Historia política (II): Ministros canarios en los Gobiernos de España desde el Antiguo Régimen hasta el año 1936.
3º DON LEOPOLDO O'DONNEL Y JORÍS, DUQUE DE TETUÁN.- Leopoldo O'Donnell y Jorís (Santa Cruz de Tenerife, 12.01.1809 – Biarritz (Francia), 5.11.1867) fue un militar y político español del siglo XIX, Grande de España como Duque de Tetuán, Conde de Lucena y Vizconde de Aliaga. Fue Ministro de la Guerra (1854) y por eso figura aquí, en esta serie de ministros canarios.
De origen irlandés, con tradición militar.
Descendiente de irlandeses jacobitas desterrados a Tenerife, y vinculados siempre a la carrera de las armas y a la facción realista (fue sobrino del famoso conde de La Bisbal), hijo de un teniente general de los Ejércitos y director general de Artillería, él mismo militó casi adolescente —apenas cumplidos los catorce años— con el grado de subteniente, en el Ejército absolutista (Regimiento de Infantería Imperial Alejandro), que se sumó a la operación desplegada por los Cien Mil Hijos de San Luis, para poner fin al llamado Trienio Liberal. Y a durante la llamada Década Ominosa, y como teniente de granaderos de la Guardia Real, acompañó al rey Fernando VII, dándole escolta en la expedición a Cataluña de 1828, que puso fin a la revuelta de los malcontents (agraviados), siendo ascendido a capitán. Con este grado le sorprendería la gran crisis nacional de 1833.
Militar tinerfeño que llega a la Presidencia del Consejo de Ministros durante el reinado de Isabel II.
De formación militar, fue titular de las carteras de la Guerra, de Marina, de Ultramar y de Estado, además de presidir el Consejo de Ministros en varias ocasiones en momentos muy convulsos de la historia de España.
Presidió el Consejo de Ministros del Gobierno de España, después del bienio progresista de Baldomero Espartero en 1856, y también en 1858–1863, y en 1865–1866, durante el Reinado de Isabel II.
Su apoyo a la reina Isabel II y una activa participación en las guerras carlistas.
Entonces, mostrando una decisión política de gran relevancia para su futuro, ofreció su espada a la Reina Isabel II para luchar por la libertad frente al carlismo. Como los otros generales políticos del reinado de Isabel II, fue la primera Guerra Carlista la que le promocionó a los primeros rangos del Ejército, pero con la diferencia, respecto a Espartero y a Narváez, de que aún era un joven prácticamente sin experiencia militar en 1833, pese a su graduación de capitán, mientras que aquéllos tenían ya a sus espaldas una larga trayectoria al servicio de las armas. Sin embargo, con una hoja de servicios asombrosa, terminaría la guerra, siete años después, como teniente general, con la Cruz Laureada de San Fernando y un título de Castilla, el de conde de Lucena, aunque la concesión efectiva se retrasase algunos años (los de su exilio a partir de 1840).
En 1837, Leopoldo contrae matrimonio por poderes en Barcelona, con Manuela Bargés y Petre, de la que no hubo sucesión y que le sobreviviría.
Herido dos veces, en ese año de 1837, siguió tomando parte en la campaña del norte de las guerras carlistas. La batalla de Lucena, o de las Hileras (17 de julio de 1839), puso de manifiesto las grandes virtudes militares de O’Donnell: valor militar a toda prueba, intuición táctica y precisión extraordinaria en los planteamientos. Después de firmado el Convenio de Vergara, colaboró eficazmente con Espartero en las últimas campañas de dichas guerras carlistas.
En esta época de brillante juventud, le retrató el canario Benito Pérez Galdós —cuyas simpatías por O’Donnell se reflejan siempre en sus Episodios Nacionales— en estos términos: “Era un chicarrón de alta estatura y los cabellos de oro, bigote escaso, azules ojos de mirar sereno y dulce; fisonomía impasible, estatuaria, a prueba de emociones; para todos los casos alegres o adversos, tenía la misma sonrisa tenue, delicada, como de finísima burla o estilo anglosajón”.
Breve exilio en Francia en 1840.
El desenlace del pronunciamiento militar de corte progresista de 1840 contra la Reina Gobernadora, que tuvo lugar en Valencia, cuya Capitanía General asumía por entonces O’Donnell, le impulsó a ofrecer su espada a doña Cristina, pero ésta decidió evitar una nueva confrontación y prefirió exiliarse tras abdicar la regencia en la persona de Baldomero Espartero. O’Donnell la acompañó al exilio con un puñado de fieles. Durante tres años fijó su residencia en Francia, donde se convirtió en motor de las conspiraciones contra Espartero, el nuevo Regente, pronto convertido en auténtico dictador que acabaría dividiendo las filas de su propio Partido Progresista.
Para sustituir a la Reina, en efecto, las Cortes nombraron a Espartero como Regente del Reino. La posición del general era muy sólida: lideraba el liberalismo progresista y tenía dos potentes resortes de poder: el ejército y la milicia nacional. Fue su progresismo el que le respaldó frente a sus rivales en el Ejército, como el general Narváez. Y fue también el liberalismo radical quien le llevó al poder y lo mantuvo, entre 1839 y 1843.
Su participación en el pronunciamiento militar de 1843.
El pronunciamiento militar de 1843 en España fue una serie de levantamientos militares en varias ciudades, que marcaron el fin de la Regencia de Espartero y el inicio de la Década Moderada. Estos pronunciamientos, ocurridos principalmente en ciudades como Zaragoza, Valencia y Barcelona, buscaron derrocar al general Espartero y a su gobierno progresista. Fue un punto de inflexión en la historia española, marcando el fin de una etapa política y el inicio de otra, con importantes consecuencias para el país.
Tras un acuerdo entre los progresistas de Espartero y los moderados, el mismo daría lugar al gran pronunciamiento militar de octubre de 1843, en el que, junto a generales de filiación progresista —tales como Serrano y Prim—, figuraron otros militares moderados como Narváez y como el propio O’Donnell.
En cuanto a O’Donnell, verdadero artífice del proceso, no quiso atribuirse los frutos del triunfo, y solicitó simplemente la Capitanía General de Cuba, por entonces amenazada de convertirse en plataforma de un posible “Gobierno en el exilio” de Espartero. La presencia de O’Donnell en la isla durante cinco años conjuró el triple riesgo: el de un “gobierno en el exilio” de Espartero, el de las ambiciones británicas sobre el comercio de Cuba y el de la peligrosa y creciente intervención norteamericana sobre la isla.
O’Donnell es nombrado Ministerio de la Guerra y Presidente del Consejo de Ministros.
A su regreso a España, en el Gobierno que el duque de la Victoria presidió durante el llamado Bienio Progresista (1854-1856), O’Donnell ocupó la cartera del Ministerio de la Guerra. Pero resultó imposible la “cohabitación” entre los dos caudillos, y en 1856 sobrevino la crisis. Fue a partir de este momento cuando, derrocado de nuevo Espartero, O’Donnell consiguió articular su propio partido, la Unión Liberal, bajo la inspiración de Cánovas del Castillo: aunque conviene subrayar que si éste fue el artífice, la inspiración venía de un O’Donnell que, como ya se ha subrayado, había manifestado desde mucho antes su aspiración política integradora.
En 1858 el nuevo Partido Unión Liberal ocupó por primera vez el poder, encarnando de hecho la etapa más brillante del reinado de la reina Isabel II. La prosperidad conseguida durante ella, bajo la presidencia del gobierno de O’Donnell, se basó en la movilización de la riqueza vinculada a los bienes comunales, mediante la desamortización civil, llevada a cabo por Madoz, y la proyección de esa masa capitalista hacia empresas generadoras de renovación y riqueza: así, la construcción, en brevísimo tiempo, de la red ferroviaria.
Precisamente ostentado el cargo de Presidente del Consejo de Ministros, obtuvo de la Reina Isabel II el título de Ciudad para Santa Cruz de Tenerife, concedido por Real Decreto firmado el 29 de mayo de 1859 en Aranjuez.
Por lo que se refiere a su acción exterior, O’Donnell sigue el modelo de la política de grandeur francesa, vinculada a empresas de prestigio internacional. Ese mismo año de 1859 tomó el mando del ejército español al declararse la guerra contra África y Marruecos, siendo responsable de gloriosas acciones, entre las que figura la toma de Tetuán y la firma de un tratado de paz muy favorable para España.
Dicha guerra de África (1859-1860), si bien, no aportó grandes beneficios territoriales —dada la interposición de Inglaterra—, tuvo la virtud de animar el espíritu de solidaridad nacional. En cualquier caso, las operaciones militares de 1860 desarrolladas en Marruecos respondieron a la brillante estrategia del general O’Donnell, y en especial, al acertado planteamiento de la batalla de Tetuán, que valdría al conde de Lucena un nuevo título nobiliario, el de duque de Tetuán, con Grandeza de España.
Pero a partir de 1863, ya cerrado el lustro esplendoroso de la Unión Liberal, se iniciaría el declive que había de conducir, cinco años después, a la crisis del sistema... y de la Monarquía.
Su retirada definitiva de la política y muerte en Francia.
Para O’Donnell fue una experiencia descorazonadora que, tras haber aplastado la revolución en Madrid, imponiendo, por presiones de la Corte, un durísimo castigo a los sublevados contra su propio criterio, se viera compensado con el desaire de la Reina y la llamada de ésta a Narváez. “Esta señora es imposible”, dijo entonces. Y herido en lo más profundo de su ser, decidió su retirada definitiva de la política, pero con una firmísima resolución en la que se plasmaba una vez más su acrisolada lealtad al Trono, pese a sus experiencias: no sumarse a la gran conspiración que ya se estaba incubando y que triunfaría en la Revolución de 1868 bajo el significativo lema: “Derribar los obstáculos tradicionales”.
Retirado a Biarritz, falleció allí el 5 de noviembre de 1867, a los 58 años de edad. Está enterrado en la iglesia madrileña de Las Salesas.
Su monumento en Tenerife.
Desde 1906 existía el proyecto de levantarle un monumento en su ciudad natal, en la actual Plaza de los Patos, cuya primera piedra fue puesta por el rey Alfonso XIII durante su visita a Tenerife y para el cual cedió el Ministerio de la Guerra un busto de hierro del General, existente en la Fábrica de Armas de Trubia, conservado actualmente en dependencias del Ayuntamiento de Santa Cruz. En la actualidad, una copia de este busto realizada por el Taller Bronzo en 2009 es la que corona el monumento a Leopoldo O'Donnell, situado en el Parque García Sanabria de la capital tinerfeña.
4º DON FERNANDO LEÓN Y CASTILLO, EL GRAN POLÍTICO CANARIO DE TODA UNA ÉPOCA.- Fernando León y Castillo (Telde, Gran Canaria 30.11.1842 - Biarritz, Francia 12.03.1918), ocupó las carteras de Gobernación, en 1881, y de Ultramar, en 1886.
Fue Ministro de Ultramar (1881-1883) durante el reinado del rey Alfonso XII y de Gobernación (1886-1887) en la regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena (durante la minoría de edad del futuro Alfonso XIII). Abogado, político y diplomático, participó en la política de España, impulsando decididamente la intervención española en el Norte de África.
Tras la Revolución de 1868 fue nombrado gobernador civil de Granada y de Valencia. Elegido diputado a Cortes por Gran Canaria, en 1871, y más tarde senador por Canarias, en 1874 accedió a la Subsecretaría del Ministerio de Ultramar.
Primeros años en Las Palmas y traslado a Madrid.
León y Castillo vino al mundo en la ciudad grancanaria de Telde en 1842. Miembro de una familia hacendada, realizó sus estudios en el colegio San Agustín de Las Palmas, donde coincidió con Benito Pérez Galdós con el que tendría una buena amistad que duró toda su vida. Al término de ellos, se trasladó a Madrid, donde realizó estudios de Derecho en la Universidad Central.
Simultaneó su carrera de Derecho durante años con su inclinación hacia la prensa —bautizada ya como “el cuarto poder”—; esta inclinación se prolongó hasta avanzada la década de 1870. Prueba de ello fueron —entre otras incursiones— sus colaboraciones esporádicas en los diarios de Madrid, El Imparcial; su papel de alma mater del periódico El Eco del País; y su condición de cofundador con J. L. Albareda de la influyente Revista de España.
León y Castillo forjó su perfil y su carrera políticos en medio de las “turbulencias” del decenio de la década de 1860, que condujeron a la Revolución de 1868, la Gloriosa, (de la que ya hemos hablado en un capítulo anterior, a propósito de la participación del militar tinerfeño Nicolás Estévanez). De convicciones liberal-radicales, como corresponde a un joven tribuno y enfervorizado periodista.
La carrera política de León y Castillo comenzó, en efecto, cuando tan solo tenía 27 años y fue designado Gobernador Civil de Granada, luego de Valencia y Subsecretario del Ministerio de Ultramar durante el Gobierno de Sagasta. Como ministro de Ultramar llevó reformas en las colonias españolas de Cuba y Filipinas y apoyó la construcción del Puerto de la Luz en su isla natal, proyecto que salió adelante en 1883 y que daría un vuelco al sistema económico, social y ambiental de la isla y del Archipiélago Canario.
Tras la Restauración y con el Gobierno del presidente Sagasta, fue ministro de Ultramar durante el periodo entre el 8 de febrero de 1881 y el 9 de enero de 1883.
Diputado por Gran Canaria, Ministro de Ultramar y comienzo de su lucha contra los intereses de Tenerife.
León y Castillo salió elegido diputado por Guía en Gran Canaria, capital agrícola del norte de la isla. Conservó su escaño hasta 1887, fecha en la que pasó a ser senador vitalicio (1887-1916), hasta que la muerte le sorprendió en el Biarritz de sus retiros.
Se impone subrayar el contexto insular de León y Castillo si se tienen en cuenta los datos siguientes: fue el inspirador —a distancia— de un partido de ámbito exclusivamente grancanario llamado “leonista”, creado en contra de los intereses de la isla de Tenerife y a favor de Gran Canaria, siguiendo la tendencia sucursalista de algunos partidos políticos canarios durante un siglo y medio; fue, además, valedor de los intereses grancanarios en la Corte, favoreciendo en medio del oneroso “pleito insular” entre Tenerife y Gran Canaria, la tesis de la división provincial de Canarias, si bien no logró ver la creación de la Provincia de Las Palmas (ocurrida en 1927 con el dictador Primero de Rivera); con el apoyo de su hermano Juan —ingeniero de caminos, canales y puertos—, del incipiente partido leonista y de algunas firmas navieras británicas, obtuvo para el Puerto de La Luz y Las Palmas la calificación de puerto franco y el impulso de la construcción de más infraestructuras aptas para las escalas trasatlánticas que pusieron las bases de la prosperidad de la capital grancanaria, frente a su rival, el puerto de Santa Cruz de Tenerife.
León y Castillo, político liberal y antirepublicano.
Fernando León y Castillo participa, en efecto, en la caída de la efímera existencia de la Primera República (del 14 de febrero de 1873 al 27 de diciembre de 1874). De hecho, estuvo presente en la famosa sesión de las Cortes del 2 y 3 de enero de 1874, en la que caería la primera República española por manos del general Pavía. Parece que incluso intervino activamente en dicho golpe de estado, como lo asevera su amigo íntimo Benito Pérez Galdós en su obra De Cartago a Segunto.
Es decir, don Fernando fue un político que encajó en el engranaje del turno de partidos, tan característico de la Restauración. Fueron, aquéllos, unos años de consolidación parlamentaria merced a su oratoria poderosa y al reconocimiento mutuo que conservadores y liberales le dispensaron hasta el final de sus días.
León y Castillo, nuevamente Ministro y Embajador en París.
Posteriormente, el 10 de octubre de 1886, León y Castillo se haría cargo del Ministerio de Gobernación pero sólo durante un año, puesto que el 12 de noviembre de 1887 sería nombrado embajador en Francia, puesto que ocuparía con intermitencia hasta el fin de su vida. En efecto, la última etapa de este tribuno, periodista, diputado y senador canario corresponde a su nombramiento de embajador de España cerca de la República Francesa (12 de noviembre de 1887).
Desde entonces hasta su último año de misión en París, León y Castillo sentó un precedente insólito en los anales diplomáticos (españoles, sin duda; europeos, muy probablemente) al permanecer en su mandato cerca de treinta años (llegando a ser el decano del Cuerpo Diplomático acreditado ante el Gobierno de Francia); cierto es que con muchos interim autorizados por los gobiernos de turno respectivos, durante todo el reinado de Alfonso XII.
En las Elecciones generales de junio de 1904, León saldría elegido diputado por Las Palmas y Senador por Canarias.
Durante esa dilatada trayectoria, Fernando León y Castillo hubo de capear horas difíciles para un viejo país imperial venido a menos en el concierto de las naciones entre 1898 (con la pérdida de las últimas colonias) y 1914 (inicio de la Primera Guerra Mundial). No sólo la guerra con Estados Unidos —y pérdida de Cuba y del resto del imperio en ultramar—, sino también la negociación ardua que tuvo que mantener en París con los ministros del gobierno de Francia, muy en particular con Théophile Delcassé, entre 1900 y 1912, en torno a las aspiraciones españolas y francesas encontradas en torno a Marruecos y Guinea Ecuatorial.
En medio de los azarosos años de preguerra, antes del comienzo de la I Guerra Mundial, León y Castillo coadyuvó a que la nación saliera de un aislamiento internacional contraproducente al obtener garantías de seguridad territorial para las islas Canarias, Baleares y el Protectorado español en Marruecos (1912), en años de belicosidad internacional latente.
La Corona le concedió el título nobiliario de marqués del Muni (el 19 de octubre de 1900), por su denuedo esfuerzo en la negociación con Francia en torno a la colonia de Guinea Ecuatorial, mientras que sus vínculos con Francia y Gran Bretaña contribuyeron a aproximar los lesionados intereses internacionales de España, frente a Gran Bretaña y Francia (abril de 1904).
Autor de unas memorias de reconocido valor histórico, León y Castillo legó al Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria un acervo documental y un fondo bibliográfico que enriquecen el patrimonio de la Casa-Museo del político grancanario en la ciudad de Telde, que gestiona el Cabildo Insular de Gran Canaria.
Casa-museo León y Castillo en Telde.
León y Castillo fue miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, para cuyo nombramiento oficial, don Fernando leyó el 26 de enero de 1896 un discurso de peso sobre un tema crucial para la Monarquía en España, que se tituló Irresponsabilidad del poder real y responsabilidad de los ministros en países de representación falseada, y que fue contestado por el marqués de la Vega de Armijo.
Como Embajador en París moriría en Biarritz a sus 75 años de edad. Sus restos serían trasladados a Las Palmas diez años más tarde y están sepultados en la capilla de Santa Teresa de la Catedral de Las Palmas de Gran Canaria.
Sus reconocimientos y condecoraciones.
Fernando de León y Castillo ha sido el canario más condecorado de la historia. Ha recolectado tantos títulos nacionales como internacionales. Ha sido nombrado Hijo Predilecto de Gran Canaria, Hijo Predilecto de la Ciudad de Telde, Hijo Adoptivo de la Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, Hijo Adoptivo de la capital de las Islas Filipinas, Manila, así como de la Villa lanzaroteña de Teguise. También fue nombrado Ciudadano de Honor de la Ciudad de París, estando en posesión de La Llave de Oro de la capital francesa. Se le otorgó en vida la Gran Cruz de la Legión de Honor Francesa (1890) y el Collar de Carlos III (1893).
5º DON JUAN ALVARADO, EL SUPERMINISTRO.- Juan Alvarado y del Saz (Agüimes, Gran Canaria, 1856 – Madrid, 1935). Jurista y político, es el canario que más ministerios ha ocupado: Marina, Hacienda, Gracia y Justicia y ministro de Estado. Lo hizo, a veces por cortos espacios de tiempo, entre el 6 de julio de 1906 y el 11 de junio de 1917. Así fue Ministro de Marina (1906), de Hacienda (1909-1910), de Gracia y Justicia (1913-1917) y de Estado (1917) durante el reinado de Alfonso XIII.
Diputado vinculado a la provincia de Huesca.
Diputado por la provincia de Huesca en las sucesivas elecciones celebradas entre 1886 y 1923. La razón de ello es su matrimonio con Adriana Ana Coghen Llorente, natural de aquella provincia, contraído el 25 de junio de 1888. Ana Cohegen era sobrina de Alejandro Llorente, un político conservador del partido de Cánovas del Castillo.
Juan Alvarado fue ministro de Marina entre el 6 de julio y el 30 de noviembre de 1906, en un gobierno presidido por José López Domínguez. Entre el 21 de octubre de 1909 y el 9 de febrero de 1910 ocuparía la cartera de Hacienda en un gabinete presidido por Segismundo Moret. Volvería a formar parte de un gobierno, en este caso presidido por el conde de Romanones, ocupando la cartera de Gracia y Justicia entre el 11 de octubre de 1913 y el 19 de abril de 1917, fecha en la que pasaría a ocupar la cartera de ministro de Estado hasta el 11 de junio de 1917 bajo la presidencia de Manuel García Prieto y en la que pidió la construcción del Puerto de Arinaga.
Natural de Agüimes, en el sureste de Gran Canaria.
Nacido en la localidad canaria de Agüimes en 1856, realizó el bachillerato en el Colegio de San Agustín de Las Palmas y cursó la carrera de Derecho en la Universidad Central de Madrid, ciudad en la que ejerció como abogado.
En la capital del Reino fue partícipe habitual de la Academia de Jurisprudencia y del Ateneo de Madrid. Formaba parte del Partido Demócrata Liberal y le unía una profunda amistad con Emilio Castelar que le llevó a ser su secretario particular.
Tras la Restauración se alinea con la ideología política de Sagasta y desde las filas liberales es diputado por Sariñena (Huesca) desde 1886 y durante un período de diez legislaturas. En 1901 fue vicepresidente del Congreso, presidiendo algunas de sus comisiones parlamentarias.
Es nombrado sucesivamente para los Ministerios de la Marina, Hacienda, Estado, y de Gracia y Justicia.
Bajo la presidencia de López Domínguez (1906) ocupó la cartera de Marina desde el 6 de julio de 1906 hasta el 30 de noviembre de dicho año. También ocupó la de Hacienda con Moret desde el 21 de octubre de 1909 hasta el 9 de febrero de 1910, y la de Estado con Alhucemas del 19 de marzo al 11 de junio de 1917. La cartera de Gracia y Justicia la desempeña del 11 de octubre de 1916 al 19 de abril de 1917 en el gobierno de Romanones.
La Dictadura bajo el directorio militar de Primo de Rivera (1923) lo aleja de la política definitivamente, falleciendo en Madrid el 1 de junio de 1935, a la edad de 79 años. Pese a que su labor por Canarias fue escasa, tiene un calle con su nombre en su municipio natal de Agüimes.
(continuará)
Fuentes:
GUIMERÁ PERAZA, Marcos (2003): Biografía Política e Historia Canaria, Tomos I, II, III y IV. Ed. Viceconsejería de Cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, Santa Cruz de Tenerife, 2003.
Biografías en la web de Historia Hispánica de la Real Academia de la Historia, Madrid, 2025.

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