «en su lenguaje antiguo la llamaron Achinech». Por su parte, Torriani matiza que «los isleños [de la propia isla] le decían Chinechi, y los palmeros, Tenerife, que en su lengua significa tanto como monte de nieve». Y Abreu que «en su propio lenguaje y común hablar, la llaman y nombran el día de hoy Achineche». Más tarde, Marín de Cubas, a la reiteración de que son los aborígenes de La Palma los que la llaman 'Tenerife', que en su lengua significa 'monte de nieve', añade que también «los de Canaria [la] llaman Thenerife porque así llaman los canarios una punta de tierra que mira al Sur donde se descubre esta isla de Thenerife».
LA GOMERA.- Respecto a su nombre, cabe decir que desde la época protohistórica, Gomera es el único nombre que ha tenido esta isla. Uno de los primeros historiadores que tuvo Canarias, el citado cronista Juan de Abreu Galindo nos dice haber procurado saber de los naturales de la isla el nombre que tenía antes y que «nunca lo pude alcanzar, ni entender jamás haber tenido otro nombre, si no es Gomera, desde que a ella vinieron los africanos, que debió de ser quien se lo dio».
En efecto, Gomera es el único nombre que consta en la cartografía más antigua de las Islas: en el Planisferio de Dulcert (1339) como Gommaria, en el Atlas de Cresques (1375) como ínsula de Gomera, en el Libro del conoscimiento (finales del XIV) como Gomera y en la crónica de los conquistadores franco-normandos Le Canarien (1402) como La Gomere, Gomere, La Gomiere, La Goumere o La Goumiere, al tratar de escribirlo «a la francesa».
¿La Gomera debe su nombre a la tribu de los G[u]mara?
Del nesónimo ‘Gomera’, deducimos, por tanto, el adjetivo de ‘gomeros’ o ghummâr-t, según el nombre continental que recogiera el cronista árabe Ibn Jaldún en el siglo XIV, y que admite la traducción ‘tribu o hijos de el Grande’. Según el citado Abreu Galindo, el nombre Gomera derivaría de la tribu de los G[u]mara, bereberes del Rif occidental (norte de Marruecos).
La Gomera ha experimentado, por tanto, pocos cambios en su denominación desde la época aborigen. Originalmente conocida como “Gomera”, se cree, pues, que el nombre tiene un origen bereber de los “gmara” que hace referencia a uno de los grupos étnicos o clanes amazigh de la región norteafricana
De hecho, algunos autores han vinculado el nombre de la isla con el del peñón del mismo nombre existente en la costa norte de Marruecos, enfrente de las costas españolas, el Peñón de Vélez de La Gomera. Y otros con la tribu norteafricana de los Ghomara. Vycichl (1952) dice que el nombre de Gomera recuerda al de la tribu bereber de los gumara, que pervive en un reducido territorio del antiguo Marruecos español.
Por su parte, Marcy (1962) argumenta la posible procedencia del nombre de la antigua tribu bereber de los gmara en el Rif occidental, castellanizado en Gomera o Gomara, hoy totalmente arabizado. Incluso ─sigue Marcy─ «su mismo nombre gmara es una forma árabe segunda de un nombre bereber, cuyo primario nos es desconocido».
En la actualidad, los Ghomara son una confederación tribal que se encuentra en una pequeña región costera del Rif, en el norte del actual Marruecos. Con esta población también se ha vinculado el citado Peñón de Vélez de La Gomera, minúsculo roque ubicado en la costa rifeña. Aunque sabemos que su origen es amazigh, esta confederación tribal es hoy mayoritariamente arabo-parlante. Sólo una minoría sigue hablando el dialecto ghomara, calculándose en unas 10.000 personas.
El territorio que actualmente ocupan los Ghomara (en la región Ghomara) se extiende desde la costa mediterránea hacia las montañas al noroeste de la ciudad de Chaouen, en la parte central y occidental del Rif (norte de Marruecos).
El nombre latino que le puso Juba II, rey de Mauritania.
Sin embargo, en el mundo latino, el único antecedente a la denominación histórica de La Gomera es el relato que el citado Plinio el Viejo hace del viaje a las islas por los expedicionarios del rey de Mauritania Juba II, al comienzo de nuestra era, en que se mencionan varias islas con nombres latinos. Pero todos ellos son de dudosa asignación y ninguno ha permanecido, salvo el de Canaria para designar primero a la isla de Gran Canaria y después al conjunto del archipiélago. De dicho relato de Juba II se interpreta, pues, que la isla de La Gomera debe corresponder a la llamada Junonia Menor llamada así por Plinio (o bien Capraria), siendo la Junonia Mayor la isla de La Palma.
LA PALMA.- Tras la conquista de la isla capitaneada por Alonso Fernández de Lugo, ocurrida el 3 de mayo de 1492, su capital pasó a llamarse Santa Cruz de La Palma. Sin embargo la isla recibió el primitivo nombre de San Miguel de La Palma por haber sido el día 29 de septiembre de 1490, día de San Miguel, cuando Fernández de Lugo desembarcó en las costas de Tazacorte con el propósito de conquistarla.
Benahoare, el nombre aborigen de La Palma.
Por su parte, los habitantes originales de La Palma la llamaban Benahoare, que significa “mi tierra”. Este nombre dado por los aborígenes a la isla de La Palma, nos los aporta el tan citado cronista Abreu Galindo.
En efecto, Juan de Abreu Galindo dice a este respecto que «los naturales llamaban á esta isla en su lenguage Benahoare que en castellano quiere decir mi patria, ó mi tierra», y de igual forma el ingeniero Leonardo Torriani indica que La Palma era «llamada por los antiguos palmeros Benahoare, es decir, 'patria'». Así, se suele aceptar esta traducción para el nesónimo, indicando el filólogo e historiador Ignacio Reyes que es una traducción figurativa de la expresión amazigh wen-ahūwwār 'el lugar del ancestro'.
Por tanto, del nesónimo ‘Benahoare’, presumimos el adjetivo ‘ahuaritas’ o huwwâr-t en lengua tamazigh, es decir, ‘tribu o hijos de el Ancestro’, lo que parece una interpretación literal del nombre de esta tribu citada también por el historiador árabe Ibn Jaldún.
Según apunta el profesor Tejera Gaspar, parece que no existe duda de que de la tribu de los Hawára, de origen bereber, pero que actualmente se encuentran dispersos por diversas zonas del norte de África, derivaría el gentilicio auaritas, dado a los antiguos pobladores de la isla de La Palma.
¿Por qué el nombre de La Palma y no el de Las Palmas?
Sin embargo, para el profesor Trapero, el nombre español que ahora tiene de la isla de La Palma debieron ponérselo los viajeros y navegantes castellanos, portugueses, mallorquines e italianos que merodearon por las islas, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XIV, pues los cronistas de Le Canarien ya lo dan como preexistente.
Dice esta crónica francesa que la isla «es muy alta y escarpada», que «las tierras son buenas para toda clase de cultivos» a pesar de que sus habitantes no comen otra cosa que carne, que «está cubierta de grandes arboledas de distintas especies, como pinos, dragos que producen sangre de drago y otros árboles», que «por el centro corre un gran río» (en alusión indudable al río de Las Angustias en el interior de la Caldera de Taburiente) y que es «la isla más agradable de todas cuantas hemos encontrado por aquí» y que tiene «un aire excelente, en la que de ordinario nunca se enferma uno y la gente vive muchos años».
Para Trapero, tres han sido las hipótesis que se han barajado para explicar el topónimo La Palma, reunidas las tres por Viera y Clavijo. La primera es totalmente legendaria, y dice que unos españoles en tiempos del rey Abis o Abides, huyendo de una sequía espantosa y prolongada, encontraron la isla de La Palma y «en la frescura de sus tierras del tiempo se juzgaron victoriosos».
La segunda le parece a Antonio de Viera la más verosímil: que el nombre de La Palma lo recibió de los navegantes mallorquines del siglo XIV, en reconocimiento a la capital de la isla de la que procedían, pues «no pudo ser por la abundancia de palmas», ya que no es «la más fecunda en esta especie de árboles», además de que «no la apellidaron la isla de las Palmas, como parecía más conforme», dice Viera.
La tercera hipótesis es de un historiador canario del siglo XVII, Cristóbal Pérez del Cristo, quien cree que su nombre procede de la isla Planaria del relato que Plinio el Viejo hizo de las islas de Canaria en el siglo I d.C., transcrita allí por error -dice Pérez del Cristo-, pues opina que debió escribirse Palmaria.
EL HIERRO.- El nombre actual que tiene la isla aparece por vez primera en los mapas y portulanos de mitad del siglo XIV de que se sirvieron los viajeros y navegantes mallorquines, castellanos, italianos y portugueses para andar por el archipiélago comerciando con las pocas riquezas que las islas tenían y, sobre todo, con la captura de sus naturales para venderlos como esclavos en los mercados de Sevilla, Mallorca y de Valencia, principalmente.
Pero en esos antiguos mapas aparece solo con el nombre de Fero, que interpretamos como escritura errónea de Ferro. La primera inscripción en que aparece con el étimo o vocablo latino de ferrum es en la crónica francesa de Le Canarien, en 1402, allí con tres formas variantes francesas: Fer, Fair y Ferre.
Cuestión distinta y más polémica ha sido determinar la etimología de ese nombre y su hipotética motivación. Sobre ello el profesor Trapero publicó un estudio en el año 1999, donde señala que ha habido una propuesta etimologista basada en la mitología, con dos explicaciones distintas. Por una parte, la de haber sido una isla dedicada a la diosa Hera, nombre evolucionado por corrupción a Hero y de ahí al de Fero de los mencionados mapas y portulanos (o cartas naúticas) del siglo XIV, al Ferro francés y al Hierro castellano (Bethencourt Alfonso 1991); y por otra, la de derivar el nombre de la isla directamente de Hero, hijo de Gomer (el descubridor de La Gomera), éste a su vez hijo de Japhet y sobrino de Crono (nieto de Noé).
Sobre el vocablo latino ferrum, señalar que el mismo ha dado múltiples grafías: Fer, Fero, Ferro, Fierro, Hyerro, hasta El Hierro actual, siempre con el artículo El; nombres que han sido explicados a partir también de dos motivaciones. Para unos, por la forma de media luna o de herradura que aproximadamente tiene la isla por la parte del oeste, y para otros por la creencia que tuvieron los antiguos de que aquella tierra era rica en hierro (Viera), al parecer por el color ferruginoso de sus suelos, según dijo desde muy pronto el historiador, sacerdote y humanista portugués Gaspar Frutuoso.
Este fue el autor de la obra, Saudades da Terra (1590) en cuyos 6 libros se ofrece una detallada descripción topográfica e histórica de la Macaronesia, principalmente de los archipiélagos de las Azores, Madeira y Canarias, así como referencias a Cabo Verde y otras regiones atlánticas.
Los nombres aborígenes de la isla de El Hierro.
Sin embargo, los primeros habitantes de El Hierro, los bimbaches, llamaban a la isla Eseró o Ezeró. Sus habitantes era los bimbaches o también llamados bimbapos, según la denominación que Juan Antonio Urtusáustegui mencionara –en 1779– para la población herreña. Pero el análisis lingüístico induce a pensar que esta designación recaía sólo en una parte de sus habitantes: winwaf o ‘los de la cumbre’, aunque esta imagen orográfica bien podría aplicarse a la figura general que muestra la Isla, esto es, Ezeró o ‘la muralla rocosa vertical’.
Sin embargo, como apunta el profesor Tejera Gaspar, el etnónimo Bimbache y sus variantes, atribuido a los antiguos habitantes de esta isla, es de los que plantea muchos problemas, entre otras cosas, porque no aparece en ningún texto antiguo, ni tampoco el nombre de la isla dado por sus aborígenes, pues la primera vez que aparece documentado el nombre Bimbache es en la obra del citado Urtusáustegui (1779) (militar que durante un tiempo vivió en la isla, a finales del siglo XVIII).
Un segunda propuesta etimologista indigenista, basada a su vez en dos étimos diferentes: por una parte la de la voz guanche eres que significa 'fuente, charco de agua', en relación con el famoso árbol Garoé, y que es la explicación que tomó Antonio de Viana en su Poema épico sobre la conquista de Tenerife (canto I, vv. 312-319), y tras él otros varios estudiosos modernos; y por otra, la voz también indígena esero o eccero con el significado de 'tierra fuerte', haciendo referencia a la naturaleza abrupta de sus costas (Abreu Galindo).
De lo expuesto hasta aquí, inferimos, pues, que las dos únicas islas canarias que mantienen todavía en la actualidad sus nombres o nesónimos aborígenes son Gomera y Tenerife (aunque en este último caso, con la denominación dada por los antiguos habitantes de La Palma), mientras que en el resto de las islas sus toponimias responden a nombres de origen latino (caso de Canaria, para la isla de Gran Canaria pero con un posible origen derivado de la tribu amazigh de los Canarii que al parecer la pudieron habitar en el pasado) o las denominaciones europeas o románicas (para el resto de los nombres o nesónimos de las islas).
Fuentes:
GARCÍA GARCÍA, Alicia y TEJERA GASPAR, Antonio (2018): Bereberes contra Roma. Insurrecciones indígenas en el norte de África y el poblamiento de las islas Canarias, Le Canarien Ediciones, La Orotava (Tenerife), 2018.
JIMÉNEZ GONZÁLEZ, José Juan (1986): "Los Canarios: una tribu bereber del Gran Atlas", en Revista de Arqueología, nº 67, pp. 5-10, Madrid, 1986.
TRAPERO TRAPERO, Maximiano (2008) "Sobre los nombres antiguos y modernos que tuvieron y tienen las islas Canarias" en Estudios de traducción, cultura, lengua y literatura. In memoriam Virgilio Moya Jiménez (ed. Isabel Pascua, Bernardette Rey-Jouvin, Marcos Sarmiento), pp. 71-100, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, 2008.
URTUSÁUSTEGUI, Juan Antonio (1779): Diario de viaje a la isla de El Hierro en 1779, Ed. de Manuel J. Lorenzo Perera, Centro de Estudios Africanos, La Laguna (Tenerife), 1983.

Comentarios
Publicar un comentario
¿Qué opinión te merece el artículo? Se agradece dejar un comentario...